domingo, 8 de noviembre de 2020

El mito del fin del mundo en la ciudad de París: estudio ecocrítico de la novela Ravage de René Barjavel

 


El siglo XX fue testigo de un crecimiento sin precedentes tanto en los logros tecnológicos como en las estructuras económicas capitalistas. Sin embargo, la sed de recursos, el espejismo del progreso y el beneficio infinito chocaron con las posibilidades finitas de la propia naturaleza: de esta toma de conciencia nace el movimiento ecologista, hace casi cincuenta años. La crisis ambiental denunciada por la “revolución verde” inspiró a varios escritores cuyas historias cuestionan las contradicciones modernas y dibujan un futuro incierto para la humanidad. Así, a lo largo de todo el siglo XX, y especialmente después del final de la Segunda Guerra Mundial, las narraciones apocalípticas espectaculares dieron testimonio del temor que sienten los hombres ante su propio poder. Ravage[1] (1943) del escritor francés René Barjavel (1911-1985) se encuentra entre esos relatos apocalípticos: la destrucción de París, en 2052, marca la bancarrota del centro del poder tecnológico humano y es sinónimo de purificación y del comienzo de una renovación.

En esta comunicación se analiza, desde un punto de vista ecocrítico, la novela de René Barjavel, concentrando nuestro estudio en el personaje principal del relato: la ciudad de París. La ecocrítica[2], corriente teórica que apareció en el campo literario en los años noventa del pasado siglo, busca descubrir, comprender y posiblemente responder a los cambios en la cultura, el comportamiento y la conciencia de la naturaleza en el sentido más amplio del término. Aporta así una perspectiva particular a las obras de ficción en las que observa los cambios de concepción vinculados al lugar de la naturaleza, su relación con el hombre y la estrategia del narrador para actuar sobre el lector y despertar su conciencia ambiental. Aplicaremos por ello la noción de “ecoapocalipsis” o “apocalipsis ecológico”, forjada a partir de lo que Greg Garrard denomina en Ecocriticism[3] “apocaliticismo ambiental”, para referirse al uso de la retórica imaginaria y apocalíptica en el contexto de las preocupaciones ecológicas. Según él, la expresión consagrada de “crisis ecológica” refleja la importante influencia del pensamiento apocalíptico en la ecología, tal como lo traduce Lawrence Buell: “El apocalipsis es la metáfora más poderosa que tiene la imaginación ambiental contemporánea a su disposición”[4]. Ravage escenifica un eco-apocalipsis o fin del mundo que arrasa la megaciudad de París.

Es un símbolo muy profundo el mito del fin del mundo

 

 

René Barjavel fue un escritor y periodista francés del siglo XX. Nació el 4 de enero de 1911 en Nyon, Drôme, y murió el 24 de noviembre de 1985 en París. Escribió principalmente novelas de ficción y de ciencia ficción, entre las que destacan Ravage (1943), La nuit des temps (1968), Le Grand Secret (1973) y Une rose au paradis (1981). En ellas plantea al lector una serie de dilemas éticos entre los que resalta su preocupación por el destino incierto de la supervivencia de la especie humana y de los ecosistemas del planeta Tierra.

Ravage –primera “gran” novela publicada de Barjavel, con la que debutó como escritor–, junto a La Nuit des temps, está considerada la obra más conocida y representativa del autor. Esta novela, publicada en 1943 por la editorial Denoël (con quien el autor trabajó), fue traducida al español en 1974, bajo el título Destrucción, por la editorial argentina Emecé[1], siendo el primer volumen de su colección de ciencia-ficción.

Es una novela de anticipación dividida en cuatro partes: “Les temps nouveaux”, “La chute des villes”, “Les chemins de cendres” y “Le patriarche”. En ella, René Barjavel describe en gran medida el declive de las sociedades llamadas de “progreso”, la historia o el mito del fin del mundo conocido y el retorno a la tierra. Seguimos al joven François Deschamps, un ingeniero de provincia que viene a París para entrar en una prestigiosa escuela. Pero el futuro que había imaginado se convertirá en horror y caos cuando la electricidad desaparece. Tras la caída de la ciudad, todas las instalaciones tecnológicas dedicadas al bienestar humano dejan de funcionar. Comienza así un largo y laborioso viaje de huida a través de la megalópolis parisina y de Francia para llegar a las remotas tierras de Provenza y tratar de sobrevivir al apocalipsis. Le acompañan algunos personajes que experimentan el mismo horror que él, al ver a una población humana sumida en la más profunda confusión, en busca del más mínimo resto de comida, matando si es necesario a otros hombres, mujeres o niños. François se convierte de este modo en el líder de un puñado de personas que huye de París para alcanzar su tierra natal. Es el único personaje de la novela que mantiene la cabeza fría, que se niega a ceder a la locura como hacen los demás. Representa por ello al héroe del relato o del mito, personaje protagonista que posee capacidades excepcionales y sobrehumanas en situaciones extraordinarias.

 

Ravage es a su vez una novela distópica[2], una verdadera crítica de la sociedad de los años cuarenta que trata temas como la tecnología, el individualismo, la locura o la mala influencia de la tecnología en el hombre, todo ello enmarcado en un París futurista y apocalíptico. De hecho, fue escrita durante la Segunda Guerra Mundial y la ocupación alemana y refleja el pesimismo de su autor. Desde una perspectiva crítica, se retoman algunos de los temas específicos del régimen de Vichy como el retorno a la tierra y el culto al jefe y a la autoridad[3]. Se trata, por tanto, no solo de una historia de ciencia ficción que advierte al lector sobre el futuro, sino también de una crítica del presente en el que Barjavel escribe. El París de 2052 encarna la creencia en un eterno progreso tecnológico y científico que prescinde completamente de la naturaleza; una naturaleza que ocupa un lugar central y activo en el relato ya que la crisis de la electricidad se debe a un aumento de las manchas solares.[4]

En la primera parte del libro, Barjavel imagina la ciudad de París un siglo más tarde, una ciudad ideal donde todo es posible. Este tema ya ha sido tratado en obras anteriores, como en Gargantua de Rabelais en su capítulo 57 la “Abbaye de Thèleme”, en Utopía de Thomas More y en Candide de Voltaire en su capítulo 17 “Eldorado”. En Ravage se describe el paisaje urbano y el modo de vida de sus habitantes creando un universo fascinante, que nos resulta al mismo tiempo, familiar y diferente al nuestro. El relato comienza el 3 de junio de 2052 y se sitúa en una época algo especial, pues la denominan paradójicamente “la era de la razón”, en la que “les hommes, sursaturés de vitesse, s’étaient résolument tournés vers un mode de vie plus humain”[5]. La ciudad representa el lugar de la decadencia moderna por excelencia: para hacer frente a la superpoblación, los barrios antiguos han sido arrasados y sustituidos por edificios futuristas. La ciudad de París consta de cuatro “Hautes Villes” (ciudades altas) construidas por Le Cornemusier[6] para descongestionar la capital: “La Ville Radieuse se dressait sur l’emplacement de l’ancien quartier du Haut-Vaugirard, la Ville Rouge sur l’ancien Bois de Boulogne, la Ville Azur sur l’ancien Bois de Vincennes, et la Ville d’Or sur la Butte-Montmartre”[7]. Pero debido a la concentración cada vez mayor de la población, se prevé la construcción de diez ciudades altas en los próximos años. Para hacernos una idea de lo inmensamente grandiosas que podían ser estas torres-ciudades, Barjavel nos explica a continuación que la Iglesia del Sagrado Corazón de París había sido desmontada y subida a una de las terrazas de esta última ciudad alta y que desde el borde de su nuevo abismo “[elle] dominait la capitale de plus d’un demi-kilometre”[8]. Y ¿qué fue del antiguo barrio de Montmartre repleto de historia y de artistas? Completamente aniquilado y sustituido por la Ville d’Or, aunque evidentemente la planta superior de la torre-ciudad se reserva para los artistas que los reduce a simples pintores de naturalezas muertas o retratistas. Se eliminan también las viejas estatuas para sustituirlas por otras de plastec, capaces de “pousser très loin l’imitation de la nature, objet suprême de l’Art”[9]. Observamos, de este modo, cómo en la sociedad de Ravage se hace tabla rasa tanto del pasado como de la cultura.

La Ville Radieuse –nombre tomado directamente de uno de los proyectos de Le Corbusier– es una torre blanca que dominaba con su presencia todo el barrio. En su última planta se encuentran situados todos los puestos de radioemisión de la ciudad. Es un lugar clave en la obra, ya que en ella se encuentra ubicada Radio-300[10], emisora cuyo director, Jerôme Seita, se encargará de lanzar a la nueva estrella, Blanche Rouget, bajo el nombre de Régina Fox la misma noche del apagón. Es una torre lujosa, agradable, con grandes apartamentos y muy codiciada. Representa una ciudad bien estructurada, sana y moderna que sustituye a los barrios pobres y sucios que han sido arrasados para dar paso a estos nuevos edificios.

En el mundo de Ravage, el progreso de la ciencia ha sido gigantesco: se ha desarrollado un nuevo material, el “plastec luminiscent”, que por la noche reenvía la cálida luz absorbida durante el día. Es además de indefectible solidez, ya que reemplaza a los adoquines y al triste asfalto, y se utiliza en todas partes ; los vehículos han progresado enormemente, son más rápidos y fiables, se desplazan incluso por el aire; ahora se sabe cómo preservar a los muertos dejándoles el aspecto que tienen en vida, para que cada hogar acomodado disponga de un “Conservatoire” en el que se pueda almacenar el cuerpo de la abuela como si todavía estuviera participando en la vida familiar.... Además, por una módica suma de dinero al mes, la C.P.D (Compañía de Preservación de Difuntos) se encarga de mantener su óptimo aspecto. Los interiores de las viviendas están regidos por la misma preocupación de la optimización y el confort absoluto, requiriendo el control de cada uno de los elementos externos. Así, si el viejo París padece, al principio de la novela, una ola de calor sin precedentes, en las Altas Ciudades no la sufren: las fachadas de los edificios son de vidrio, y no tienen ventanas, porque “à l’intérieur circulait un air dépoussiéré, oxygéné, dont la température variait selon le désir de chaque locataire. Il suffisait de déplacer une manette sur un minuscule cadran pour passer en quelques secondes de la chaleur de l’équateur à la fraîcheur de la banquise.”[11]

Otro de los aspectos interesantes a destacar es la forma que tienen los habitantes de París de alimentarse. Las necesidades vitales de la población de esta zona urbana única también se satisfacen gracias al progreso tecnológico y eléctrico. Como el resto de los mortales se han desvinculado completamente del mundo rural: “l’Humanité cultivait presque plus rien en terre. Légumes, céréales, fleurs, tout cela poussait à l’usine, dans des bacs”[12]. Lo mismo ocurre con la producción de la carne y la crianza del ganado. Barjavel nos habla ya de veganismo en el estado más absoluto: “L’élevage, cette horreur, avait également disparus. Élever, chérir des bêtes pour les livrer ensuite au couteau du boucher, c’étaient bien là des mœurs dignes des barbares du XXe siècle”. Por esa razón, al igual que los alimentos cultivados, la carne se cultivaba “sous la direction de chimistes spécialistes”[13]. Observamos que Barjavel anticipa lo que ya se conoce como carne artificial también llamada de laboratorio o cultivada–, que es aquella que no proviene directamente del cuerpo de los animales, sino del cultivo de células extraídas de los mismos. Esta propuesta se presenta en nuestros días como el preludio de la revolución alimentaria[14]. Incluso la leche es también artificial y su distribución igualmente novedosa, ya que está canalizada al igual que el agua potable. Así “chaque foyer le recevait à domicile, à côté de l’eau chaude, de l’eau froide et de l’eau glacée, par canalisation”[15]. Ravagel ya había imaginado la forma de contrarrestar el maltrato a los animales y el coste medioambiental que suponía el sector ganadero.[16]

Otro aspecto de la ciencia que nos avanza esta novela tiene que ver con la biogenética. En la ciudad futurista de París existen animales que han sido modificados genéticamente por el simple placer estético:

Des cygnes blancs à trois ou cinq têtes déployaient avec une grâce multipliée leur bouquet de cous. […] Tous ces animaux, crées pour le plaisir de l’œil, provenaient des Laboratoires d’Animaux d’Agrément. Des biologistes provoquaient la naissance de ces monstres admirables par l’intervention chimique et physique au cœur même de l’œuf.[17]

 

Lo que quizás menos sorprenda de esta ciudad futurista, que acoge veinticinco millones de habitantes, es su frenética actividad cotidiana y el intenso ruido que la acompaña:

L’air, le sol, les murs vibraient d’un bruit continu, bruit des cent mille usines qui tournaient nuit et jour, des millions d’autos, des innombrables avions qui parcouraient le ciel, des panneaux hurleurs de la publicité parlante, des postes de radios qui versaient par toutes les fenêtres ouvertes leurs chansons, leur musique et les voix enflées des speakers. Tout cela composait un grondement énorme et confus auquel les oreilles s’habituaient vite, et qui couvrait les simples bruits de vie, d’amour et de mort des vingt-cinq millions d’êtres humains entassés dans les maisons et dans les rues.[18]

 

La ciudad se expande inexorablemente hasta que en Francia solo queda una gran conurbación conectada:

 

Pendant les cinquante dernières années, les villes avaient débordé de ces limites rondes qu’on leur voit sur les cartes du XXe siècle. Elles s’étaient déformées, étirées le long des voies ferrées, des autostrades, des cours d’eau. Elles avaient fini par se rejoindre et ne formaient plus qu’une seule agglomération en forme de dentelle, un immense réseau d’usines, d’entrepôts, de cités ouvrières, de maisons bourgeoises, d’immeubles champignons.[19]

 

Aunque no todo es urbe, una parte del país ha podido escapar de esta evolución gracias a una planta que se resiste al cultivo en laboratorio: la vid. Tampoco los árboles frutales se habían adaptado a estas nuevas prácticas, por lo que “le midi de la France” se convierte en un inmenso vergel que produce la fruta para el resto del continente. Inmensos invernaderos cubren la superficie del país de una punta a la otra, bajo ellos “des vignes forcées donnaient trois vendanges par an. De là, un océan de vin coulait sur l’Europe[20]. Solo la Provenza continua su vida campesina dando la espalda al progreso, cultivando al aire libre sus cereales, sus frutas e incluso fabrican a la antigua usanza su propio pan. El resto de las regiones se encuentran completamente desiertas.

La ciudad es, por tanto, un lugar de extrema concentración de tecnologías y de excesiva mecanización de la vida cotidiana, del trabajo y de los viajes: comer, vestirse, comunicarse, todas las acciones humanas son retransmitidas o incluso sustituidas por acciones eléctricas. La ciudad se convierte en un espacio de hormigueo eléctrico y la urbanización está excesivamente racionalizada. La ciudad ya no se presenta como proveedora de identidad, de protección y significado, los hombres que viven allí están desposeídos de su historia, cultura y pasado, ya no son hombres: son multitudes, rehenes de la propia ciudad, encerrados en coches, en el metro o entre los muros de los edificios y prisioneros de una cultura perpetua del olvido. Y aquello que está fuera de la ciudad está desprovisto de todo interés: el mundo campesino ha perdido toda la atención para los habitantes de las ciudades, encarna para ellos un vago vestigio de un mundo que ha desaparecido para siempre. Sin embargo, los campesinos provenzales, bárbaros que desconocen el progreso, se resisten a la mecanización generalizada.

 Pero esta primera parte del libro titulada “Les Temps nouveaux” no dura mucho... y en la segunda parte, “La chute des villes”, un acontecimiento viene a perturbar la vida cotidiana de la ciudad: cómo hemos comentado anteriormente, París experimentará una súbita interrupción del suministro eléctrico provocada por algo similar a un pulso electromagnético. Barjavel, en el campo de la ciencia ficción, resulta ser muy radical: la electricidad desaparece definitivamente en Ravage, imponiendo una permanencia de la crisis, una temporalidad radicalmente rectilínea. En un mundo donde todo se alimentaba de electricidad el evento se convertirá rápidamente en un apocalipsis... La electricidad, la energía fundamental en la que se basa este resplandeciente futuro desaparece. El apagón sumerge este espacio en el caos, provocando así una crisis tanto para la ciudad como para los valores que esta representa. En cualquier caso, la falta de electricidad cambia profundamente la capital, socavando todos los ideales de claridad, seguridad y apoyo técnico a la vida cotidiana que encarnaba antes de la catástrofe: la ciudad era un lugar donde la gente interactuaba, un espacio rápido pero pacífico; de repente se convierte en un entorno duro, violento e impredecible. Surge ahora un París apocalíptico en el que reina una anarquía que se extiende a todas las ciudades de Francia y del mundo. La amenaza lejana de un emperador, el Emperador Negro de Sudamérica, da paso tras el desastre, al aprendizaje del asesinato y la deshumanización, en una nueva era de piedra en la que dominaba la fuerza y la violencia. La ciudad pierde así ese carácter tranquilizador del lugar donde todo es visible en todo momento, y donde la orientación no depende de las sensaciones sino del desciframiento de un cierto número de códigos o signos, internalizados y controlados por sus habitantes.

Cuando la ciudad se apaga los aviones caen del cielo, los coches se detienen, la oscuridad invade todo y se crea una repentina debacle entre la población. El pánico se extiende a todo el mundo, la gente empieza a correr en todas direcciones. El hombre solo puede confiar en sus sentidos, en su intuición o incluso en su instinto. Al día siguiente del incidente, Paul Portin, presidente de la Academia de Ciencias, informa a los ciudadanos que el fenómeno no puede ser resuelto, el apagón se ha extendido por todos los rincones del mundo. Portin señala que su causa es anticientífica y antirracional. La desaparición de la electricidad, el desastre propiamente dicho, ocurre por culpa de los hombres, simples Prometeos modernos, y de cuya caja de Pandora, representada por ese progreso desenfrenado y sin límites, se verterán todos los males acaecidos en la novela:

Les hommes ont libéré les forces terribles que la nature tenait enfermées avec précaution. Ils ont cru s’en rendre maîtres. Ils ont nommé cela le Progrès. C’est un progrès accéléré vers la mort. Ils emploient pendant quelque temps ces forces pour construire, puis un beau jour, parce que les hommes sont des hommes, c’est-à-dire des êtres chez qui le mal domine le bien, parce que le progrès moral de ces hommes est loin d’avoir été aussi rapide que le progrès de leur science, ils tournent celle-ci vers la destruction.[21]

 

Cual Babilonia moderna, la ciudad de París se sumerge en el caos. La crisis se extiende entonces repentinamente a la gestión política de la ciudad, a la cúspide. Así el puñado de hombres que tenían poder de decisión para veinticinco millones de almas se encuentra ahora totalmente superado y desfasado por los acontecimientos. Otro aspecto de esta crisis en la ciudad es, por lo tanto, la necesidad de tecnología para el correcto funcionamiento de una democracia en la ciudad: la demografía urbana crea una relación increíble entre la masa de la gente y el número limitado de sus líderes, y sin tecnología, este sistema se convierte en una aberración. No solo porque la comunicación se hace imposible, sino porque Barjavel también opta por hacer desaparecer la fuerza natural que hizo posible que las armas funcionaran, la fuerza ejecutiva del gobierno también se vuelve irrisoria; los líderes son entonces solo unos pocos hombres flácidos e indefensos, tan aterrorizados como los demás, y consternados al ver que su poder y prestigio desaparecen tan rápidamente como la electricidad.

Los tiempos juegan un papel muy importante: se critican los avances científicos debidos a la investigación sobre la electricidad. La obra relata el miedo del hombre en aquella época (es decir, en la década de 1940) planteándose varias cuestiones: la tecnología, ¿una necesidad para el hombre? ¿Debemos confiar en ella y dejar que ocupe un lugar en nuestra vida cotidiana? Las consecuencias resultan dramáticas y de ellas nos hablarán las otras dos partes de la novela (“El camino de las cenizas” y “El Patriarca”) ... con una profunda reflexión sobre los peligros del progreso.

En el momento de su publicación, esta era una preocupación compartida por muchos intelectuales: se preguntaban qué efectos tendrían en el hombre todos los desarrollos tecnológicos, en un mundo cada vez más “materialista”. Barjavel ya sabía entonces hasta dónde podía llevarnos el consumo y el uso excesivo de la tecnología, en detrimento de la naturaleza. Al acabar con esta, la sociedad futura también parece destruir lo que hace del hombre un ser en la naturaleza, el cuerpo: en Ravage, vemos que las cajeras son meros objetos de decoración, no tienen nada que hacer y solo están presentes para dar alma a las salas de café equipadas con máquinas automáticas. El pueblo parece haberse convertido en un pueblo de fantasmas, es decir, de gente sin consistencia ni existencia real. Solo vemos una Francia poblada de robots, viviendo por y para el hedonismo. Solo cuentan los placeres y modelos impuestos por el centralismo cultural de este mundo moderno. Estos seres fantasmales conocen, como ya hemos visto, la muerte de cerca a través de los “Conservatoires” que colocan a los muertos en medio de los vivos. Poco a poco, la materialidad de los cuerpos de los personajes se les escapa. El apagón hace sentir a la gente el peso material y natural que la tecnología había conseguido sustituir a lo largo de los años. Así reacciona Jérôme Seita:

Il avait toujours eu, pour répondre à ses besoins, une armée de subordonnés et d’appareils perfectionnés. […] D’un seul coup, tout cela, autour de lui, disparaissait, l’amputait de mille membres, et le laissait seul avec lui-même pour tout serviteur. […] De son corps qu’il n’avait jamais senti si présent, il éprouvait maintenant le poids de chair et de sang.[22]

 

Barjavel optó por centrarse en la tecnología porque París, en los años cuarenta, se encontraba en una fase de industrialización. El París de 2052 con sus veinticinco millones de habitantes es una megalópolis repleta de contaminación, violencia y tecnología, en la que vive una multitud anónima y silenciosa de muertos, pereciendo y pudriéndose como la naturaleza de la que provienen. Esta tecnología mata con un solo movimiento a la naturaleza y al hombre. Asistimos ya a un apocalipsis cotidiano orquestado por el hombre en su lucha contra la naturaleza para arrancarle, con la ayuda de la tecnología, su poder creador: ¿Cómo se explica, como hemos visto antes, que las fábricas no necesiten nada para crear todo tipo de alimentos? El desastre del apagón solo hace aumentar la conciencia sobre esta cuestión.

Este lúgubre panorama nos lleva a interrogarnos sobre el destino de los personajes ficticios que no forman parte de la multitud fantasmal. Los personajes negativos, identificados con la ciudad moribunda, están muy bien situados en la sociedad: Jérôme Seita, director de Radio-300 y el círculo de ministros muere con la ciudad, porque no son aptos para la naturaleza. Mientras que los protagonistas positivos, que no gozan de un estatus dominante en la sociedad se salvan del desastre porque, paradójicamente, resultan inadecuados para esa misma ciudad.

En cuanto al deterioro de la naturaleza, François la desaprueba y aspira a una vida más natural, la de su pueblo. No se adhiere a la ideología del progreso tecnológico que reduce a las personas “à un rôle trop ridiculement passif”[23]. François es la encarnación misma de la acción física y del movimiento que le permite, de la mejor manera posible, mantener su libertad dentro de la inhóspita ciudad concebida como una prisión y donde ningún espacio es verdaderamente percibido como un refugio o un lugar de descanso y soledad. Buen ejemplo de esa búsqueda de la naturaleza es el lugar en el que vive en París: un taller de pintor apartado de la multitud y en cuyo patio se yergue un espléndido castaño plagado de gorriones: “Il avait été émerveillé de découvrir un coin si calme”[24]. François prefiere caminar en una ciudad donde “il n’y [a] plus guère de piétons” [25]. No se ve afectado por la política del olvido de la sociedad moderna; vive con su pasado y lo perpetúa, ya que pretende “prendre […] la direction d’une grande exploitation rurale en Provence”[26], siguiendo los pasos de su padre campesino. Además, su infancia conserva un lugar importante como momento clave en su comprensión del mundo, ya que fue protegido de la acción destructiva de la ciudad: “François Deschamps et Blanche Rouget étaient nés tous deux à Vaux, un de ces petits villages de haute Provence obstinément accrochés à des traditions périmées”[27]. Por lo tanto, los elegidos parecen ser escogidos en función de los vínculos y conexiones que mantienen con la naturaleza, la memoria e incluso el arte (tanto François como Blanche son artistas); mientras que los caídos desaparecen anónimamente con la ciudad artificial que han ayudado a crear.

Conclusión

Con esta novela se nos advierte sobre las consecuencias que conlleva un excesivo progreso de alto rendimiento y progreso, en las ciudades, utilizando para ello una retórica apocalíptica – componente necesario del discurso ambientalista. Cuando dependemos de la tecnología y esta falla, las consecuencias son devastadoras. Los humanos no estaríamos adaptados a vivir sin ese confort descrito a lo largo de la primera parte del libro. Así, la falta de agua, de alimentos y recursos, las epidemias, la incapacidad de desplazarse sin peligro, … todos ellos son temas de este género bien conocido desde entonces. Cabe imaginar que esta retórica apocalíptica, en 1943 sirvió para captar la atención de los lectores. Aunque de forma muy diferente a lo que podría interpretarse en la actualidad.

La capital francesa es un espacio tan distorsionado y deshumanizado que su final apocalíptico se presenta como una liberación necesaria y positiva, la victoria final contra la ciudad de una naturaleza pensante y activa, que “est en train de tout remettre en ordre”[28] y que estalla tras las innumerables afrentas de la humanidad. El ser humano, al construir su propio espacio, representado por la ciudad, se ha desconectado completamente de la naturaleza, y esta desconexión es el resultado de la deshumanización de la sociedad, una deshumanización tal que el apocalipsis destructivo de la ciudad aparece como la única solución posible: “Tout cela, dit-il, est notre faute. Les hommes ont libéré les forces terribles que la nature tenait enfermées avec précaution. Ils ont cru s’en rendre maîtres. Ils ont nommé cela le Progrès. C’est un progrès accéléré vers la mort”.[29]

Sin embargo, el final de la novela nos muestra un post-apocalipsis representado por la no-ciudad. Tras la interrupción de la vida en una sociedad tecnológica moderna por el apocalipsis, se inicia un tiempo de prueba cuyo final está marcado por el descubrimiento de un paraíso natural, seguido por la construcción de una sociedad a-tecnológica premoderna, cerrándose con ello la estructura del mito del apocalipsis. Primero el castigo divino infernal hacia los hombres, después la apertura al purgatorio para que puedan, antes de entrar en el paraíso, expiar sus pecados. Dicho paraíso es a la vez un mundo nuevo donde crece una nueva “vegetación exuberante” y un mundo pasado, donde se vuelve a la pureza original. Es el viejo mundo purificado de toda su tecnología, una especie de “progreso del decrecimiento”[30]. Decir que Barjavel defendería hoy en día los principios del decrecimiento no es algo atrevido para cualquiera que lo haya leído. El postulado que nos deja Barjavel es el de considerar al hombre moderno como un ser impotente, incapaz de vivir sin la ayuda del confort tecnológico de las sociedades desarrolladas y de las ciudades, lugar clave en el que se desarrolla toda la tecnología; contra el que se opone una forma de vida antigua, representada por la no-ciudad, que lleva implícita un cambio de valores, que pone en cuestión las nociones de crecimiento, desarrollo, progreso, pobreza, necesidades, ayuda...

 

Bibliografía

Barjavel, R. (2008): Ravage. Paris, Denoël, Coll. Folio.

Barjavel, R. (2012): La nuit des temps, Paris, Pocket.

Barjavel, R. (1974): Le Grand Secret, Paris, Pocket.

Barjavel, R. (1989): Une rose au paradis, Paris, Pocket.

Brunel, P. (1994): Dictionnaire des mythes littéraires, Monaco, Éditions du Rocher.

Buell, L. (1995): The Environmental Imagination: Thoreau, Nature Writing, and the Formation of American Culture, Cambridge, Harvard University Press.

Glotfelty, C. & H. Fromm (eds.) (1996): The Ecocriticism Reader: Landmarks in Literary Ecology, Athens, Georgia, University of Georgia Press.

Garrard, G. (2004): Ecocriticism, New York, Routledge.

Latouche, S. (2010): Le pari de la décroissance. Paris, Librairie Arthème Fayard/Pluriel.

More, T. (2012): L’utopie. Paris: UltraLetters Publishing. Coll. Folio.

Rabelais, F. (2016): Gargantua, Paris, Flammarion.

Voltaire, F. (2016): Candide. Paris, Flammarion.



[1] Emecé Editores nació en Buenos Aires en 1939 y se integró en el Grupo Planeta en 2001. Desde su fundación ha ido configurando un fondo editorial de los más diversos géneros con los autores más importantes del siglo XX.

[2] Es decir, una narración ficticia que describe una sociedad imaginaria en la que, a diferencia de una utopía, todo contribuye a hacer infelices a las personas.

[3] Observamos, por ejemplo, una verdadera relación de sumisión entre François y el resto de los personajes que lo acompañan en su huida, que acatan ciegamente sus órdenes.

[5] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 14.

[6] Es imposible aquí no establecer la relación con el famoso arquitecto Le Corbusier.  En el momento de la publicación de Ravage, el arquitecto había expuesto en la vida real su concepción de la arquitectura moderna y de la vivienda colectiva... y su proyecto cobraría vida justo después de la Segunda Guerra Mundial con la construcción de "Ciudades Radiantes", edificios equipados con una mezcla de apartamentos y equipamientos colectivos (tiendas, equipamiento deportivo, una terraza común con escuela y gimnasio). Algunos de los principios arquitectónicos de Le Corbusier se han aplicado en Ravage, a veces de manera extrema.

[7] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 23.

[8] Ibid., p. 23.

[9] Ibid., p. 27.

[10] Los estudios de radio-300 estaban ubicados en el piso 96 de la Ciudad Radiante.

[11] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 47.

[12] Ibid., p. 40.

[13] Ibid., p. 41.

[14] Desde hace años se pone en duda la sostenibilidad del consumo de carne en un mundo cada vez más superpoblado, y no solo por el daño que se inflige a los animales al utilizarlos como alimento, sino también por una cuestión medioambiental, ya que la ganadería contamina el aire –de acuerdo con un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación (FAO), genera más del 14% de las emisiones de efecto invernadero–.

[16] Según informes de la FAO, el sector ganadero genera más gases de efecto invernadero que el sector del transporte y es una de las principales causas de contaminación ambiental, del suelo y de los recursos hídricos.

[17] R. Barjavel, Ravage, op. cit., pp. 144-145.

[18] Ibid., p. 43.

[19] Ibid., p. 43.

[20] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 44.

[21] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 85.

[22] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 134 y 141.

[23] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 16.

[24] Ibid., p. 150.

[25] Ibid., pp. 77-78.

[26] Ibid., p. 49.

[27] Ibid., 45.

[28] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 94.

[29] R. Barjavel, Ravage, op. cit., p. 85.

[30] Entendido como una crítica contra el progreso y el desarrollo. S.Latouche, Le pari de la décroissance. Paris, Librairie Arthème Fayard/Pluriel, 2010, p.15.

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1] R. Barjavel, Ravage, Paris, Denoël. Coll. Folio. 2008 [1943].

[2] Cheryll Glotfelty, en su introducción a The Ecocriticism Reader, define esta teoría como “el estudio de las relaciones entre la literatura y el medio ambiente”, es decir, nuestro ecosistema (“conjunto formado por una comunidad de organismos que interactúan entre sí)”.

[4] L. Buell, The Environmental Imagination: Thoreau, Nature Writing, and the Formation of American Culture, Cambridge, Harvard University Press, 1995, p. 285, citado par G. Garrard, op.cit, p. 93 (mi traducción): «Apocalypse is the single most powerful master metaphor that the contemporary environmental imagination has at its disposal.»


Comunicación presentada en el XI Congreso de Mitocrítica celebrado en la Universidad Complutense de Madrid del 27 al 30 de octubre de 2020. Madrid.

miércoles, 1 de julio de 2020

Pierrette Micheloud y el mito de la Grande Gynandre


Pierrette Micheloud (1915-2007) fue una poeta y pintora suiza de expresión francesa originaria de una pequeña localidad, Vex, situada en el cantón del Valais. Estudió literatura clásica, alemana y francesa en la Universidad de Neuchâtel y de Zurich, y teología en la Universidad de Lausana entre 1940 y 1941. Publicó su primer libro de poesía, Saisons, en 1945. En 1950 (o 1952 según las fuentes), se muda a París y, a partir de entonces, dedica su vida a la escritura y la pintura (aunque hay que esperar hasta 1983 para ver su primera exposición en la Galeria Horizon de Paris). Llevará una vida muy activa en el campo de la literatura colaborando con varios periódicos suizos donde presenta a poetas franceses y de otros lugares; también para la revista Nouvelles Littéraires, con artículos sobre poetas-libreros de París. En 1963, funda con Edith Mora, crítica literaria, el premio de poesía Louise Labé, cuyo jurado era completamente femenino. No por ostracismo, sino por un deseo de restablecer el equilibrio, ya que las mujeres estaban prácticamente ausentes en dicha época de los jurados literarios. También fue editora en jefe de la revista La voix des poètes, fundada y dirigida por Simone Chevallier, en la colección Les Pharaons (poetas reveladores de conciencia). Recibió varios premios, entre ellos, el Premio Schiller y el Premio de Consagración del Estado de Valais en Suiza; los premios de Edgar Poe, de Apollinaire y Charles Vildrac en Francia. Su obra incluye una treintena de libros en francés, algunos traducidos al alemán, inglés, español, rumano y ruso; numerosos artículos y editoriales y también obras de teatro, novelas, diarios, cuadernos y reflexiones, cartas, en su mayoría inéditas, que se conservan actualmente en el fondo de archivos de la escritora depositados en la Mediateca de Valais-Sion. Su trabajo y su memoria se encuentran en la actualidad muy vivos gracias al trabajo que realiza su fundación[1].

Parents de sève montagnarde :                                  
Elle du Jura bernois                                                 
Lui des Alpes valaisannes                                        
Elle du vert sombre des sapins                                  
Lui des mélèzes danse du vert tendre                         
Elle d’une eau qui se récolte                                     
Goutte à goutte dans le calcaire                                 
Lui de celle multiflore   
Des torrents joueurs de rien (Micheloud, 1979 : 12)    

Desde muy temprana edad, descubre la sensación íntima de su diferencia, que está marcada por su deseo de independencia y su gusto inicial por las mujeres: “La ‘différence’ a toujours une raison. Il ne s’agit donc ni de la refouler, ni d’en avoir honte, mais au contraire de s’enrichir de tout ce qu’elle peut apporter de spécial et de nouveau. J’ai chanté la mienne à travers ma poésie depuis toujours.”[2] La mujer, a menudo soñada, platónica, será ese icono privilegiado que llena toda su obra ; la otra, la mujer real, le causará a menudo decepciones muy dolorosas. La misteriosa alquimia de la escritura poética transformará estas experiencias en un arte apasionado, lleno de imágenes extrañas y destellos proféticos.
A lo largo de su vida, representará al poeta como un ser singular, medio humano, medio divino: su aguda capacidad le permite percibir mensajes que debe transmitir al mundo. ¡Esa es su responsabilidad…! [Le poète] doit être un apôtre. C'est à lui qu'appartient, par un chant toujours plus vrai, de réveiller le monde et de lui donner l'élan dont il a besoin pour repartir sur des routes plus claires (Micheloud, 1950 : 6). Sin embargo, poco a poco formulará esta visión en otro registro léxico, tomando cada vez menos de la religión cristiana y cada vez más de la mitología y la alquimia.
A partir de los años 1970 hasta los 1980, recurre a la mitología y, especialmente, a las musas para afirmar que la poesía permite encontrar recuerdos tan antiguos como el mundo: la musa del poeta se llama Polymnia; el nombre es bastante significativo ya que deriva de poly (muchos) y mnêmê (memoria). Entonces, como una pescadora, Polymnia (es decir, la poesía) captura en las profundidades de la memoria original los recuerdos anteriores al nacimiento. Y, por supuesto, al igual que las otras diosas, las musas y los dioses, personifican múltiples y diversas frecuencias vibratorias del universo sensible. La idea de que la musa Polymnia permita entrar en contacto con la memoria original lleva a Pierrette Micheloud a definir la poesía como “une recherche de notre origine”, y a elaborar su mito de la Grandre Gynandre, esa entidad de esencia divina que pertenece al pasado cósmico y que anuncia el futuro de la humanidad. Pierrette afirma que “chaque poéte se crée sa propre mythologie, à través sa propre visión de l’univers”. Es lo que ella ha llevado a cabo: “Moi aussi, je me suis raconté mon mythe, comme tout poète. Ou plutôt, je suis renée du mythe que ma conscience, par l'action de l'énergie inspiratrice, m'a révélé, d’une vérité cachée. C'est le mythe de la Gynandre. Ginê, femme... Andros, homme. L’androgyne retourné [...] pour mettre les choses à leur place.” (Micheloud, 1981: 44-45).
Cuando la humanidad haya completado su revolución y haya llegado al final de su ciclo terrenal, verá la llegada del Gran Gynandre (o a veces, Gynandrade), más perfecta que el andrógino, porque es mujer, y que reinará sobre los hombres y mujeres unidas en paz y serenidad. Pero esto aún no ha llegado, todavía estamos lejos: debemos luchar por este advenimiento, y una de las armas de esta lucha es precisamente la poesía, que despierta las conciencias:

Je suis songe unifié : le fœtus                     
que la reine-roi porte en espérance              
du fond de l’En-soi, la fin du couple.
Je suis la Gynandrade future.                      
Patience jusqu’à l’aurore,                           
Amour (Micheloud, 1974 : 38).                                               

Esta idea del mito de la Ginandra comienza a forjarse con L’Enfant de Salmacis y termina plasmándose con toda su fuerza en Douce-Amère.
L’enfant de Salmacis (1963) es una oda a la feminidad enraizada en los mitos originales de la pureza y de la unidad, e inspirados en otra poetisa, Sappho: “Ma grande prêtesse, je te salue, je pose mon front sur tes pieds nus qui tracent sur la terre le chemin de l’unité parfaite” (Dubuis 2012 :123). Una mezcla un poco inquietante. Pero la poesía se reserva esos derechos a los que es difícil poner límites, y los cánticos que estos amores inusuales inspiran en Pierrette Micheloud a menudo caen bajo una verdadera poesía que arde con pasión.
En esta obra Pierrette Micheloud emprende una larga reflexión sobre la diferencia sexual y la feminidad (como ella prefiere escribir). La ninfa Salmacis, enamorada de Hermafrodito, obtiene de Zeus el privilegio de no separarse nunca de su amor. De este modo, sus dos cuerpos, tan fuertemente entrelazados, se disuelven en un solo ser, ni del todo hombre ni del todo mujer, fue el primer hermafrodita: ella, Salmacis, representa la feminidad de este último. Así es como concibe Pierrette Micheloud al poeta, ni hombre ni mujer, un ser sin sexo. El poeta, de hecho, combina en sí mismo lo mejor y lo peor de ambos a la vez. ¿No es hacia este ser sublime al que toda la humanidad, y sobre todo la mujer, debería desembocar? La poetisa del Valais lamenta que sean tantas las compañeras poetas que todavía no comprendan y no quieran participar como ella, en la llegada de una era superior, que el poeta imagina y en la que desea colaborar. Esta tarea, que ella solo prefiguró, ahora la siente como una misión que debe cumplir.
Porque antes de la Caída, Adán y Eva no eran dos, sino uno. Fue el Maligno, el Diablo, quién se arrastró hasta el paraíso y los dividió en dos cuerpos distintos. Desde entonces, la Tierra se ha convertido en el planeta de la dualidad. Una teoría que no es nueva, ya que Platón la defendió[3], y muchos escritores la convirtieron en el tema principal de sus poemas o de sus novelas, como por ejemplo Honoré de Balzac[4], por citar alguno de ellos. “El hijo de Salmacis” tiene, por lo tanto, predecesores ilustres.
Los poemas de este libro son un homenaje a las diversas formas, especialmente mitológicas, de lo femenino: de la inocencia de Rasalhague, a la violencia de Isidis, pasando por Hélia, Néphélé, Maya, Dahana y Ad-Isthar-Ar-Kanya; Pierrette Micheloud invita a todas estas figuras a recuperar la pureza que poseían antes de la Caída, a convertirse en la “nueva Eva”, a sacudirse del yugo del hombre, yugo que ellas aceptan al parecer con desconcertante docilidad y placer.

Et l’homme dit à la femme                                       
Tu seras l’autel de mes plaisirs                                  
Et le calice de mes rancœurs                       
Et la femme suivit l’homme. (Micheloud, 1963 : 97)   

Pero para aquella que rehúsa esta condición, la felicidad que le espera es absoluta:

Elle sut retrouver le jardin                                        
De son primordial visage,                                                       
Fini le sinistre leurre                                                              
Qui l’avait de si loin dépaysée,                                                
Ève nouvelle, fleurie                                                              
De blancheur, secrète royauté. (Micheloud, 1963 : 21)              

Sus poemas se cargan de un lirismo visionario que concierne sobre todo a un universo femenino donde el hombre es temido por su yo posesivo y su egoísmo, que engendra sólo sufrimiento y simboliza una carga negativa. De ahí el epígrafe elegido por Pierrette Micheloud en esta obra: cuatro líneas de Safo que suenan como una conjuración para desafiar a los hombres.

Amour prodigue en souffrances                  
Amour beau tisseur de contes                     
Loin de moi la douceur du miel                   
Loin de moi le dard des abeilles                  

 Conjuración que ella misma retoma en su primer poema titulado: Périlleux amour, advirtiendo a su primera protagonista: “Ne dis pas aux hommes d’où tu viens, Rasalhague!” […], “Ne dis pas aux hommes ton chemin, Rasalhague!” […], “Ne dis pas aux hommes ton secret, Rasalhague!” […] (Micheloud, 1963:15-16).
¿Qué destino le aguarda pues a nuestro compañero terrenal en esta sublime aventura? Según Pierrette Micheloud, el hombre tiende poco a poco a desaparecer, como todo aquello que se ha convertido en algo inútil. Sin embargo, por muy edénico que sea, ¿es probable que esta humanidad desaparezca? No, ya que, en esencia, de la unión del ser-mujer único con el Espíritu divino nacerán nuevos seres. Hasta ahora, solo una mujer ha sido capaz de engendrar así, la que el Ángel saludó: “Sois bénie entre toutes les femmes!” María redime de este modo la culpa de Eva.

Je ne suis plus l’Ève triste                                         
Je suis Marie                                                           
La vierge attentive et secrète                                     
En espérance d’un Dieu. (Micheloud, 1963 : 99)         

Pero también:

Te voici nue et pure                                                 
Comme à la première aube                                       
Cette eau que le soleil                                               
A choisie pour épouse. (Micheloud, 1963 : 28)           

En este poema, la mujer se identifica con el agua, el sol representa el espíritu divino: “El Espíritu divino planea sobre las aguas primordiales, dando vida por ellas a todas las criaturas” (Génesis 1,2). La figura de María encuentra su lugar en la conclusión de la obra, proclamando la gran Virgen cósmica, la del Zodíaco y no la de la Cruz, mientras anuncia Douce-Amère, que sueña nuevamente con la unidad: una mujer que tendría en ella la semilla del hombre... la vuelta hacia el ser UNICO. Y así lo explica en la siguiente entrevista:

J’ai mis le gyné avant l’andros. L’unité primordiale a été divisée et je veux la recréer. Voilà mon mythe : recréer l’unité en soi, d’abord. Et dans plusieurs milliers d’années, il y aura de nouveau un être qui sera fait avec les deux principes, mâle et femelle, et qui sera qu’un seul être. Il n’y aura plus de division. (Royer, 2002 : 138)

Entre estos seres puros y nuevos, con los “seins gonflés du lait pur des étoiles” (Micheloud, 1963:18), que afirman que “le vent a déraciné de mon ventre la mémoire des sexes” (Micheloud, 1963: 22), cuya sangre “coulera vierge, saison sans blessure pour devenir l’enfant lumineux de décembre” (Micheloud, 1963: 27), reinará una verdadera amistad.
Pierrette buscaba una feminización de los deseos de la humanidad: esa que sueña con la no violencia, la paz, la dulzura, la belleza, la ecología... estos son los temas puramente femeninos. La mujer encarna, en cierto modo, la esperanza de la humanidad y de todo el planeta. Es una mujer que no habla con las palabras de los hombres, sino con su propio lenguaje: el de la intuición, la percepción, la sensibilidad. En Douce-Amère (1979), nos revela una mujer nueva: el mito de la Grande Gynandre, una entidad de esencia divina que ofrece una apariencia femenina, mientras que invisible contiene, en su interior, el principio masculino, que le permite reproducirse de forma autónoma. Esta entidad que pertenece al pasado cósmico modelará el futuro de la humanidad.
El libro se divide en cuatro partes bien diferenciadas. La primera contiene los "Poèmes du jet d’eau de la cigogne", que evocan la infancia, los juegos y amores, los nombres y rimas, los sueños y las fiestas. El pasado se convierte en un presente donde solo vive lo esencial: la dulzura de los seres, la belleza de las cosas y la plenitud de la vida. Después, comienza la búsqueda de una identidad: la adolescente enamorada se convierte en la persona que celebra el mundo y los seres, pero también la que medita, cuestiona y reza. En las mismas secuencias de la oración dominical, la Oración a la Gran Ginandra convoca a la reunión, a la unidad fundamental del ser dividido actualmente en hombres y mujeres. Precisa que todo ser lleva en él una parte femenina y una parte masculina, incluso Dios, al que ella nombra “LE PÈRE” (el Padre) y “avant tout LA MÊRE” (sobre todo la madre), y a la que ella nombra “Mère-Père de l’Univers”, o “Grande Gynandre”.
La segunda parte, más breve, titulada "Arvres", también es evocativa: árboles y rostros se mezclan; está lleno de nostalgia por una época “où le temps avait le temps” (Micheloud, 1979: 38). La tercera narra y canta los “Voyages” y lugares del poeta; itinerarios muy reales -en Francia, en Rumania, desde el Valais a París, o Knokke-le-Zoute, donde se celebra cada dos años un festival poético y donde aparece, ligera y enigmática, la figura de Jean Follain - y caminos imaginarios al “chateau de l’éveilleuse” o el propio corazón de la poeta. Pierrette Micheloud busca la Eternidad. En Méditation, citando a C.F. Ramuz, se interroga:

Pourquoi ces instants                                               
Sont-ils au cours d’une vie                                        
Si rares ? (Micheloud, 1979 : 65)                                                           

La última parte “Quand l’herbe devient noire”, contrasta con las tres primeras: el mundo se deshumaniza, el tiempo se vuelve loco, el hormigón invade los caminos y los campos, la palabra, humillada, es llevada a la fosa común, todo se pudre. En “La ronde / au colombier de l’enfance” (Micheloud, 1979: 9) se les hace un sitio a los robots. A menudo se rebela contra la condición de la mujer, incomprendida, degradada, por “Les petits hommes-sexe/ Les petits hommes-cerveaux” (Micheloud, 1979: 92) que han hecho de este planeta un lugar de sufrimiento:

Nous, femmes                                                         
Nous avions paroles clouées                                                    
Pensée au fer de l’étau                                             
Bras enchaînés au lavoir,                                          
Cette terre de souffrance                                                                      
Ce n’est pas nous qui l’avons faite !                           

Aujourd’hui                                                            
Nous prenons le droit de naître :                                
Nous te guérirons                                                    
Terre opprobre                                                         
Nous recoudrons tes lambeaux ! (Micheloud, 1979 : 90-91)                     

Frente a este mundo que se degrada cada día más,

Et le supplice chaque jour de voir                              
La nourriture lumière                                               
Couler sur le béton dans les rigoles                            
Se mélanger à l’horreur des égouts (Micheloud, 1979 : 95)                      

Pierrette Micheloud no cae en la desesperación ni se deja engañar por las falsas acusaciones. Y afirma:

Veuillez sur votre lopin de seigle                               
Il est la lumière qui sauve (Micheloud, 1979 : 69)                                   

Nos sugiere que tomemos ejemplo de la piedra, la libélula, la abeja o la dulzamara que le da título al libro, para que este mundo puro y original que ella imagina, muy femenino y exclusivo, pueda construirse ante nuestros ojos. Como una visionaria, la poeta anuncia que el futuro de la humanidad pertenece a los seres gynandres que volverán a poblar la tierra después de la destrucción de la sociedad actual. El ciclo se acaba bajo esta visión cósmica de una tierra regenerada y repoblada:

Des barques spatiales                                 
Cinglent vers la terre                                  
Planète morte                                            
[…]
Dans ces barques                                       
Ses futurs habitants                                   
[…]
Chanter                                                    
Sera leur unique tâche… (Micheloud, 1979 : 98)                       

Conclusión
Muy crítica con el progreso y la modernidad, nostálgica del pasado, luchando contra la sensación de estar exiliada en la tierra y en busca de la iluminación espiritual, Pierrette Micheloud recurre constantemente a los textos sagrados, a la mitología y a la alquimia. A través de este viaje, la escritura permite a Pierrette Micheloud convertirse en una gynandre, es decir, como poeta construye su propio mito para encontrar esa unidad perdida que tanto ansia, y adquirir, en un nivel simbólico, una nueva identidad que no existe en el mundo real. Así se define como poeta y como mujer libre. 
Pierrette Micheloud supo combatir, con sus poemas y sus pinturas, las injusticias y los prejuicios mantenidos a lo largo de todos estos siglos contra las mujeres y contra la naturaleza. Para ella, las palabras y las imágenes tenían un poder de denuncia. Siempre buscó un mundo mejor… ¿utópico? Quizás. Pero la utopía es también una realidad que podría existir en un futuro no muy lejano. Porque hoy, la utopía ha cambiado de campo, y utópico es aquel que cree que el mundo puede continuar como hasta ahora.
Pierrette Micheloud nos dejó el 14 de noviembre de 2007. Nos gustaría creer que se marchó para reunirse con las diosas y los dioses de ese lugar alquímico que ella denominó “la Gynandrie”, esa mística poesía que le gustaba desarrollar tanto en sus textos como en su vida.

Referencias Bibliográficas

Dubuis, C., (2015) Journal de mes amours. Genève, Ed. Slatkine.
Gaetzi, C., Maggetti, D., (2017) Pierrette Micheloud contre le vent. Vevey, Ed. de l’Aire.
López Mújica, M. (2015) « Les langages secrets de la nature », in Journal de mes amours. Gaetzi, C., Maggetti, D., (dits), Genève, Ed. Slatkine.
Micheloud, P., (1950) « La solitude et la mission du poète dans le monde moderne », in Feuille d’Avis de Neuchâtel, 22 sept. p. 6.
Micheloud, P., (1963) Le fils de Salmacis, Paris, Nouvelles Éditions Debresse.
Micheloud, P., (1974) Tout un jour toute une nuit, Neuchâtel, éd. La Baconnière.
Micheloud, P., (1979) Douce-Amère, Neuchâtel, La Baconnière.
Micheloud, P., (1981-1983) “Poésie dans les écoles et la vie ou apprendre la poésie à notre époque”. Tapuscrit.
Micheloud, P., (1995) L’Ombre ardente, Sierre, Monographic.
Royer, J., (2002) « Pierrette Micheloud et la Grande Gynandre » in Présence de Pierrette Micheloud. J-P. Valloton (dit) Sierre, Ed. Monographic.


[1] Fundación de Pierrette Micheloud: https://www.fondation-micheloud.ch/
[3] Platón en “El Banquete” (parágrafos XIV y XV) recoge a través de un diálogo entre Aristófanes y Diotima, un mito que era anterior a él y que probablemente fue establecido por los presocráticos del siglo VI antes de J.C. Explica Platón que en el origen de la humanidad existió una raza primordial que contenía en sí misma las dos polaridades, masculina y femenina. Dicha raza era fuerte y temida por los dioses del Olimpo: “Eran extraordinarios por su fuerza y su audacia, y alimentaban en su corazón orgullosos propósitos, que llegaban incluso a pretender atacar a los propios dioses en su morada”. Es difícil no ver aquí el mismo tema bíblico de la revuelta de Lucifer -el arcángel más querido- contra Dios. Platón afirma un poco más adelante que los dioses no fulminaron a la raza andrógina, sino que se limitaron a destruir su potencia, dividiéndolos en sexos. Tal fue el origen de la raza de los hombres y de las mujeres.
[4] Honoré de Balzac dedicó a la figura del andrógino una de sus grandes novelas, “Serafita”, ser ambiguo, rodeado de amores imposibles, que es visto como hombre (Sefaritus) por una mujer y como mujer (Serafita) por un hombre.

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