miércoles, 1 de julio de 2020

Pierrette Micheloud y el mito de la Grande Gynandre


Pierrette Micheloud (1915-2007) fue una poeta y pintora suiza de expresión francesa originaria de una pequeña localidad, Vex, situada en el cantón del Valais. Estudió literatura clásica, alemana y francesa en la Universidad de Neuchâtel y de Zurich, y teología en la Universidad de Lausana entre 1940 y 1941. Publicó su primer libro de poesía, Saisons, en 1945. En 1950 (o 1952 según las fuentes), se muda a París y, a partir de entonces, dedica su vida a la escritura y la pintura (aunque hay que esperar hasta 1983 para ver su primera exposición en la Galeria Horizon de Paris). Llevará una vida muy activa en el campo de la literatura colaborando con varios periódicos suizos donde presenta a poetas franceses y de otros lugares; también para la revista Nouvelles Littéraires, con artículos sobre poetas-libreros de París. En 1963, funda con Edith Mora, crítica literaria, el premio de poesía Louise Labé, cuyo jurado era completamente femenino. No por ostracismo, sino por un deseo de restablecer el equilibrio, ya que las mujeres estaban prácticamente ausentes en dicha época de los jurados literarios. También fue editora en jefe de la revista La voix des poètes, fundada y dirigida por Simone Chevallier, en la colección Les Pharaons (poetas reveladores de conciencia). Recibió varios premios, entre ellos, el Premio Schiller y el Premio de Consagración del Estado de Valais en Suiza; los premios de Edgar Poe, de Apollinaire y Charles Vildrac en Francia. Su obra incluye una treintena de libros en francés, algunos traducidos al alemán, inglés, español, rumano y ruso; numerosos artículos y editoriales y también obras de teatro, novelas, diarios, cuadernos y reflexiones, cartas, en su mayoría inéditas, que se conservan actualmente en el fondo de archivos de la escritora depositados en la Mediateca de Valais-Sion. Su trabajo y su memoria se encuentran en la actualidad muy vivos gracias al trabajo que realiza su fundación[1].

Parents de sève montagnarde :                                  
Elle du Jura bernois                                                 
Lui des Alpes valaisannes                                        
Elle du vert sombre des sapins                                  
Lui des mélèzes danse du vert tendre                         
Elle d’une eau qui se récolte                                     
Goutte à goutte dans le calcaire                                 
Lui de celle multiflore   
Des torrents joueurs de rien (Micheloud, 1979 : 12)    

Desde muy temprana edad, descubre la sensación íntima de su diferencia, que está marcada por su deseo de independencia y su gusto inicial por las mujeres: “La ‘différence’ a toujours une raison. Il ne s’agit donc ni de la refouler, ni d’en avoir honte, mais au contraire de s’enrichir de tout ce qu’elle peut apporter de spécial et de nouveau. J’ai chanté la mienne à travers ma poésie depuis toujours.”[2] La mujer, a menudo soñada, platónica, será ese icono privilegiado que llena toda su obra ; la otra, la mujer real, le causará a menudo decepciones muy dolorosas. La misteriosa alquimia de la escritura poética transformará estas experiencias en un arte apasionado, lleno de imágenes extrañas y destellos proféticos.
A lo largo de su vida, representará al poeta como un ser singular, medio humano, medio divino: su aguda capacidad le permite percibir mensajes que debe transmitir al mundo. ¡Esa es su responsabilidad…! [Le poète] doit être un apôtre. C'est à lui qu'appartient, par un chant toujours plus vrai, de réveiller le monde et de lui donner l'élan dont il a besoin pour repartir sur des routes plus claires (Micheloud, 1950 : 6). Sin embargo, poco a poco formulará esta visión en otro registro léxico, tomando cada vez menos de la religión cristiana y cada vez más de la mitología y la alquimia.
A partir de los años 1970 hasta los 1980, recurre a la mitología y, especialmente, a las musas para afirmar que la poesía permite encontrar recuerdos tan antiguos como el mundo: la musa del poeta se llama Polymnia; el nombre es bastante significativo ya que deriva de poly (muchos) y mnêmê (memoria). Entonces, como una pescadora, Polymnia (es decir, la poesía) captura en las profundidades de la memoria original los recuerdos anteriores al nacimiento. Y, por supuesto, al igual que las otras diosas, las musas y los dioses, personifican múltiples y diversas frecuencias vibratorias del universo sensible. La idea de que la musa Polymnia permita entrar en contacto con la memoria original lleva a Pierrette Micheloud a definir la poesía como “une recherche de notre origine”, y a elaborar su mito de la Grandre Gynandre, esa entidad de esencia divina que pertenece al pasado cósmico y que anuncia el futuro de la humanidad. Pierrette afirma que “chaque poéte se crée sa propre mythologie, à través sa propre visión de l’univers”. Es lo que ella ha llevado a cabo: “Moi aussi, je me suis raconté mon mythe, comme tout poète. Ou plutôt, je suis renée du mythe que ma conscience, par l'action de l'énergie inspiratrice, m'a révélé, d’une vérité cachée. C'est le mythe de la Gynandre. Ginê, femme... Andros, homme. L’androgyne retourné [...] pour mettre les choses à leur place.” (Micheloud, 1981: 44-45).
Cuando la humanidad haya completado su revolución y haya llegado al final de su ciclo terrenal, verá la llegada del Gran Gynandre (o a veces, Gynandrade), más perfecta que el andrógino, porque es mujer, y que reinará sobre los hombres y mujeres unidas en paz y serenidad. Pero esto aún no ha llegado, todavía estamos lejos: debemos luchar por este advenimiento, y una de las armas de esta lucha es precisamente la poesía, que despierta las conciencias:

Je suis songe unifié : le fœtus                     
que la reine-roi porte en espérance              
du fond de l’En-soi, la fin du couple.
Je suis la Gynandrade future.                      
Patience jusqu’à l’aurore,                           
Amour (Micheloud, 1974 : 38).                                               

Esta idea del mito de la Ginandra comienza a forjarse con L’Enfant de Salmacis y termina plasmándose con toda su fuerza en Douce-Amère.
L’enfant de Salmacis (1963) es una oda a la feminidad enraizada en los mitos originales de la pureza y de la unidad, e inspirados en otra poetisa, Sappho: “Ma grande prêtesse, je te salue, je pose mon front sur tes pieds nus qui tracent sur la terre le chemin de l’unité parfaite” (Dubuis 2012 :123). Una mezcla un poco inquietante. Pero la poesía se reserva esos derechos a los que es difícil poner límites, y los cánticos que estos amores inusuales inspiran en Pierrette Micheloud a menudo caen bajo una verdadera poesía que arde con pasión.
En esta obra Pierrette Micheloud emprende una larga reflexión sobre la diferencia sexual y la feminidad (como ella prefiere escribir). La ninfa Salmacis, enamorada de Hermafrodito, obtiene de Zeus el privilegio de no separarse nunca de su amor. De este modo, sus dos cuerpos, tan fuertemente entrelazados, se disuelven en un solo ser, ni del todo hombre ni del todo mujer, fue el primer hermafrodita: ella, Salmacis, representa la feminidad de este último. Así es como concibe Pierrette Micheloud al poeta, ni hombre ni mujer, un ser sin sexo. El poeta, de hecho, combina en sí mismo lo mejor y lo peor de ambos a la vez. ¿No es hacia este ser sublime al que toda la humanidad, y sobre todo la mujer, debería desembocar? La poetisa del Valais lamenta que sean tantas las compañeras poetas que todavía no comprendan y no quieran participar como ella, en la llegada de una era superior, que el poeta imagina y en la que desea colaborar. Esta tarea, que ella solo prefiguró, ahora la siente como una misión que debe cumplir.
Porque antes de la Caída, Adán y Eva no eran dos, sino uno. Fue el Maligno, el Diablo, quién se arrastró hasta el paraíso y los dividió en dos cuerpos distintos. Desde entonces, la Tierra se ha convertido en el planeta de la dualidad. Una teoría que no es nueva, ya que Platón la defendió[3], y muchos escritores la convirtieron en el tema principal de sus poemas o de sus novelas, como por ejemplo Honoré de Balzac[4], por citar alguno de ellos. “El hijo de Salmacis” tiene, por lo tanto, predecesores ilustres.
Los poemas de este libro son un homenaje a las diversas formas, especialmente mitológicas, de lo femenino: de la inocencia de Rasalhague, a la violencia de Isidis, pasando por Hélia, Néphélé, Maya, Dahana y Ad-Isthar-Ar-Kanya; Pierrette Micheloud invita a todas estas figuras a recuperar la pureza que poseían antes de la Caída, a convertirse en la “nueva Eva”, a sacudirse del yugo del hombre, yugo que ellas aceptan al parecer con desconcertante docilidad y placer.

Et l’homme dit à la femme                                       
Tu seras l’autel de mes plaisirs                                  
Et le calice de mes rancœurs                       
Et la femme suivit l’homme. (Micheloud, 1963 : 97)   

Pero para aquella que rehúsa esta condición, la felicidad que le espera es absoluta:

Elle sut retrouver le jardin                                        
De son primordial visage,                                                       
Fini le sinistre leurre                                                              
Qui l’avait de si loin dépaysée,                                                
Ève nouvelle, fleurie                                                              
De blancheur, secrète royauté. (Micheloud, 1963 : 21)              

Sus poemas se cargan de un lirismo visionario que concierne sobre todo a un universo femenino donde el hombre es temido por su yo posesivo y su egoísmo, que engendra sólo sufrimiento y simboliza una carga negativa. De ahí el epígrafe elegido por Pierrette Micheloud en esta obra: cuatro líneas de Safo que suenan como una conjuración para desafiar a los hombres.

Amour prodigue en souffrances                  
Amour beau tisseur de contes                     
Loin de moi la douceur du miel                   
Loin de moi le dard des abeilles                  

 Conjuración que ella misma retoma en su primer poema titulado: Périlleux amour, advirtiendo a su primera protagonista: “Ne dis pas aux hommes d’où tu viens, Rasalhague!” […], “Ne dis pas aux hommes ton chemin, Rasalhague!” […], “Ne dis pas aux hommes ton secret, Rasalhague!” […] (Micheloud, 1963:15-16).
¿Qué destino le aguarda pues a nuestro compañero terrenal en esta sublime aventura? Según Pierrette Micheloud, el hombre tiende poco a poco a desaparecer, como todo aquello que se ha convertido en algo inútil. Sin embargo, por muy edénico que sea, ¿es probable que esta humanidad desaparezca? No, ya que, en esencia, de la unión del ser-mujer único con el Espíritu divino nacerán nuevos seres. Hasta ahora, solo una mujer ha sido capaz de engendrar así, la que el Ángel saludó: “Sois bénie entre toutes les femmes!” María redime de este modo la culpa de Eva.

Je ne suis plus l’Ève triste                                         
Je suis Marie                                                           
La vierge attentive et secrète                                     
En espérance d’un Dieu. (Micheloud, 1963 : 99)         

Pero también:

Te voici nue et pure                                                 
Comme à la première aube                                       
Cette eau que le soleil                                               
A choisie pour épouse. (Micheloud, 1963 : 28)           

En este poema, la mujer se identifica con el agua, el sol representa el espíritu divino: “El Espíritu divino planea sobre las aguas primordiales, dando vida por ellas a todas las criaturas” (Génesis 1,2). La figura de María encuentra su lugar en la conclusión de la obra, proclamando la gran Virgen cósmica, la del Zodíaco y no la de la Cruz, mientras anuncia Douce-Amère, que sueña nuevamente con la unidad: una mujer que tendría en ella la semilla del hombre... la vuelta hacia el ser UNICO. Y así lo explica en la siguiente entrevista:

J’ai mis le gyné avant l’andros. L’unité primordiale a été divisée et je veux la recréer. Voilà mon mythe : recréer l’unité en soi, d’abord. Et dans plusieurs milliers d’années, il y aura de nouveau un être qui sera fait avec les deux principes, mâle et femelle, et qui sera qu’un seul être. Il n’y aura plus de division. (Royer, 2002 : 138)

Entre estos seres puros y nuevos, con los “seins gonflés du lait pur des étoiles” (Micheloud, 1963:18), que afirman que “le vent a déraciné de mon ventre la mémoire des sexes” (Micheloud, 1963: 22), cuya sangre “coulera vierge, saison sans blessure pour devenir l’enfant lumineux de décembre” (Micheloud, 1963: 27), reinará una verdadera amistad.
Pierrette buscaba una feminización de los deseos de la humanidad: esa que sueña con la no violencia, la paz, la dulzura, la belleza, la ecología... estos son los temas puramente femeninos. La mujer encarna, en cierto modo, la esperanza de la humanidad y de todo el planeta. Es una mujer que no habla con las palabras de los hombres, sino con su propio lenguaje: el de la intuición, la percepción, la sensibilidad. En Douce-Amère (1979), nos revela una mujer nueva: el mito de la Grande Gynandre, una entidad de esencia divina que ofrece una apariencia femenina, mientras que invisible contiene, en su interior, el principio masculino, que le permite reproducirse de forma autónoma. Esta entidad que pertenece al pasado cósmico modelará el futuro de la humanidad.
El libro se divide en cuatro partes bien diferenciadas. La primera contiene los "Poèmes du jet d’eau de la cigogne", que evocan la infancia, los juegos y amores, los nombres y rimas, los sueños y las fiestas. El pasado se convierte en un presente donde solo vive lo esencial: la dulzura de los seres, la belleza de las cosas y la plenitud de la vida. Después, comienza la búsqueda de una identidad: la adolescente enamorada se convierte en la persona que celebra el mundo y los seres, pero también la que medita, cuestiona y reza. En las mismas secuencias de la oración dominical, la Oración a la Gran Ginandra convoca a la reunión, a la unidad fundamental del ser dividido actualmente en hombres y mujeres. Precisa que todo ser lleva en él una parte femenina y una parte masculina, incluso Dios, al que ella nombra “LE PÈRE” (el Padre) y “avant tout LA MÊRE” (sobre todo la madre), y a la que ella nombra “Mère-Père de l’Univers”, o “Grande Gynandre”.
La segunda parte, más breve, titulada "Arvres", también es evocativa: árboles y rostros se mezclan; está lleno de nostalgia por una época “où le temps avait le temps” (Micheloud, 1979: 38). La tercera narra y canta los “Voyages” y lugares del poeta; itinerarios muy reales -en Francia, en Rumania, desde el Valais a París, o Knokke-le-Zoute, donde se celebra cada dos años un festival poético y donde aparece, ligera y enigmática, la figura de Jean Follain - y caminos imaginarios al “chateau de l’éveilleuse” o el propio corazón de la poeta. Pierrette Micheloud busca la Eternidad. En Méditation, citando a C.F. Ramuz, se interroga:

Pourquoi ces instants                                               
Sont-ils au cours d’une vie                                        
Si rares ? (Micheloud, 1979 : 65)                                                           

La última parte “Quand l’herbe devient noire”, contrasta con las tres primeras: el mundo se deshumaniza, el tiempo se vuelve loco, el hormigón invade los caminos y los campos, la palabra, humillada, es llevada a la fosa común, todo se pudre. En “La ronde / au colombier de l’enfance” (Micheloud, 1979: 9) se les hace un sitio a los robots. A menudo se rebela contra la condición de la mujer, incomprendida, degradada, por “Les petits hommes-sexe/ Les petits hommes-cerveaux” (Micheloud, 1979: 92) que han hecho de este planeta un lugar de sufrimiento:

Nous, femmes                                                         
Nous avions paroles clouées                                                    
Pensée au fer de l’étau                                             
Bras enchaînés au lavoir,                                          
Cette terre de souffrance                                                                      
Ce n’est pas nous qui l’avons faite !                           

Aujourd’hui                                                            
Nous prenons le droit de naître :                                
Nous te guérirons                                                    
Terre opprobre                                                         
Nous recoudrons tes lambeaux ! (Micheloud, 1979 : 90-91)                     

Frente a este mundo que se degrada cada día más,

Et le supplice chaque jour de voir                              
La nourriture lumière                                               
Couler sur le béton dans les rigoles                            
Se mélanger à l’horreur des égouts (Micheloud, 1979 : 95)                      

Pierrette Micheloud no cae en la desesperación ni se deja engañar por las falsas acusaciones. Y afirma:

Veuillez sur votre lopin de seigle                               
Il est la lumière qui sauve (Micheloud, 1979 : 69)                                   

Nos sugiere que tomemos ejemplo de la piedra, la libélula, la abeja o la dulzamara que le da título al libro, para que este mundo puro y original que ella imagina, muy femenino y exclusivo, pueda construirse ante nuestros ojos. Como una visionaria, la poeta anuncia que el futuro de la humanidad pertenece a los seres gynandres que volverán a poblar la tierra después de la destrucción de la sociedad actual. El ciclo se acaba bajo esta visión cósmica de una tierra regenerada y repoblada:

Des barques spatiales                                 
Cinglent vers la terre                                  
Planète morte                                            
[…]
Dans ces barques                                       
Ses futurs habitants                                   
[…]
Chanter                                                    
Sera leur unique tâche… (Micheloud, 1979 : 98)                       

Conclusión
Muy crítica con el progreso y la modernidad, nostálgica del pasado, luchando contra la sensación de estar exiliada en la tierra y en busca de la iluminación espiritual, Pierrette Micheloud recurre constantemente a los textos sagrados, a la mitología y a la alquimia. A través de este viaje, la escritura permite a Pierrette Micheloud convertirse en una gynandre, es decir, como poeta construye su propio mito para encontrar esa unidad perdida que tanto ansia, y adquirir, en un nivel simbólico, una nueva identidad que no existe en el mundo real. Así se define como poeta y como mujer libre. 
Pierrette Micheloud supo combatir, con sus poemas y sus pinturas, las injusticias y los prejuicios mantenidos a lo largo de todos estos siglos contra las mujeres y contra la naturaleza. Para ella, las palabras y las imágenes tenían un poder de denuncia. Siempre buscó un mundo mejor… ¿utópico? Quizás. Pero la utopía es también una realidad que podría existir en un futuro no muy lejano. Porque hoy, la utopía ha cambiado de campo, y utópico es aquel que cree que el mundo puede continuar como hasta ahora.
Pierrette Micheloud nos dejó el 14 de noviembre de 2007. Nos gustaría creer que se marchó para reunirse con las diosas y los dioses de ese lugar alquímico que ella denominó “la Gynandrie”, esa mística poesía que le gustaba desarrollar tanto en sus textos como en su vida.

Referencias Bibliográficas

Dubuis, C., (2015) Journal de mes amours. Genève, Ed. Slatkine.
Gaetzi, C., Maggetti, D., (2017) Pierrette Micheloud contre le vent. Vevey, Ed. de l’Aire.
López Mújica, M. (2015) « Les langages secrets de la nature », in Journal de mes amours. Gaetzi, C., Maggetti, D., (dits), Genève, Ed. Slatkine.
Micheloud, P., (1950) « La solitude et la mission du poète dans le monde moderne », in Feuille d’Avis de Neuchâtel, 22 sept. p. 6.
Micheloud, P., (1963) Le fils de Salmacis, Paris, Nouvelles Éditions Debresse.
Micheloud, P., (1974) Tout un jour toute une nuit, Neuchâtel, éd. La Baconnière.
Micheloud, P., (1979) Douce-Amère, Neuchâtel, La Baconnière.
Micheloud, P., (1981-1983) “Poésie dans les écoles et la vie ou apprendre la poésie à notre époque”. Tapuscrit.
Micheloud, P., (1995) L’Ombre ardente, Sierre, Monographic.
Royer, J., (2002) « Pierrette Micheloud et la Grande Gynandre » in Présence de Pierrette Micheloud. J-P. Valloton (dit) Sierre, Ed. Monographic.


[1] Fundación de Pierrette Micheloud: https://www.fondation-micheloud.ch/
[3] Platón en “El Banquete” (parágrafos XIV y XV) recoge a través de un diálogo entre Aristófanes y Diotima, un mito que era anterior a él y que probablemente fue establecido por los presocráticos del siglo VI antes de J.C. Explica Platón que en el origen de la humanidad existió una raza primordial que contenía en sí misma las dos polaridades, masculina y femenina. Dicha raza era fuerte y temida por los dioses del Olimpo: “Eran extraordinarios por su fuerza y su audacia, y alimentaban en su corazón orgullosos propósitos, que llegaban incluso a pretender atacar a los propios dioses en su morada”. Es difícil no ver aquí el mismo tema bíblico de la revuelta de Lucifer -el arcángel más querido- contra Dios. Platón afirma un poco más adelante que los dioses no fulminaron a la raza andrógina, sino que se limitaron a destruir su potencia, dividiéndolos en sexos. Tal fue el origen de la raza de los hombres y de las mujeres.
[4] Honoré de Balzac dedicó a la figura del andrógino una de sus grandes novelas, “Serafita”, ser ambiguo, rodeado de amores imposibles, que es visto como hombre (Sefaritus) por una mujer y como mujer (Serafita) por un hombre.

domingo, 23 de febrero de 2020

« Rencontres littéraires autour du vin suisse : C.F. Ramuz, Maurice Chappaz et Corinne Bille »


Résumé




Au fil des siècles, les Vaudois et les Valaisans ont su s'adapter à la nature indomptable qui les entoure, sculptant de leurs propres mains les pentes abruptes de leurs montagnes et les transformant en terrasses fertiles qui abritent aujourd'hui les vignes les plus variées. Le vin et le vignoble de ces coteaux escarpés sont très présents dans la vie et l'œuvre d'auteurs aussi connus que C.F. Ramuz, Maurice Chappaz et Corinne Bille.

Il est impensable d'imaginer un écrivain comme C. F. Ramuz sans vignes. Il faudrait se passer à la fois de sa biographie et de son travail ; il faudrait oublier qu'il était le fils d'un marchand de produits coloniaux devenu grossiste en vins des années plus tard ; qu'il était encore très jeune étudiant quand il participait aux vendanges à Yvorne ; qu'à son retour de Paris il habitait une vieille maison des vignes à Treytorrens, où s’est déroulé sa rencontre décisive avec Stravinsky, sous le double symbole "du pain et du vin d'ici". Le vin et la vigne sont très présents, non seulement dans ses œuvres les plus inspirées, comme Vendanges, Chant de Notre-Rhône ou Souvenirs d'Igor Strawisky, mais aussi dans une bonne partie de ses romans : Passage du poète, Farinet ou la fausse monnaie, entre autres.

Maurice Chappaz est sans doute le poète suisse d'expression française le plus représentatif du canton du Valais et, aussi, un grand connaisseur du vin. Un univers qui domine à la perfection, de façon substantielle et essentielle, par ses racines, par sa propre expérience et par son art. Dans un petit livre intitulé Chant des Cépages Romands, le poète nous propose une classe magistrale sur les vins suisses. Un texte qui surprend par la profondeur et la sensibilité que le poète montre envers le vin, la vigne et sa culture.

Vignes pour un miroir (1985) est un livre original né de la rencontre entre deux regards, celui d'un écrivain et celui d'un artiste, peintre et graveur. Corinna Bille s'inspirera d'une série de gravures de Pierre Schopfer pour nous présenter, dans une édition posthume, une trentaine de poèmes inédits sur les belles terrasses des vignobles du Lavaux. Des poèmes à la fois féminins, violents et d'un certain érotisme, dont les vers reflètent une relation étroite entre les femmes et la vigne.

L'importance de cette culture viticole dans le travail de ces écrivains fait l'objet de la présente communication, puisque, comme nous le verrons plus loin, les paysages viticoles donnent à ces écrivains le modèle d'une forme artistique sur laquelle ils fondent une partie de leur création. Poètes du vin, ambassadeurs du vignoble romand.



1.     Sur les terrasses de Lavaux

Lavaux, sur les rives du lac Léman, s'étend sur quelque 900 hectares et compte quelque 28.000 habitants. On dit que les Romains y ont apporté la culture de la vigne, mais il est prouvé qu'elle a été cultivée avec soin au XIIe siècle et que depuis 1742, quatre fois par siècle, de grandes fêtes en l'honneur du vin ont lieu sur la place du marché à Vevey. L'amour pour cet ami principal des hommes s'est allié à la nature pour stabiliser ce paysage insolite. Des terrasses d'un peu plus d'un mètre de large sont enfilées en montée, sur la pente du Jura, jusqu'à 800 mètres ; des terrasses soutenues par des murs de béton et reliées par des escaliers étroits et raides. L'attachement que les gens du lieu ressentent pour leur terre, associé à une exposition exceptionnelle, assure chaque année le succès d'une production déjà reconnue. Nous ne pourrions imaginer Lavaux sans ses vignobles. Toute l'histoire, l'identité, la tradition et l'économie de cette région ont tourné autour de cette culture au fil des siècles. La vigne représente l'or de Lavaux. Corinna Bille nous le rappelle dans ce beau poème :

Ce village sans la vigne

serait redevenu poussière

mais les vieux ceps

ont poussé comme des arbres

et le soutiennent (25).

Nous ne pourrions imaginer Lavaux sans ses vignobles. Mais nous ne pourrions imaginer non plus Lavaux sans C.F. Ramuz :

Le bon Dieu a commencé, nous on est venu ensuite et on a fini... Le bon Dieu a fait la pente, mais nous on a fait qu'elle serve, on a fait qu'elle tienne, on a fait qu'elle dure : alors est-ce qu'on la reconnaîtrait seulement à présent sous son habillement de pierre ?[1]


Lorsque l'on découvre Ramuz, il est très difficile par la suite de dissocier son travail des paysages viticoles de Lavaux. Il faudrait se passer à la fois de sa biographie et de son travail ; il faudrait oublier qu'il était le fils d'un marchand de produits coloniaux devenu grossiste en vins des années plus tard ; qu'il était encore très jeune étudiant quand il participait aux vendanges à Yvorne ; qu'à son retour de Paris il habitait une vieille maison des vignes à Treytorrens, où s’est déroulé sa rencontre décisive avec Stravinsky, sous le double symbole "du pain et du vin d'ici"." Le vin et la vigne sont très présents, non seulement dans ses œuvres les plus inspirées, comme Vendanges, Chant de Notre-Rhône ou Souvenirs d'Igor Strawisky, mais aussi dans une bonne partie de ses romans : Passage du poète, Farinet ou la fausse monnaie, entre autres.

Dans Chant de notre Rhône, Ramuz décrit le début des vendanges : "Dans les vignes au-dessus de moi ils sont occupés à cueillir" (Ramuz 1920 : 9). Les raisins qui sont récoltés avec tant de soin et d'attention sont le résultat d'une année d'efforts et de travail. Ils résument le contenu d'une vie et dans le précieux liquide qui en résulte l'écrivain trouve, non seulement la vie et le travail des vignerons, mais aussi le soleil, la terre, le lac et la région tout entière. D'où l'importance du produit : "On tient le petit verre, on élève le petit verre devant la flamme de la bougie, on regarde au travers ; et c'est tout le pays qu'on voit, tout le pays qu'on boit ensuite, avec sa terre, son sucre, avec son odeur et sève...". (Ramuz 1920 : 18-19).

Le lac est, pour Ramuz, l'élément clé de l'élaboration du vin, et il affirme : "C'est à l'eau qu'on doit le vin" (Ramuz 1920 : 18) ; il est aussi l'origine et le reflet fidèle de la mer Méditerranée, sur les rives de laquelle les historiens ont placé la naissance de cette communauté culturelle. Sur le plan symbolique, commercial et culturel, la Méditerranée est la mère de tous les vins. En fait, la plupart des écrivains fascinés par le vin le sont aussi par le monde méditerranéen. Cette fascination est une constante dans l'imaginaire européen. Et Ramuz fait partie de ce groupe. Dans ses œuvres, il insiste beaucoup sur l'origine méditerranéenne du Rhône et du lac Léman : "Ici est une petite mer intérieure avant la grande" (Ramuz 1920 : 20). Et le vin est ce second fleuve qui remonte le temps et exprime une identité évidemment orientée vers le sud, vers cet espace nommé Mare Nostrum par les Romains. Mais, s’il y a quelque chose de particulier qui différencie le vignoble vaudois, c'est ce deuxième soleil qui se reflète sur le lac Léman, envoyant ses rayons deux fois sur les pentes du canton.

Tu es le grand calorifère, le grand régulateur, le grand réflecteur (et rappelez-vous, quand on demande à la grappe du Dézaley: "Qui t'a dorée?" ce qu'elle dit, et ces coteaux, rappelez-vous, si on leur demandait: "Où est votre soleil?" c'est vers l'eau qu'ils se tourneraient).

Parce qu'il y a deux soleils et le vrai est celui d'en bas. (Ramuz 1920 : 28)


Corinna Bille fait aussi référence à ce lac où se reflètent les vignes de Lavaux :



Il existe deux vignes:

l’une est sur le monde

l’autre dans la vague.



Je préfère la seconde

je nage en elle (33).



Le vignoble fait partie intégrante du paysage et de la culture de la région. C'est pourquoi, lorsque Ramuz décrit un village, il intègre cette culture viticole d'une manière si naturelle que ce mot présente ici toute son ampleur.

Églises, vieilles et neuves, petites et grandes, églises de pierre, la pierre partout, la vigne partout, ici déjà ces étages de vignes, les vieilles vignes, les vieux plants : muscat, fendant, umagne, rèze, amigne, l'une sur l'autre par étages et marches du côté nord (là le roc, là la nudité) (Ramuz 1920 : 13).



Cultiver et culture sont ainsi fusionnées en un seul mot, comme dans leurs origines. Cultiver la vigne ou la culture de la terre, donnent forme aux gens qui vivent dans le lieu, leur donnant une identité propre, qui peut être appréciée par des gestes, la couleur de la peau, etc. "...dès le début de la toilette, s'affirme une nature, celle qui remonte dans les mots dits, les gestes faits, la couleur de la peau des femmes, leurs tresses tellement serrées, qu'elles font penser à une grappe de raisin" (Ramuz 1920 : 13-14). L'écrivain lui-même participe également à cette assimilation avec la culture du lieu et compare son travail à celui des vignerons eux-mêmes. L'admiration de Ramuz pour les paysans, les vignerons et les artisans est bien connue. Ramuz aimait se comparer à eux. Il ne s'est jamais senti à l'aise avec le qualificatif d'artiste - qu'il considérait comme synonyme d'extravagant. Pour Ramuz, le mot artiste avait une sorte de connotation, d'originalité libre et sans intérêt. En fait, lorsqu'il compare son travail à celui d'un artisan, comme le cordonnier de son magasin, qui parvient à faire une paire de chaussures par des gestes petits, continus, réguliers et extrêmement calculés et contrôlés. Il est aussi comparé au charpentier qui construit une table. La comparaison a ici un sens différent : le menuisier, en construisant sa table, choisit bien ses matériaux, de sorte que son travail a une certaine durée. Pour Ramuz, le travail de l'écrivain est fait pour durer, c'est pourquoi, malgré les difficultés économiques qu'il aura toute sa vie, il prend soin du matériel qu'il achète, écrit à l'encre de Chine et sur papier de bonne qualité, afin que son travail perdure aussi dans le temps. Et, bien sûr, avec les vignerons, puisque le travail de l'écrivain mûrit comme le fruit qu'ils récoltent, avec beaucoup de temps, de travail et d'efforts ; et comme le vin, il n'en tire que le meilleur. C'est pourquoi nous affirmons que l'espace géographique dans lequel il vit, et surtout le paysage de Lavaux, lui donne le modèle d'une forme artistique sur laquelle repose tout son style créatif :

Mon cric crac à moi, qui est de la pièce d'acier tombant à chaque fois dans l'entre-deux des dents pour empêcher que, ça n'aille en arrière, ah ! Que pour moi non plus, ça n'aille en arrière, quand l'amas du foulé durcit, se dessèche par excès de pression, ne laisse déjà plus tomber qu'un peu de suc, mais le meilleur !

Ah ! Être associé, ici, à tout ce qui es d'ici… ! (Ramuz 1920 : 11)


Il est également curieux d'observer comment Ramuz mesure le temps. Le rythme des saisons est donné à travers les étapes de la récolte. Souvenirs sur Igor Strawinsky (1929) commence : "J'ai fait, je crois, la connaissance de Strawinsky en 1915, à l'automne, c'est à dire, au moment où je venais de finir la vendange dans le hameau du Treytorrens que j'habitais en ce temps-là" (Ramuz 1928 : 49). Dans ce travail dans lequel Ramuz raconte les années passées avec son grand ami Strawinsky, ainsi que les projets qu'ils ont menés ensemble, nous trouvons un autre aspect de cette culture viticole : le rite du vin.

…pour recevoir convenablement ses amis; alors on les mène à la cave où ça chante dans les grands "vases", d'où un premier petit verre est tiré, plein d'une espèce de laitage sentant fort, qui leur est présenté, puis un encore, puis un autre encore, sans qu'on dise rien (c'est le rite); et c'est seulement au quatrième ou cinquième essai qu'on se décide : "Eh bien, qu'est-ce que vous en pensez? (Ramuz 1928 : 51-52).



Ramuz reçoit ainsi Strawinsky, en bon viticulteur - faute d'autre qualité - et l'invite à partager, comme il est d'usage dans le pays, ce jeune vin, récemment extrait de la terre : "Moi, c'est tout bonnement en vigneron (je veux dire un vigneron sans vignes, mais heureux de se conformer à la coutume qui est dans le vignoble, une fois la vendange faite, d'inviter ses connaissances, à qui on fait goûter le vin nouveau)" (Ramuz 1928 : 50). Rapidement une bonne harmonie s'établit entre eux. Les deux ont beaucoup de choses en commun. La similitude, malgré les nationalités et tant de différences superficielles, était évidente, étroite. Les deux l'ont réalisé instantanément. Ramuz n'avait pas besoin de connaître la musique de Strawinsky ou son œuvre la plus célèbre à ce jour, Le Sacre du Printemps, pour la sentir. Il lui propose de le rencontrer tous les après-midis à quatre heures dans un petit café rose du Crochettaz et, voyant comment Strawinsky se comporte devant un demi-verre de vin Dézaley et un morceau de pain et fromage, Ramuz est encore plus convaincu. Il se rappelle ainsi cette première rencontre : "Je ne me souviens plus du tout de ce qui fut l'objet de la conversation : ce dont je me souviens très bien par contre, c'est de cette parfaitement entente préliminaire dont le pain et le vin d'ici furent l'occasion" (Ramuz 1928 : 52).



2.     Le Vieux Pays, le Valais

La vigne ne représente pas seulement la nature, c'est aussi la culture, le travail des hommes et l'expression d'une civilisation. Nombreux sont les textes autobiographiques qui évoquent ce premier environnement et son importance aux yeux de Ramuz. Vendanges est sans aucun doute l'une des plus belles œuvres littéraires inspirées du vin, où se mêlent réalisme symbolique et fiction tragique. Ramuz a quarante-neuf ans lorsqu'il écrit cette histoire, et il tente de reconstruire, à partir de souvenirs fragmentaires, l'unité de l'enfance et l'unité du paysage, pour trouver une dimension mythique de l'existence où la vigne et le vin deviennent la métaphore essentielle. Dans cette œuvre, ce qui frappe le plus ce jeune Ramuz, ce sont les incroyables similitudes entre ce qu'il appelle Le Vieux Pays, c'est-à-dire le Valais, et ce monde ancien qu'il avait découvert à travers la Bible. La vie en Valais à la fin du 19ème siècle était dicté par des rites et coutumes élémentaires et ancestraux que Ramuz croyait issus d'un âge d'or que la région elle-même avait su maintenir de manière exceptionnelle. Pour lui, rien n'a changé depuis l'antiquité :

On vivait comme dans le Bible : j'ai connu Noé et ses fils. C'était le temps où on avait deux heures d'histoire sainte par semaine au Collège ; et dans le Livre il est écrit : Noé qui était laboureur commença à planter la vigne. Et il but du vin, et en fut enivré, et il se découvrit au milieu de sa tente. J'ai connu Noé vivant, je l'ai vu. L'odeur forte du vin nouveau qui montait de partout et venait flotter, la nuit, jusque dans les chambres, faisait que tous les siècles se trouvaient confondus.

A Vendanges (1927), on assiste à la belle naissance du vin en cave. Pendant ses vacances de récolte, Ramuz aide à Yvorne, la région vaudoise de la vallée du Rhône, avec d'autres écoliers de son âge. Ces garçons, y compris l'auteur, quittent souvent le vignoble où ils travaillent avec le groupe de femmes. Ils se faufilent par les routes adjacentes et se rencontrent à la porte menant à la presse. Pour eux, cet endroit a l'attrait du fruit défendu. Brisant l'interdit, les garçons pénétreront dans ce lieu souterrain, magique et sacré où se déroule la cérémonie dionysiaque et virile de la transformation du vin. Dans cet espace fermé, interdit aux femmes et aux enfants, se déroulait le travail réservé aux hommes. En entrant dans cet espace sacré, le jeune Ramuz a l'impression d'entrer dans le troublant accès à l'origine même de la vie. Ce qui se passe ensuite dans cette cave a aussi de fortes connotations sexuelles : "On comprenait pourquoi on était venu, et quel grand besoin nous avait poussés jusqu'au ici, nous autres garçons de dix à douze ans, et c'était d'affirmer notre sexe et notre âge" (Ramuz 1927 : 197). Entrer dans cette grotte où se déroule le lent travail de la fermentation du vin a été vécu par les garçons comme un rite d'initiation qui leur a permis d'être témoins de l'origine de la vie, voire de revivre leur propre arrivée dans le monde. On observe ici la génération du mâle par le mâle, les femmes étant exclues. Mais la cave, avec ses gémissements, ses soupirs, semble aussi avoir des connotations féminines, et nous fait penser à une femme qui accouche :


Elle [une petite porte de sapin] faisait justement la limite entre le permis et le pas permis. "Ouvres-tu ?" - "Non, c'est toi…" - "C'est toi, je te dis…" On se poussait contre le panneau de sapin non recouvert de peinture et sommairement raboté ; et déjà, au travers des planches minces, un grand bruit se faisait entendre, venant nous tenter toujours davantage, quand on était ainsi deux ou trois petits garçons de dix ans : le bruit des travaux réservés aux hommes, les travaux sérieux, les grands travaux mystérieux du pressoir et de la cave, - après les humbles besognes de femmes où on nous avait réduits jusqu'alors. On comprenait pourquoi on était venus, et quel grand besoin nous avait poussés jusqu'ici, nous autres garçons de dix et douze ans, et c'était d'affirmer notre sexe et notre âge. Là-bas, ce n'était encore que la cueillette, et ce n'était encore que le raisin, c'était le fruit sucré bon pour les enfants et les femmes : ici déjà commençaient les régions de la fermentation, c'est-à-dire du vin, c'est-à-dire de la boisson qui convient aux hommes faits, c'est-à-dire qui nous convenait, à nous. […] Et on avait cette plainte sous ses pieds, dans son dos, on la percevait tout ensemble avec les oreilles et le corps par une présence en même temps extérieure et intérieure, - quand ça chante, ça grince, ça craque, ça soupire, ça gémit : le pressoir et ceux qui y sont, ceux qui sont au treuil et à la palanche, ceux qui tournent la manivelle, et durement, des deux bras, et à deux, l'un d'un côté de l'arbre, l'autre de l'autre, font venir la grosse corde et la font s'y enrouler. Un grand travail douloureux, difficile, et cependant plein de promesses comme dans un enfantement, et auquel il semblait que toute la maison prît part avec sa pierre de taille, comme intéressée elle aussi à s'aider et s'aidant… On se glissait par la porte entr'ouverte… (Ramuz 1927 : 196-198).


Après Ramuz, l'écrivain valaisan le plus représentatif de l'après-guerre, est sans aucun doute, Maurice Chappaz. Dans Chant des cépages romands[2], ce petit grand texte, Chappaz nous invite à découvrir surtout les vignobles de son canton natal : le Valais. Il nous montre fièrement les vignes. Il énumère et décrit avec passion les caractéristiques les plus authentiques du vignoble valaisan et les accompagne d'anecdotes et d'expériences personnelles. Ainsi, le lecteur fait l'expérience d'un voyage intérieur magique qu'il lui sera difficile d'oublier. Il est impliqué dans cette description en tant qu'expert en la matière, répondant par ses efforts et même par sa propre expérience à l'important héritage que ses ancêtres lui ont transmis. Maurice Chappaz est marié à Corinne Bille, écrivaine également d’origine valaisanne, et passionnée aussi par la viticulture. La famille Chappaz a vécu plusieurs années à Fully, où Maurice a dirigé les vignobles de son oncle Maurice Troillet, alors Conseiller d'Etat, créant un petit commerce de vin qui est toujours actif aujourd'hui[3]. Des années plus tard, la famille Chappaz a construit une maison à Veyras, où l'on peut voir les rangées de vignes allant jusqu'à Muzot. Corinna Bille avait déjà fait sa petite contribution écrite dans ce domaine, parfaitement dominé par son mari - dans une série d'articles sur "Les travaux de la vigne" publiés dans la revue L'Abeille[4] ; dans des textes tels que "Vendanges" à Douleurs Paysannes (1953) ou "Les raisins de verre" dans Cent petites histoires cruelles (1973). Les deux poètes ont connu les secrets les plus intimes de la vigne, les vicissitudes et les subtilités du métier, mais surtout ils ont été imprégnés de la plus belle poésie, celle qui vient directement du terroir.

Les vignes ont fait le visage de ce pays, vignes mamelles, vignes racines, vigne-arabesque, les hommes ont construit ce pays avec des vignes.

Cassé la pierre, creusé la terre, soulevé la pierre, posé là où il faut et l’autre dessus (voir Inca, quel monde étrange). L’eau peut passer, la terre là où elle manquait fut portée. Les hommes ont d’abord tout fait avec leurs mains, avec leurs dos, avec leur esprit. Ils ont élevé le long des montagnes d’énormes marches, ces marches montent jusqu’à mille mètres parfois, les ont remplies de terre rose, de cailloux, de terre grise, de cailloux, de terre noire, de cailloux. Cailloux pour retenir la chaleur du soleil, (débris) pour laisser circuler les racines. La vigne a dédoublé ce pays, la vigne est l’intérieur et l’extérieur du monde. On la voit et on ne la voit pas. Elle est secrète, magique, concrète, visible. Elle est nous et pas nous (Bille, 1996: 316-317)

Une terre, le Valais, dont plus d'un tiers de la superficie cultivée est recouvert de belles terrasses de vignes, occupe la première place dans la production viticole de toute la Suisse. Ces terrasses, comme celles de Lavaux, ont été façonnées par l'homme, créant sur les pentes abruptes et raides, des parcelles de vignes aux géométries impressionnantes. Tout au long de l'histoire, le paysage valaisan s'est forgé avec une tradition que les Valaisans prennent très au sérieux :

Bien des notaires qui ne prêtent pas attention à leurs épouses, goûtent, tâtent, regardent respirent, mirent une carafe de vin dans un rayon de soleil comme s’il s’agit d’une personne, de leur vraie femme, de leur enfant. Ils ont des gestes câlins pour prendre leur verre, une bouche futée, des mots d’amoureux […] Tirer sa nourriture d’un champ et se taire, voilà sans doute la moins vaine des occupations humaines (Chappaz 2009 : 27).



Chappaz nous présente les différents cépages, les types de vins que produisent ces terres, les délicieux nectars qui enivrent l'âme et le cœur de ceux qui les dégustent. Mais il s'arrête aussi pour décrire le savoir-faire et la profonde connaissance de ces marieurs de plantes, les gestes délicats et habiles des vendangeurs qui cueillent les raisins à la main, les tonneliers qui savent choisir le meilleur bois pour construire les douves sacrées (Chappaz 2009 : 16).

Comme l'explique Isabelle Rüf dans son introduction au "Chant des cépages romands", ce petit livre est avant tout un extraordinaire "hymne au goût" : le goût amer, le miel, l'astringence du gamay, le "bouquet de marguerites écrasées", la "verte sève veloutée de l'ermitage", le "long, long parfum de réséda du riesling". La lecture nous invite à savourer et à nous régaler de chacun de ces vins. Tous les éléments sont représentés : la vigne, le sol, les plantes, mais aussi le granit, les différents types de roches, le silex, les glaciers, là au sommet des montagnes alpines si près du ciel ; sans oublier le climat et la bonne orientation des vignes par rapport au soleil, et l'eau qui émane des riches sous-sols.

Toutes les vignes du pays romain sont présentes dans cet ouvrage : Amigne, Arvine, Humagne (blanche, rouge), Pinots (noir, gris, blanc), Muscat, Malvoisine, Païen. Le poète fait un grand voyage descriptif à travers les cantons de Vaud et de Neufchatel, mais surtout en s'arrêtant dans son Valais natal : “Alors dans un coin secret de ma province, je vous dirai la litanie des grappes. Vous prononcerez leurs premiers noms qui se brisent dans la gorge. Au commencement il y avait le gouais, le gwäss, la durize, la rèze. Et puis le Fendant est venu (Chappaz 2009 : 11). Ce grand voyage l'amène à nous expliquer dans ses premières pages comment s'élabore ce miracle connu sous le nom de "vin des glaciers". "Avec ça [le Fendant] on a fait ce miracle : le Glacier " (Chappaz 2009 : 11). Spécialité et tradition des bourgeoisies de la vallée des Anniviers, dont les origines remontent à la transhumance, c'est-à-dire à l'époque où les familles se déplaçaient plusieurs fois par an entre la maison de la vallée et celle de la montagne, accompagnant leurs troupeaux dans les hautes prairies, accomplissant ainsi les tâches de chaque saison. Son nom "Vin des Glaciers" est le résultat de son transport en altitude pour le faire vieillir et permettre une meilleure vinification à proximité du glacier. Sa production remonte aux XVI-XVIIe siècles, lorsque les vignes furent acquises par les bourgeoisies. Actuellement, on peut entendre deux versions de son nom : "Vin du Glacier" ou "Vin des Glaciers".

 Ce vin était autrefois élaboré à partir de Rèze, un cépage originaire du Valais. Aujourd'hui, il est assez rare et insuffisant pour continuer à produire ce vin, c'est pourquoi les bourgeoisies et les viticulteurs de la Vallée des Anniviers ont opté pour d'autres cépages tout aussi autochtones comme l'Hermitage, mais aussi l'Arvine et la Malvoisine. Outre son vieillissement particulier en fûts de mélèze (entre 10 et 15 ans selon le procédé Solera), l'élément le plus caractéristique de ce vin, comme l'explique Chappaz ci-dessous, est sa technique de remplissage particulière :   

Les tonneaux de la Bourgeoisie n’étaient jamais vides. Leurs sacrées douves effilochées ne tiennent ensemble que grâce à la pierre à vin intérieure qui granit tout l’ovale. Mais sain tout ça ! On ajoute la nouvelle récolte par-dessus l’ancienne. On rajeunit ainsi le vin vieux (Chappaz 2009: 16)

Cette procédure est appelée "transfert" et a lieu chaque année entre fin mai et début juin, lorsque le vin est déjà préparé à Sierre (où les cuves ont passé l'hiver) pour son ascension en chariots vers la cave naturelle géante du Val d'Anniviers, située à 3 kilomètres du glacier. Chappaz met un accent particulier sur le processus naturel de production du précieux liquide à l'aide de techniques ancestrales qui respectent les temps de récolte et de conditionnement. Et il en profite pour rappeler à ces marchands impatients que "le vin est un organisme vivant". 

Les vins vivent, les fortes Dôle, les Païens acides et nets plus de trente ans. Le début chez nous c’étaient ces vins jaunes de paysans et de curés, naturels, pas filtrés, pas viciés par le lin comme dit le très sage Horace. On savait attendre pour vendanger, on transvasait par grand froid, on asseyait les fûts sur la paille et on les menait doucement avec le cheval ou le mulet dans les municipalités de la montagne. Et là, dans les entrailles, dans ces cavernes de hameaux, par le noir, l’humidité juste et l’hygiène de l’altitude, leurs substances s’enrichissait, elle se dépouillait de sa bourbe, de la part perfide des lies, mais le vin s’engraissait, se sustentait de tout le bon qui est en suspension. Quelques gars marchands ont oublié que le vin est un organisme vivant (Chappaz 2009 : 15)

Glacier est un vin très particulier tant par sa consommation (20 litres par barrique et par an en moyenne) que par sa saveur : “Il acquiert une profonde saveur, un goût tanné et frais de mélèze et d’esparcette, il est franc, il est net et vous suggère le simple parfum, l’envoutante touche de pollen du vieux pays. Vous avez le Glacier » (Chappaz 2009: 16). La Bourgeoisie de Grimentz a l'honneur d'abriter le plus grand et le plus ancien fût de Vin des Glaciers, connu sous le nom de "Tonneau de l'Evêque".



3.     Vignes pour un miroir


Vignes pour un miroir (1985) est un livre original né de la rencontre entre deux regards, celui d'un écrivain et celui d'un artiste, peintre et graveur. Corinna Bille s'inspirera d'une série de gravures de Pierre Schopfer pour nous présenter, dans une édition posthume, une trentaine de poèmes inédits sur les belles terrasses des vignobles du Lavaux. Des poèmes à la fois féminins, violents et d'un certain érotisme, dont les vers reflètent une relation étroite entre les femmes et la vigne.

La beauté singulière de Lavaux a incité le peintre et graveur Pierre Schopfer à réaliser une série de gravures sur le thème de la vigne et de l'eau entre 1971 et 1973. L'une de ces estampes petit format sur Lavaux servira de base à un projet du peintre Albert Chavaz (1907-1990). Chavaz, un ami personnel de la famille de Corinna Bille, propose aux deux artistes la création d'un livre qui associerait les gravures de Pierre Schopfer aux poèmes de l'auteur. Enthousiasmée par l'idée et l'œuvre de Schopfer, Corinna Bille présente d'abord quelques textes déjà écrits. Déterminé à faire de son projet un succès, Chavaz l'emmène, en 1975, chez lui à Veyras, un portfolio de plus de cent gravures de l'artiste. L'écrivain, inspiré par les dessins, écrira une vingtaine de poèmes inédits. La lecture des textes entraînera à son tour de nouveaux changements dans les gravures. Les deux artistes enrichiront ainsi respectivement l'œuvre. En 1978, le choix des gravures et des poèmes est devenu définitif : sur près d'une soixantaine de poèmes écrits, une trentaine ont été choisis pour accompagner une trentaine de gravures. Le projet est sur le point d'être achevé quand, à l'automne 1979, il est interrompu par le décès inattendu de Corinna Bille. Il faudra attendre 1985 pour voir la première édition publiée par André et Pierre Gonin à Lausanne. L'édition que nous présentons est l'édition 1997 publiée par Editorial Empreintes. Il s'agit d'un petit livre composé par trente poèmes inédits qui accompagnaient les célèbres gravures de Schopfer.

Commençons donc à déguster, comme une douce goutte de liqueur, la lecture de ces "Vignes pour un Miroir". Livre d'annotations poétiques toutes liées au monde du vin et du vignoble de Lavaux.

Des poèmes pleins de fraîcheur dans lesquels les éléments de la nature sont toujours présents : les montagnes, les vignes, les grottes, les forêts, les lacs deviennent ainsi le cadre incomparable dans lequel se développent ses poèmes. Cependant, cette réalité est souvent troublante, elle semble se fissurer, permettant l'émergence d'un monde différent, à la limite du surnaturel. Corinna vit profondément la nature, de telle sorte que le rêve de ces éléments devient une expérience existentielle. Maryke de Courten révèle, dans L'imaginaire de l'œuvre de Corinna Bille, que les rêves de terre et de végétation dominent son œuvre. Ainsi la vigne grimpante prend une vie propre et, au milieu de la nuit, se présente à l'écrivain pour perturber son rêve. Ainsi se produit une communion intime avec la vigne, qui semble la réconforter. Son style frise parfois ce "panthéisme à la fois naïf, ardent et très profond" (Bille R.P., 1992 :103-104). D'autres fois, elle partage avec elle ses moments les plus intimes. La nature nous invite à l'abandon, à un sommeil heureux et calme. Le vignoble cache et protège le sommeil paisible des deux amoureux. Les deux semblent se confondre avec les vignes grimpantes qui les entourent.

Corinna se nourrit des contes et des comptines qu'elle a entendus dans son enfance, recréant un monde dans lequel des personnages fantastiques, héros légendaires et historiques s'expriment et interagissent. Ces histoires sont les souvenirs d'enfance de cette jeune fille riche et agitée, dotée d'une grande sensibilité et d'une grande imagination, qui deviendra au fil des ans une grande écrivaine. Ainsi, Lancelot du Lac, chevalier de la Table Ronde, rêve de porter un manteau en maille sans couture "faite de terre, de murailles de fer d'échalas" (11), conçu dans les vignobles de Lavaux ; une étrange créature géante et invisible monte et descend les terrasses de Lavaux comme de simples escaliers : "ces marches géantes entre lac et ciel" (22). "Le bon roi Dagobert[qui] a mis sa culotte à l'envers" (26), devient enfin vigne quand il se détache de tous ses vêtements : " Ses habits verts sont devenus jaunes d’abord puis rouges, Toutes ses feuilles sont tombées et le voici tout nu " (27).

Dans cet univers de rêve, tous les êtres animés ont leur propre voix : les oiseaux, les grillons, l'aigle. Tous les sens sont au service de la vigne. Selon Bachelard "tout ce qui brille voit" (1965 : 65). Dans ce poème, les milliers d'yeux qui brillent sont les raisins des grappes qui observent avec impatience ce qui se passe autour d'eux. D'autres fois, c'est l'odeur de ses fleurs qui est respirée. Des fleurs qui annoncent le printemps et avec lui la renaissance de la vie, mais qui paradoxalement deviennent le parfum le plus désiré pour la femme mourante d'un de ses poèmes, - peut-être la dernière tentative de s'accrocher à une vie qui s'échappe progressivement.

L'attachement ressenti par la protagoniste du poème pour cette terre et ces champs de vignes semble si immense que son corps résiste à l'abandonner. Ainsi, après le dernier souffle, une partie d'elle se réincarne dans une vigne, devenant partie du monde végétal. Ce sont ce que De Courten appelle des métamorphoses partielles (1989 : 115).

Ainsi, les poèmes qui retiennent le plus notre attention sont ceux où la vigne se métamorphose en femme. Des poèmes à la fois féminins, violents et même dotés d'un certain érotisme, qui reflètent dans leurs vers la relation étroite qui existe entre les deux.

Cette façon de représenter la vigne comme un être féminin n'est pas nouvelle dans l'œuvre de Corinna Bille. Dans les notes et les fragments recueillis dans ses œuvres inachevées, faisant référence à la relation établie entre les vignerons et leurs vignes, on peut lire : "Ils l'aiment comme leur femme, plus que leur femme. Ils pensent à elle, ils la visitent, ils la surveillent. Elle est leur mère, leur fille, leur sœur, leur épouse, leur amante" (Bille, 1996 : 317). Le vignoble, comme on le voit, représente chacune des figures féminines possibles. Elle est directement associée à la femme en raison de la similitude qu'elle entretient avec elle : sa fertilité. Et tout comme la vigne est dominée par l'homme qui fait la culture, dans un processus parallèle et équivalent, l'homme soumet aussi la femme : "Ces hommes viennent à elle comme ils vont à leurs femmes et comme ils vont à la guerre. Ils la fécondent et ils la battent " (Bille, 1996 : 317).

Dans ces sociétés agricoles et patriarcales, la femme présentée par Corinna Bille conserve encore les vertus inquiétantes qu'elle possédait dans les sociétés primitives en raison de son association avec la nature. L'écrivain sait comment transmettre ce souci à la perfection dans le poème suivant.

Devenue médiatrice entre la nature et l'homme, la femme est facilement associée à la magie, à l'irrationnel et à l'inconnu. Tout au long de l'histoire, les hommes ont projeté dans le féminin tout ce qu'ils désirent et craignent. Les vendangeurs ressentent donc le désir et la curiosité d'approcher la jeune femme, mais ils semblent avoir peur d'elle. Ils l'associent aussi à la présence d'un serpent comme animal de compagnie, un être mythologiquement tentant. Incapable de le définir, la jeune femme devient un être qui oscille entre séduction, fascination et peur qu'il produit. La vigne et la femme semblent se confondre dans la dernière partie du poème, lorsque cette dernière utilise une partie de la plante pour s'orner elle-même et obtenir ainsi la parfaite illusion : est-ce la femme qui est devenue vigne ou la vigne qui est devenue femme ?

L'importance de cette culture viticole dans le travail de ces trois écrivains a fait l'objet de cette communication. Nous avons donc prouvé que l’amour par ces paysages viticoles ont donné à ces trois écrivains le modèle d'une forme artistique sur laquelle ils ont fondé une partie de leur création. Ils sont donc devenus poètes du vin, ambassadeurs du vignoble romand.



 Communication présentée lors du FORUM APEF 2019-L’ALCHIMIE DU VIN-Universidade de Trás-os-Montes e Alto Douro – Vila Real (Portugal) 7, 8, 9 novembre 2019.



[1] C.-F. RAMUZ, "Fête des Vignerons", 1929 -- remaniement de son roman "Passage du Poète" (1923), ré-édité en 1984 aux Editions Séquences [REZE-LES-NANTES, Loire-Atlantique], chapitre VII, page 88].
[2] C'est le premier texte que Maurice Chappaz a écrit sur commande. L'édition originale de cet ouvrage paru en 1958 a été publiée dans un petit livre intitulé Éloge des vignes suisses, traité ampélographique d'Ernest Feisst, accompagné de 15 planches avec des dessins consacrés aux différentes souches. En 1992, la maison d'édition Empreintes à Lausanne réédite le poème en 28 pages. Depuis 2009, il est publié dans la collection Mini-Zoé à Genève - cet ouvrage comprend également de magnifiques illustrations de Palézieux.
[3] Marie-Thérèse Chappaz, sobrina de Maurice Chappaz, se ocupa en la actualidad de esta herencia vitícola. Consultar www.chappaz.ch.
[4]   L’Abeille : Hebdomadaire Illustré, Revue de famille. Editeurs C.J. Bucher S.A., Lucerne, Zurich, Genève.

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