jueves, 4 de mayo de 2023

Ecos literarios sobre la transformación urbanística de la ciudad de Lausana


Resumen


Ramuz sentía que Lausana se había irremediablemente “echado a perder”. Su pluma se sumergió en tinta ácida el día que evocó el Palacio de Rumine construido a unos metros de su casa natal a principios del siglo XX. El catastrófico desarrollo de la plaza de la Riponne traumatizó no solo a Ramuz, sino a todos sus habitantes, al igual que la transformación de la Place Saint-François. También se opuso a la construcción de la torre Bel-Air, el primer rascacielos de Suiza que se levantó en 1931. Ahora forma parte del paisaje de Lausana, pero todavía se recuerda el debate general que provocó en su momento. Y es que no es fácil ser un arquitecto pionero. Sobre todo en una ciudad traumatizada por las cicatrices urbanísticas, que a lo largo de su historia ha destruido barrios enteros y todas las murallas medievales para liberarse de su ingrata topografía y favorecer la movilidad de sus habitantes. En Une ville qui a mal tourné, Ramuz realiza un balance de lo que significó la llegada de la “modernidad” para esta ciudad. Quizás solo sean historias pasadas, pero siguen vigentes en la actualidad -no hay más que leer la prensa vaudoise- creando largos y dolorosos debates que aún hoy continúan. Lausana está creciendo mal y no sin dificultad. 

Palabras clave: Lausana, arquitectura, transformación urbanística, paisaje, naturaleza, C.F. Ramuz, literatura, ecocrítica.

Artículo publicado en Atlante, Revue d'études Romanes de la Universidad de Lille 

Socio-poétiques urbaines : construire le discours social de la ville dans la littérature

Se puede consultar en :  Ecos literarios sobre la transformación urbanística de la ciudad de Lausana (openedition.org)

viernes, 14 de abril de 2023

Mari, la gran madre Diosa de la Tierra, divinidad Superior de la Vasconia precristiana

 


“Mari es la diosa total (Pantea): en su figura convergen, como dice Barandiaran, funciones que en otras mitologías aparecen dispersas o repartidas en diferentes genios y númenes. Esta diosa es omniparente, en el doble sentido de que lo pare o engendra todo, y de que todo lo enlaza e implica. La Biblia vasca debería comenzar con este prólogo: En el principio era la Tierra y la Tierra era Mari y Mari era todas las cosas”. Andrés Ortiz-Osés, "La Diosa Madre” (Interpretación desde la mitología vasca, pp. 81-82)

 

En una de las muchas cuevas que existen entre las peñas más inaccesibles y también más visibles de Vasconia se dice que habitaba el personaje mitológico más popular y poderoso de todos. Se trata de Mari, la primera y única dama de la mitología vasca. Una mujer bellísima, de larga cabellera pelirroja y ataviada con lujosos vestidos. Su poder, su belleza y elegancia hacía que los vascos la trataran siempre con respeto y se dirigiesen a ella como “la Señora” o “la Dama”, aunque en ocasiones también se la conoció como “la bruja”.

Mari estaba dotada de poderes que la permitían crear y destruir, dominar las fuerzas de la Naturaleza y controlar a los animales a su antojo. En muchos montes de Euskadi se ha situado su morada. Viajaba de cueva en cueva atravesando los cielos en forma de bola de fuego o en un carro en llamas. Su hogar, el que mejor le ha caracterizado en la historia se encuentra en la imponente cara este del Monte Amboto, en Vizcaya. En los últimos años, algunos investigadores han propuesto que Mari pudo ser la gran madre Diosa de la Tierra, la divinidad Superior de la Vasconia precristiana. Pero ¿quién es Mari realmente?

Mari es la diosa de todos los agricultores. No es una singularidad de los vascos, no ha existido sólo en el País Vasco. Tampoco la inventaron ellos, sin embargo, son los que mejor la han conservado en el tiempo y con el sentimiento de que es algo muy suyo y querido. Este antiguo y misterioso ser ha permanecido vivo en la memoria colectiva del pueblo vasco hasta nuestros días. Gracias al material recopilado sobre la mitología vasca se sabe cuáles son las características principales de Mari. Mari está presente en todas las montañas del País Vasco, forma parte de todos los vientos, las nubes, es la soberana de todas las criaturas que habitan aquí, incluyendo a los débiles humanos. Entre sus competencias divinas entra el control de las lluvias y las tempestades, la creación de vientos y el envío de sequías, aunque también sabe ser generosa con aquellos que la traten con respeto. Si un agricultor desea tener buenas cosechas, basta con que le haga un regalo a Mari cada año, basta con un regalo, y la diosa se encargará de que las lluvias caigan en su justa medida y que todo se desarrolle según lo deseado.

Mari está presente en el País Vasco desde tiempos inmemoriales. Es el genio más importante de la mitología vasca, está por encima de todos los demás siendo la líder de los demás personajes mitológicos. Esta personificación femenina de la tierra, se asemeja a los mitos ectónicos (de la tierra) que adoraban los antiguos pueblos matriarcales, antes de llegar los dioses celestes. Es la reina de la Naturaleza y de todos sus componentes. Está claro que este personaje es anterior a la llegada del cristianismo, y que para los antiguos vascones debió tener el estatus de diosa. Observando las cualidades y características de Mari, se le puede encontrar cierta semejanza con algunas diosas de la antigua Europa.

A pesar de su remota antigüedad, puede tener la friolera de 30.000 años o incluso más, nos muestra una cosmovisión que está de moda en la actualidad: es un símbolo de una mujer libre y empoderada. Mari ha sobrevivido a grandes ataques, a las invasiones indoeuropeas, al cristianismo, a la revolución industrial y a la globalización. La Dama vasca por excelencia, personificación de la naturaleza, que tiene el poder sobre las tormentas y la meteorología continua así libre y soberana.

Fue el antropólogo, etnólogo y arqueólogo vasco José Miguel Barandiarán el primero que comparó a Mari con la madre tierra y el primero que habló del posible origen paleolítico de La dama de Amboto. Se la menciona de muy distintas maneras pero es Mari la que predomina, aunque muchas veces va junto al nombre del lugar donde aparece (Mari de Txindoki, de Amboto, de Muru ...). Según Barandiarán, su nombre no proviene de la abreviatura de Maria y sí se le puede relacionar con otros antiguos genios vascos como Mairi, Maide o Maindi. Otros estudiosos que han investigado su figura, entre los que se encuentra el antropólogo Jose Inazio Hartsuaga, cree que existen no una, sino tres Maris, desde el punto de vista de la función que desempeña:

Existe una Mari que vive con el sí y con el no; algo que se menciona frecuentemente. Esa Mari sería la más moderna y la más alejada de la original. Después está la que aparece en los mitos, una mujer elegante, distinguida, rica, ataviada con vestidos de hilo de oro. Y por último, la Mari más naturalista, la que va volando bajo la forma de una hoz de fuego de Txindoki a Muru, de una cima a otra, según el lugar de Euskal Herria. Así va provocando cambios meteorológicos con sus idas y venidas. Esa Mari es, sin lugar a duda, las más antigua y genuina.

En las últimas décadas, algunas teorías posteriores a las de Barandiarán están asociando el personaje de Mari con una gran diosa AMALUR, la madre Tierra, el símbolo del matriarcalismo vasco. Para ello, tenemos que mirar más allá de los Pirineos. En “El lenguaje de la diosa”, la arqueóloga lituana Marija Gimbutas señala las formas que adoptaron las diosas de la prehistoria, intuyendo su presencia hacia el 35.000 a.C. Muestra cómo se evoca a estas damas en todo el Paleolítico Superior, donde se las asocia con divinidades masculinas. Afirma que hubo una religión antigua cuyos valores se mezclaron después con los de una civilización guerrera, masculina, bigotuda y conquistadora, con formas de ser patriarcales y patrilineales. Fue este modo conquistador el que se extendió desde el centro de Europa, hacia el quinto milenio antes de Cristo y acompañó la formación de la Europa actual. Fecundas diosas, madres de grandes pechos, vientres y nalgas prominentes, estas damas estaban implicadas en mitos sobre la muerte, la regeneración y la época de los Ciclos. Gimbutas encuentra a la Dama en tradiciones en las que se la desfigura, se la arroja al reino de los miedos supersticiosos, a los mitos, se la convierte en bruja. Dice que es en el País Vasco donde sigue estando ahí y más viva. Ve a algunas de estas damas dedicadas a tejer, hilar, trenzar, tener atributos de serpientes, buitres... como en el País Vasco donde todo esto está ligado a Mari la subterránea. Esta última estaría detrás de algunas santas extrañas, ¡o incluso más!

Gimbutas subraya que es inmanente y no trascendente, por lo que se manifiesta físicamente. Esta diosa, dice, no está relacionada con el panteón indoeuropeo: "es la Señora de las montañas, las piedras, las aguas, los bosques y los animales, una encarnación de los misteriosos poderes de la naturaleza". Barandiarán (en 1928) subrayaba ya que Mari era el genio de las montañas.

Estas ideas se pusieron muy de moda entre los años 60 y 70 del siglo XX. Sus libros fueron muy polémicos porque defendían que en la antigua civilización de la antigua Europa, se rendía culto a esa diosa madre de la Tierra. Fue la artífice de esta gran teoría en la que sentó las bases sobre la interpretación de la cosmovisión y la espiritualidad de las culturas del neolítico preindoeuropeo, a través de la “decodificación” del complejo simbolismo que contiene su arte sagrado. Dicho arte fue definido por la arqueóloga como “El lenguaje de la Diosa”, título del libro a través del cual expuso al gran público las conclusiones de sus investigaciones.

La Diosa de la Fertilidad o Diosa Madre es una imagen mucho más compleja de lo que la gente piensa. No solo era la Diosa Madre que controlaba la fertilidad, o la Dama de las Bestias que gobierna la fecundidad de los animales y de toda la naturaleza salvaje, sino una imagen compuesta con rasgos acumulados de las eras pre-agrícola y agrícola. Durante esta última se convirtió esencialmente en la Diosa de la Regeneración, esto es, una Diosa Luna, producto de una comunidad sedentaria y matrilineal que abarcaba la unidad arquetípica y la multiplicidad de la naturaleza humana. Ella era la fuente de vida y de todo lo que producía fertilidad y, al mismo tiempo, era la poseedora de todos los poderes destructivos de la naturaleza. La naturaleza femenina, como la Luna, tiene su cara positiva y su cara negativa. Marija Gimbutas, “Diosas y dioses de la Vieja Europa.”

 

Sin embargo, sus propios colegas, expertos de la Universidad de Harvard criticaron duramente su obra. A pesar de ello, algunas de las últimas publicaciones divulgativas sobre mitología vasca siguen predicando las viejas teorías de Gimbutas. Josu Naberán defiende la hipótesis de la arqueóloga lituana, donde Mari es heredera directa del culto a la diosa que se realizaba en el paleolítico-neolítico y cuyo testimonio son las más de 30.000 venus paleolíticas y neolíticas que se han encontrado en la franja que va desde el Cantábrico hasta Siberia. ¿Es Mari entonces AMALUR, la auténtica diosa madre de los vascos? ¿Existió realmente su religión?

"Mari, ¿cuál es la realidad significada por tal nombre? La naturaleza como un Todo. Pues Mari o la Señora (Anderea) no se circunscribe en su actuar y en su estar sólo a la tierra, sino que abarca los tres reinos (mineral, vegetal y animal) y los cuatro elementos: tierra, aire, agua y fuego [...] es el origen tanto del bien como del mal, a semejanza de la divinidad preindoeuropea arcaica. Para empezar, como dueña absoluta de la vida, tanto puede dar la vida como quitarla. […] Puede hacer beneficios como provocar daños, proteger los rebaños como desatar la tormenta. […] En una palabra, es la Diosa o la madre asilvestrada, imagen de la naturaleza salvaje.” Josu Naberan, “La vuelta de Sugaar”

 

Mari como la Madre Tierra. En efecto, Mari integra en su personalidad mítica tanto el carácter elemental o corpuscular de la mater-materia (sus huellas son sagradas) como su carácter relacional u ondular (dinamismo energético). Esta integración implica, como hemos visto, los tres reinos de la naturaleza y los cuatro elementos fundamentales.

-Los tres reinos: Mari integra en su persona simbólica lo mineral (como estalagmita, piedra, hueco natural), lo vegetal (como hierba, árbol, flor), lo animal (como vaca, sierpe, macho cabrío, caballo, toro, buitre, y finalmente como hombre/hembra)

-Los cuatro elementos: Mari integra en sí la tierra (cohabita su interior y dirige sus fenómenos), el agua (sus cuevas son húmedas y manipula corrientes y lluvias), el aire (produce los vientos y vuela por la atmósfera) y el fuego (de su seno procede el sol y vuela como hoz ígnea).

Situada en medio de todo, Mari resulta la mediación de todo.

Otra hipótesis interesante que se ha abierto recientemente es la que relaciona los atributos y características de Mari con el culto de la diosa griega Cibeles, la diosa de largo cabello. Al igual que la Dama de Amboto, Cibeles era la diosa de las montañas y de las cuevas, de la tierra fértil y de los animales (especialmente leones y abejas). Los romanos la llamaban Magna Mater, Mater Dea o simplemente Mater.

A día de hoy tenemos la certeza de que esta Mater o Matris romana era una de las divinidades que se adoraba en Vasconia, precisamente en la comarca de Iruña (Álava). Hecho confirmado por el reciente hallazgo de un altar de hace 1800 años encontrado en la ciudad romana de Veleia, en Álava. En él podemos leer perfectamente una inscripción que se refiere a la Matri Deae (la de los buenos frutos), lo que según el equipo de expertos, podría suponer que se levantó en honor a la "madre tierra". Puede que algún recuerdo de este culto romano perviviera en la Edad Media Vasca, después de la cristianización. Si en lugares tan próximos se adoraban a dos diosas con unos nombres tan parecidos, es dificil creer, que solamente sea una coincidencia.

De cuanto llevamos dicho acerca de esta diosa se desprende que este numen constituye un núcleo temático o punto de convergencia de numerosos temas míticos de diversas procedencias: unos indoeuropeos, otros del fondo preindoeuropeo. Pero atendiendo a algunos de sus atributos (dominio de las fuerzas terrestres y de los genios subterráneos, su identificación con diversos fenómenos telúricos, etc.) nos sentimos inclinados a considerarlo como un símbolo, o quizás más bien una personificación, de la Tierra.

 

Bibliografía

De Barandiarán, J. Miguel. Mari, o el genio de las montañas. Un personaje de la mitología vasca. Separata del Homenaje a D. Carmelo de Echegaray. San Sebastián, 1928.

Duvert, Michel. La Mythologie Basque. Elkar découverte, 2019.

Gimbutas, Marija. El lenguaje de la diosa. Madrid: Ed. Gea, 1997.

Gimbutas, Marija. Diosas y dioses de la Vieja Europa. Siruela, 2022

Naberan, Josu. La vuelta de Sugaar. Basandere, 2001.

Ortiz-Osés, Andrés. La Diosa Madre. Ed. Trotta, 2013.

domingo, 12 de marzo de 2023

Mito, leyenda y realidad de las brujas en Pirineos: el caso de las brujas de Zugarramurdi

 

Resumen




La fascinación por las actividades de las brujas, mujeres con poderes obtenidos de diversas formas, está rodeada de mitos, leyendas y realidades. El caso de las brujas de Zugarramurdi es el más famoso de la historia de la brujería vasca y posiblemente de la brujería en España. En este Auto de Fe, que derivó en uno de los casos más sonados y tristes de asesinatos injustos en la historia española, la Santa Inquisición quemó a 11 personas, 6 vivas y 5 muertas que confesaron bajo tortura la práctica de la brujería. Cuatro siglos después, el lado histórico de este asunto se ha venido diluyendo y hemos preferido quedarnos con el aspecto más leyendario. Pero ¿qué hay de mito, de leyenda y de realidad en este proceso? Estas mujeres libres, poderosas y sin miedo a explorar y potenciar sus propios poderes y sus habilidades ¿existieron de verdad? ¿Siguen en la actualidad entre nosotros? Dar respuesta a estas preguntas será uno de los objetivos de esta comunicación.

Se intentará ofrecer una imagen lo más realista posible de este hecho para desmitificar quiénes eran las brujas. Como bien dice José Dueso, parece que el lado histórico de este asunto se ha venido diluyendo, cuatro siglos después, y hemos preferido quedarnos con su lado más leyendario. La bruja atemporal e idealizada atrae quizás más nuestras simpatías que la bruja más humana. ¿Son las brujas hoy un mito gracias al resurgimiento del feminismo? mujeres libres, poderosas y sin miedo a explorar y potenciar sus propios poderes y sus habilidades. Las brujas se convirtieron en el icono de las feministas, un símbolo de poder femenino, conocimiento, independencia y martirio. Y aunque sí que es cierto que la persecución que se emprendió en esta época se dirigió exclusivamente hacia las mujeres, también se quemaron 'brujos'.

 

 

La humanidad siempre ha tenido miedo

 de las mujeres que vuelan.

Ya sea por brujas o por libres

(Jakub Rozalsky)

 

 

Son miles las historias, cuentos y leyendas que pueblan las dos vertientes del Pirineo, tantas, que sería imposible mencionarlas todas en esta comunicación. Cada valle de Pirineos es un mundo en sí mismo, y aunque cada uno conserva su propia identidad, preservada y mágica, todo un territorio mitológico común une a estas montañas, desde el País Vasco hasta el Rosellón. Han sido muchos los escritores que, con gran paciencia, pasión y dedicación han publicado cientos de obras recopilando esta tradición oral a ambos lados de la frontera: vascos como José Dueso o Jean-François Cerquand, aragoneses como Juan Dominguez Lasierra, catalanes como Jacint Verdarguer, occitanos como Antonin Perbosc o Michel Cosem, gascones como Jean François Bladé, entre muchos otros. El objetivo de esta comunicación es centrarnos en uno de estos seres míticos y excepcionales de esta cordillera: las brujas, y en un caso en particular, el de las brujas de Zugarramurdi para intentar ofrecer una imagen lo más realista posible de este hecho y desmitificar a estos personajes.

Aquellas leyendas que nos hablan de los seres del inframundo, las brujas y los demonios son las que denominamos escatológicas y suelen ser las más habituales en esta cordillera. Tanto el Pirineo Francés como español está repleto de historias relacionadas con estas “malvadas” mujeres. El antropólogo español José Dueso ha realizado un trabajo de recopilación de relatos encomiable y obviamente también de escritura. En su obra Leyendas de brujas en el Pirineo fantástico ha sabido transmitir como nadie los ambientes, las atmósferas y el miedo a lo sobrenatural sin perder el punto esencial de la leyenda. Ninguno de sus relatos se repite y ha sabido darnos no solo un conjunto de leyendas orales sin igual, sino además un viaje maravilloso por ese lugar de magia que son los Pirineos.

Dicen que las brujas del Pirineo son las más grandes brujas de todos los tiempos, las verdaderas brujas, y que todas las demás son solo pobres imitaciones de ellas. Dicen, también, que las pirenaicas fueron las primeras brujas de Occidente, las que se entregaron al diablo en figura de macho cabrío cuando nadie todavía lo había hecho y las que inventaron el aquelarre, las que antes se convirtieron en gatos negros, las que descubrieron el vuelo en escobas y, por supuesto, las pioneras en dar con sus pobres huesos en las hogueras encendidas por las inquisiciones de turno. Además, dicen que del Pirineo se extendieron como una mancha de aceite por Europa, hacia el norte, y por la península ibérica, hacia el sur. Pero, sabido es, del mismo modo, que se dicen tantas y tantas cosas… (Leyendas de brujas en el Pirineo fantástico, José Dueso).

 

La prueba fehaciente de que estas creencias estaban bien arraigadas en esta zona es la cantidad de “espantabrujas” que se pueden ver todavía en las casas. Son unos elementos pétreos, a menudo figurados, a los que tradicionalmente se han atribuido funciones protectoras. Estos elementos se colocaban sobre las chimeneas para impedir que las brujas que sobrevolaban los tejados de las casas pudieran acceder al interior de las mismas a través del único espacio que los habitantes del Pirineo no podían cerrar.

Y para proteger las puertas, y evitar la entrada de las brujas a las casas, la gente colocaba una flor de cardo muy común en el Pirineo: el cardo solar o carlina. Por su esplendor, muy similar al del sol, cegaba a estos seres, y además, al tener cientos de pinchitos, impedía que las brujas se atreviesen si quiera a pasar a su lado, ya que si lo hacían, se quedaban enganchadas, teniendo que quitar estos pinchitos de su ropa hasta que les sorprendía el sol. Entonces, debían salir corriendo, huyendo a su guarida ya que su poder mermaba.

Las brujas (o brujos) eran personas a las que se les atribuía la capacidad de provocar maleficios a la comunidad, de utilizar su magia para crear dañinas tormentas, de raptar o matar a los niños y, por supuesto, de volar a lejanos lugares donde celebraban encuentros con el diablo. Se creía que las brujas podían transformarse en animales, causar la muerte de cabezas de ganado, impedir la consumación del matrimonio o causar infertilidad y, especialmente, dominaban el «mal de ojo», que causaba diversas desgracias en todo aquel que lo padecía.

Las brujas del Pirineo se reunían siempre en las cimas de las montañas en torno a enclaves cargados de connotaciones mágicas precristianas, posibles lugares de culto de origen pagano. Quedan muchos términos cuya etimología responde a la creencia en esas intervenciones: El pico Turbón, donde se decía que las brujas ponían a secar sus sábanas al sol, el Cotiella, en el valle de Chistau, o la Peña de San Juan y San Pablo, en Tella, conocida como «el Puntón de las Brujas», son algunos de los principales enclaves vinculados a brujas o brujos en la zona aragonesa. Sin embargo, a pesar de que la tradición consideraba estos lugares como puntos de reunión de brujas, lo cierto es que desde las primeras actas conservadas en el siglo XV, los parajes que se citan con mayor frecuencia como santuarios de la brujería se sitúan al otro lado de los Pirineos: las eras de Tolosa, cercanas a la ciudad de Toulouse, el Bouc de Biterna, en las inmediaciones de Lannemezan y las Landes du Bouc; posiblemente, todos ellos eran santuarios de gran prestigio para las tradiciones religiosas de origen animista, muy anteriores al cristianismo, y que servían de poderoso imán para las prácticas mágicas al otro lado de la cordillera.

En la zona del Pirineo más occidental nos encontramos con lo que Julio Caro Baroja denominó la “brujería vasca”[1], cuyo caso más famoso fue el de las brujas de Zugarramurdi de principios del siglo XVII (en 1610 exactamente). Zugarramurdi y Urdax son dos municipios de la Comunidad  Foral de Navarra que distan entre sí unos tres kilómetros. Ambos pertenecen a la comarca del Baztan. Seis personas fueron quemadas en Logroño porque negaron ser brujas. Cinco eran de Zugarramurdi y una de Urdax. Más de cuatrocientos años después, sabemos que, efectivamente, no eran brujas. Como tampoco lo eran las otras cinco personas fallecidas en prisión, pero igualmente condenadas a la hoguera. Lo más triste de toda esta historia como nos lo recuerda José Dueso es que el tribunal que condenó a estas personas también sabía que eran inocentes. ¿Quiénes fueron realmente estos seres supuestamente “tan maléficos”? Solo mujeres que no contaban con mucha influencia social, siendo personas de clase baja sin mucha formación.

María de Ximildegui fue la persona que desencadenó toda la locura brujeril en Zugarramurdi. Nacida en 1588, hija de padres franceses, se crio en esta localidad. En el año 1604, con dieciséis años, se fue con su padre a Ciboure en Francia. Allí, trabajó de criada o sirvienta y declaró a sus vecinos que había sido bruja, aunque ya se había arrepentido y había vuelto a la fe cristiana. Ximildegui aseguró haber acudido a los encuentros de brujería que se celebraban en las cuevas navarras y denunció a otros brujos al Abad de Urdax. De las personas que Ximildegui acusó de brujería, se encuentran María de Yurreteguia,​ y su marido Esteve de Navarcorena, así como otras diez otras personas, en total, cuatro mujeres, seis hombres y dos niños que también hicieron pública confesión en la iglesia y se reconocieron como brujas y brujos: Miguel de Goyburu, “rey de los brujos”, su esposa Graciana de Barrenechea, “bruja y reina del aquelarre” y sus hijas, Martín Vizcar, Juan de Echalar, brujo y ejecutor de las penas impuestas por el demonio, María de Echaleco, bruja, María Chipia, vieja tullida y maestra de novicios y de María Zozoya, que morirá en la hoguera.

Se decía que encendían hogueras y realizaban akelarres para venerar al diablo, que tomaba forma de macho cabrío. La palabra akelarre, que es de origen vasco, vendría a equivaler a “prado del cabrón” o “prado del macho cabrío”, sustentándose en la creencia general de que tales reuniones estaban presididas por el diablo en forma de ese animal. Aunque existe también otra versión, la de que fuese una invención de la propia inquisición para adaptar una etimología diferente (la de alkelarre: prado donde crece una hierba silvestre llamada alka) a sus intereses que no eran otros que los de inculcar la idea de una existencia de Sabbat presidido por el demonio en forma de cabrón, como bien nos explica Dueso.

Al akelarre las brujas y brujos solían asistir a pie, a través de los senderos o campos, pero también podían en ocasiones hacerlo por los aires por encima de los pueblos y las montañas. Algunos a lomos de animales, otras se convertían ellas mismas en animales gracias a un poderoso ungüento. Dicho ungüento, que la Inquisición nunca llegó a encontrar, estaba supuestamente confeccionado a base de sustancias extraídas de sapos, hongos y setas altamente venenosas y alucinógenas. Tampoco se mencionan en las declaraciones conservadas del proceso que las brujas de Zugarramurdi volasen en escobas, pese a ello, se las sigue imaginando subidas en este sorprendente objeto volador.

El akelarre era una escenografía perfectamente orquestada que venía a representar en esencia la antítesis de la liturgia cristiana. En ella se presentaban a los neófitos, se hacían confesiones públicas para pasar seguidamente al plato fuerte que eran las orgías amenizadas con bailes, alcohol y alucinógenos distorsionadores del comportamiento humano, además de las pócimas y brebajes aderezados con todo tipo de inmundicias. El akelarre concluía con el canto del gallo y las brujas y brujos regresaban a sus casas utilizando los mismos medios por los que habían venido.

Tras el akelarre las brujas regresaban a los pueblos para hacer todo tipo de maldades.

Por el tubo de la chimenea bajamos nosotras, cuando por las noches todos duermen en las casas; nos acercamos a la cama de la virgen y entibiamos sus sueños con imágenes obscenas que la angustian, engañamos al marido con los celos, después de tentar a la esposa con el adulterio, y antes de marcharnos matamos a los animales en los establos (Dueso, 2015: 145)

 

Pero ¿hubo realmente brujas en Zugarramurdi?

Mucho se ha estudiado sobre el tema de las brujas y de los aquelarres durante todo este tiempo, con mejor o peor suerte. Pero no nos engañemos, las brujas nacen en la mentalidad popular exactamente en el mismo momento en el que se empieza a hablar de ellas. No han existido las brujas, ni ha habido cópulas demoniacas, ni ninguna parturienta ha dado a luz un sapo después de haber quedado preñada por un macho cabrío, ni nadie ha volado sobre una escoba, como tampoco nadie ha tenido poderes para provocar tormentas, ni desgracias, ni ningún otro maleficio sobre personas, casas o cosechas. Sí que ha habido mujeres -y también hombres- que han creído ser brujas, sí que ha habido personas que han creído tener poderes sobrenaturales, y sí que ha habido personas que han creído que otras personas de su entorno eran brujas, que han creído que se transformaban en sapos, que han creído que sus reuniones las presidía el demonio con forma de macho cabrío. Pero, tal y como ya han afirmado muchos estudiosos contemporáneos, seguramente no hubo en todo el País Vasco ni un solo akelarre. Tales reuniones solo fueron fantasías de inquisidores y jueces que hicieron declarar a sus víctimas, bajo la tortura y la represión, lo que quisieron. Lo que probablemente sí existiera en aquella época eran cultos y ritos precristianos, todavía muy arraigados en la cultura rural vasca que podrían haber llevado a confusión a estas mentes desquiciadas, malévolas y represoras -o reprimidas. Los juicios por brujerías serían así una manera expeditiva y aleccionadora de imponer el catolicismo, y de paso, de dar un escarmiento ejemplarizante. No hay que olvidar además, que la sociedad vasca del siglo XVII era todavía en esos tiempos muy matriarcal, la mujer ocupaba un lugar importantísimo a nivel social y religioso. Por lo que estos juicios contra las mujeres sirvieron también para afianzar el patriarcado dominante.

Sí que hubo mujeres herbolarias, magas y sabias. Mujeres que se dedicaban a la recolección de hierbas y frutos silvestres, conocedoras de la botánica del lugar que, aprovechando la sabiduría popular transmitida a través de generaciones, se dedicaron a recorrer a pie los pueblos del Pirineo vendiendo plantas medicinales, trementina, setas secas, aceites elaborados a partir de plantas y otros productos naturales con propiedades curativas que elaboraban a partir de lo que les ofrecía su entorno natural. El caso de las trementinaires, en Pirineos, es uno de los más conocidos y estudiados. Su conocimiento especializado incluía la identificación de multitud de especies, dónde encontrarlas, cómo conservarlas, cuando recolectarlas y cómo aplicarlas. Con la llegada del cristianismo la figura de estas herbolarias quedó tan desvirtualizada que fueron rechazadas socialmente y acusadas incluso de brujería. La primera acción legal emprendida contra una supuesta bruja en Navarra acaeció en Tudela en 1279. Se le acusó de “dar yerbas” y fue condenada a pagar una fuerte multa. Estas mujeres no solo eran muy capaces de curar, sino que también sabían, por el contrario, provocar ciertas enfermedades e incluso, a través de ellas, la muerte. Esto, para una población rural, inculta y encerrada en su mundo de tradiciones sería motivo para señalar y mirar a la herbolaria como a una persona cargada de poderes ocultos, admirada pero también temida. Su sabiduría acerca de su entorno natural no solo era una cuestión de conocimiento, sino una forma de supervivencia; unos conocimientos que resultan de tremenda actualidad, dada la situación medioambiental que hemos provocado, en parte, por la separación progresiva entre el ser humano y la naturaleza. La mentalidad católica veía en aquellas mujeres a unas peligrosas paganas capaces de influir en la comunidad, por lo que las persiguió, las proscribió y las eliminó. Podemos afirmar que hubo mucho de persecución de género en el entramado de ese genocidio.

Aunque la brujería se consideraba una obra del demonio, la Inquisición española desconfió de estas acusaciones y emitió pocas condenas a muerte contra supuestos seguidores del diablo. Muchos conoceréis esta historia gracias a películas como la Álex de la Iglesia Las brujas de Zugarramurdi (2013) o la de Pablo Agüero Akelarre (2020), pero sin lugar a duda la realidad va mucho más allá de esas atractivas imágenes del celuloide. Lo ocurrido en Zugarramurdi es parte indispensable de la historia de España, de ese baúl oscuro donde se esconden las negras historias de un país y que, seguramente, aún podemos recordar gracias a Goya y su estremecedor cuadro de El aquelarre (1797-1798), a través del cual se realiza una crítica tanto a la Iglesia como a la ignorancia y la superstición. Lo que la inquisición consiguió que confesaran esos hombres y mujeres, a base de miedo y torturas, fue terrible: «y a los niños que son pequeños los chupan por el sieso y por su natura; apretando recio con las manos, y chupando fuertemente les sacan y chupan la sangre» (Mongastón 1610). Goya lo supo plasmar con total maestría en su pintura que consigue provocar en el espectador un desasosiego cercano a la pesadilla.

 Tan bestial fue lo sucedido, que la misma Inquisición, consagrada en las barbaries más atroces, decidió retroceder y tratar de lanzar un velo negro sobre una de las últimas y peores persecuciones de personas en España, bajo el argumento de la brujería.  

 

Conclusión

Como bien explica José Dueso al final de su obra “Leyenda de las Brujas de Zugarramurdi” la existencia de las brujas nunca se ha probado. Lo que sí ha existido era lo que un vecino le comentó en los años 1980 en una de sus visitas: “Aquí nunca ha habido ninguna bruja, pero sí mucha envidia y, sobre todo, mucha imaginación y muy mala leche”. Aquí parece estar buena parte de la historia de la caza de brujas de este lugar: “en los rencores vecinales frutos de la envidia, y en la imaginación exaltada y calenturienta de unos pocos religiosos integristas al servicio del poder de turno” (Dueso, 2019:180). Y es que quienes ostentaban el poder en la antigüedad conseguían desviar la atención hacia un enemigo común e inventado y lo personificaban en el eslabón más indefenso de su sociedad: las mujeres. Sin apenas derechos, especialmente las niñas y las ancianas eran las víctimas perfectas para ser acusadas de las más perturbadoras acciones: lo que pudieran decir en su defensa no tenía valor.

Uno de los tres inquisidores participantes en el juicio, Alonso de Salazar y Frías, escribió un informe declarando que «ni creía en cuanto habían declarado los acusados, ni le parecía que la línea de investigación seguida durante el proceso fuese la adecuada, ni daba valor alguno a unas pruebas que consideraba inconsistentes» (p. 105). En la discusión de la sentencia y sobre todo en la posterior revisión del caso ordenada por el Consejo de la Suprema Inquisición destacó por su oposición a dar credibilidad a las teorías sobre brujería. Su exhaustivo memorial enviado a la Suprema constituyó la base para que la jurisprudencia inquisitorial española fuera escéptica sobre la realidad de la brujería y que fuera muy reticente a aceptar las denuncias por ese tema.

Pero aunque cuatrocientos años después las brujas parezcan cosa del pasado, o un motivo folclórico, ornamental, festivo, turístico, como hemos visto, y lúdico, no estaría demás que reflexionásemos un simple instante para no olvidarnos de que ahora mismo, como hace cuatrocientos años, las mujeres seguimos expuestas TODOS LOS DÍAS a inquisiciones variopintas y acechantes, con hogueras cuyo humo puede ensombrecer nuestro firmamento. Las brujas de hoy son mujeres independientes, porque no están dispuestas a supeditarse al patriarcado, porque con su actitud y su forma de ver el mundo desestabilizan las estructuras hegemónicas, porque asumen y promueven el derecho de elegir sobre sexualidad y su cuerpo, porque se interpretan y se definen a sí mismas. Este tipo de brujas ya se ha resignificado y se transfigura y autodefine cada día. Y esta bruja busca generar un cambio en la concepción del mundo. Por eso os invito a sumaros y sentiros cada día,  muy, pero que muy brujas.

 

 

Obras citadas

 

Dueso, José. (2010). Historia y leyenda de las brujas de Zugarramurdi. 4ª edición. Nostia: Txertoa. 2010.

Garrido Moreno, E. (2022). “Trementinaires: Gender, Collecting, and Subsistence in the Pyrenees. Journal for the History of Knowledge.

Caro Baroja, Julio (2003). Las brujas y su mundo. Madrid: Alianza Editorial.

Henningsen, G. (2010). El abogado de las brujas. Brujería vasca e Inquisición española. Madrid: Alianza Editorial.

Mongascón, Juan. “Auto de fe celebrado en la ciudad de Logroño en los días 6 y 7 de noviembre de l6l0” Biblioteca Gonzalo de Berceo.


[1] Caro Baroja, Julio (1985). Brujería vasca (4ª edición). San Sebastián: Txertoa.

Comunicación presentada en la Jornada de Estudio sobre "Los Mitos y Leyendas de las brujas: el poder inconquistable de las mujeres". Universidad de Alcalá. 10 de marzo de 2023.

sábado, 12 de noviembre de 2022

El Mediterráneo: ese paraíso perdido que, un día, decidimos perder. Lectura ecocrítica de ‘La Regata’ de Manuel Vicent

 Resumen


 La regata, novela de Manuel Vicent (Castellón, 1936) que tiene como trasfondo el Mediterráneo, es una reflexión novelada sobre el deterioro y la explotación del mar y sus costas. Mar siempre querido y añorado por el escritor que ha sido también telón de fondo de otras de sus más importantes novelas como Tranvía a la Malvarrosa (1994), Son de Mar (Premio Alfaguara 1999) y León de ojos verdes (2008).

 

La regata es una reflexión sobre el deterioro de la Naturaleza, en este caso la costa mediterránea. A través de la ecocrítica como herramienta teórica, se analizarán los espacios narrativos de esta novela y la manera en que el escritor Manuel Vicent propone su singular crítica de la costa mediterránea, con el objetivo de reflexionar sobre el modo en que estamos destruyendo ese espacio tan privilegiado que poseemos. Turbios intereses, dinero fácil, corrupción, la importancia de las apariencias, los negocios conseguidos con malas artes, las relaciones superficiales y los intereses espurios: Manuel Vicent consigue retratar a una sociedad que pulula en las costas mediterráneas en busca de placer, vida fácil, sol y mar, sin darse cuenta de que éste siempre pasa factura al loco quehacer de los hombres, movidos por la ambición desmedida, la falta de escrúpulos y la ceguera que los lleva a destruir una Naturaleza de la que todos formamos parte. Un mar al que parece que desean apagar su fulgor, sin ningún tipo de reparo, aquellos que lo explotan.  


Tendido y mudo, en honor tuyo, está el mar”

Virgilio


En esta comunicación se analizará desde un punto de vista ecocrítico los espacios narrativos de la novela La Regata (2017), de Manuel Vicent, y la manera en que el escritor propone su singular crítica de la costa mediterránea, con el objetivo de reflexionar sobre el modo en que se está destruyendo ese espacio tan privilegiado que poseemos. La ecocrítica forma parte de las Humanidades Ambientales, un campo de estudio con una larga trayectoria en el análisis de la relación del hombre con la naturaleza. [...]

Ponencia presentada en las Jornadas Idilios frágiles: Por una ecoestética del Mediterráneo en la Universidad de Graz (Austria), 3-5 noviembre de 2022. Próxima publicación. 

miércoles, 6 de julio de 2022

RECEPTION DE L’ŒUVRE DE C.F. RAMUZ EN ESPAGNE

 

Cumbres de Espanto, 1930

Montserrat López Mújica

UAH-GIECO-Instituto Franklin

 

 

En 1926, C.F. Ramuz écrit l'un de ses romans les plus connus, "La Grande Peur dans la montagne". Ce n'est que quatre ans plus tard et sous le titre de "Cumbres de espanto" que la maison d'édition CENIT[1] publie sa traduction en Espagne. Il s'agit de la première œuvre de C.F. Ramuz traduite à l’espagnol. Plusieurs journaux de l'époque ont annoncé cet événement dans leurs pages. Ainsi, le 14 juin 1930, dans le journal La Libertad (Année XII nº 3195) est apparue sous le titre "Nouveaux livres étrangers" Cumbres de espanto de C.F. Ramuz ; le 26 octobre 1930 le journal El Sol de Madrid présente l'œuvre accompagnée d'une courte note sur l'auteur : « L'écrivain qui exerce actuellement la plus grande influence sur le mouvement intellectuel de la jeunesse du prolétariat français » ; le 29 octobre 1930 dans La Tierra : organe de l'Asociación de labradores y ganaderos del Alto Aragón (Année X nº 2881) le livre de Ramuz était annoncé dans la rubrique "Intéressantes nouveautés littéraires" où, avec le titre et le nom de l'auteur, apparaissait le prix de l'ouvrage : 5 pesetas ; et le 8 octobre 1930, dans une page spéciale intitulée "La Fiesta del libro" publiée dans le journal La Libertad, la maison d'édition CENIT elle-même annonçait son Catalogue des œuvres publiées : « Los libros de nuestra época », où l'on pouvait lire : Cumbres de espanto : de C.F. Ramuz, traduction directe du français par José María Quiroga[2], 252 pages, 5 pesetas. Pour en citer seulement quelques-uns.

Cependant, la partie la plus pertinente de cette publication est peut-être la présentation que l'éditeur lui-même fait de C.F. Ramuz dans l'introduction de l'ouvrage et dont nous reproduisons ici sa traduction pour le plaisir de nos lecteurs. Voici l'image que C.F. Ramuz avait dans l'Espagne des années 30 :

 

Peu d'écrivains de la scène romanesque européenne contemporaine sont aussi intéressants que le romancier suisse francophone C. F. Ramuz, qui a reçu il y a quelques mois le "Prix Romand" (400 000 francs), institué spécialement en hommage à l'œuvre abondante de l'écrivain par ses contemporains et admirateurs. Etudié et applaudi avec le même enthousiasme, en France, par des secteurs aussi opposés que l'avant-garde littéraire catholique et des revues d'extrême gauche comme Monde, éditée par Barbusse, la personnalité de Ramuz n'a cessé de franchir les frontières de sa patrie, gagnant la dévotion d'un - modeste - public d'écrivains prestigieux, d'une part, et, d'autre part, sans intermédiaire, d'un cercle toujours plus large de lecteurs appartenant au peuple. Son influence sur le mouvement intellectuel de la jeunesse du prolétariat français est aussi profonde que réfléchie. Les raisons de cette influence, ainsi que du caractère de son public, ne sont pas, comme on pourrait le penser, que son œuvre réponde à un certain credo politique ou religieux. Ramuz, qui ne veut rien savoir des "bourgeois de Paris" - dont il rejette même la langue - reste d'ailleurs aussi éloigné des communistes que des catholiques. Éloigné, non pas dans une tour d'ivoire, mais au cœur de son canton de Vaux, parmi les paysans vaudois. Il y écrit par nécessité, "non pas tant pour s'exprimer que pour s'adresser aux êtres, et, à travers les êtres, à l'être, simplement, à travers soi-même".

C'est là que réside - comme l'a souligné à juste titre H. Poulaille, le jeune écrivain prolétaire - la valeur sociale de son œuvre. Contrairement au romancier habituel, qui élabore dans son atelier, dans son laboratoire de livres, des histoires sans substance pour amuser les loisirs d'une classe irrémédiablement dépassée, Ramuz aspire à être, ni plus ni moins, "l'expression d'une nature", de "quelques hommes", la nature au milieu de laquelle il vit, les vignerons, les éleveurs, les villageois, dont il partage l'existence. La campagne et les hommes de la campagne ne sont pas pour lui, comme pour le romancier bourgeois, une scène, des figures pittoresques, mais la raison d'être de son art. Pour mieux exprimer cette nature, ces hommes, il tourne délibérément le dos à la rhétorique traditionnelle, consacrée par le bon goût, et cherche ses moyens d'expression dans la tradition orale de son peuple. Ainsi, il écrit, en fait, comme les gens qui l'entourent parlent. En ce sens, son art n'est pas de la littérature - du moins pas ce que les manuels littéraires conçoivent comme tel. Mais c'est, d'autre part, quelque chose de plus grand et de plus important : une parole vivante, un art vivant, dans lequel la correspondance fidèle entre la réalité et le langage qui exprime cette réalité est réalisée au prix de la littérature avant tout, de la correction même. L'auteur nous "raconte" le paysage dans lequel évoluent ses créatures, leur vie quotidienne. Et avec une telle authenticité, une telle simplicité, que toute apparence de fiction disparaît et que l'on se retrouve plongé dans la vie même du peuple, on redécouvre en soi l'homme essentiel, rendus à la solidarité humaine universelle. Le caractère de son œuvre, ainsi que ses indéniables talents de créateur et de narrateur, ont permis à Ramuz d'être considéré à juste titre comme l'un des plus grands romanciers actuels de la langue française. Ses valeurs humaines et esthétiques exceptionnelles justifient donc amplement notre choix, nous poussant à présenter au public espagnol, traduit pour la première fois dans notre langue, une œuvre d'une catégorie aussi exceptionnelle.

 

 

RAMUZ, Charles Ferdinand. Cumbres de espanto. Novela. Traducción de José María Quiroga Pla. Cubierta de Puyol. Cenit, Col. Prosistas Extranjeros Contemporáneos, 1930, Madrid. 20x13. 252 pp.









[1] La maison d’édition CENIT fut fondée par Rafael Giménez Siles, Graco Marsá y Juan Andrade Rodríguez, en 1929. Sa vie fut courte (de 1929 à juin 1936) mais très intense car ils ont publié à peu près 225 livres. Elle siégeait au 55 de la rue Lagasca à Madrid.

[2] Quiroga Pla, José María. Madrid, IV.1902 – Genève (Suisse), 28.III.1955. Écrivain, traducteur e essayiste.


miércoles, 27 de abril de 2022

La Fête des Vignerons: de J-J. Rousseau a Blaise Hoffman

 

Résumé


Désirée au fil du temps pour son authenticité, la Fête des Vignerons de Vevey en Suisse a lieu une fois par génération dans une ville située au cœur des vignobles de Lavaux : Vevey. Première tradition vivante de suisse à avoir été inscrite au patrimoine immatériel culturel de l’UNESCO, le 1er décembre 2016, une inscription montrant non seulement son importance, mais honorant également tous ceux qui y ont contribué et qui y contribuent. Mêlant narration et chants, la Fête des Vignerons « se veut chant d’amour et d’espoir universel, hymne à la terre, à la patrie, à l’Homme et à ses racines ». Se composant d’une vingtaine de tableaux ouvrant et se terminant par les vendanges, le spectacle de la Fête des Vignerons raconte la vie de la vigne. Il traite autant les travaux de la vigne, de moments plus sociaux comme la foire de la Saint-Martin que de thèmes plus généraux, les saisons, l’eau, le soleil, le cosmos, écrivent les organisateurs de la Fête des Vignerons. Des sujets traités par des auteurs comme J-J. Rousseau, C.F. Ramuz ou Blaise Hoffmann dans ses ouvrages, la vigne et le vin ce sont deux symboles importants de l’identité de la suisse francophone. Dans cet article, nous analyserons les écrivains et les œuvres littéraires qui ont contribué à faire connaître au fil du temps cette tradition si profondément ancrée dans la culture suisse.

 

Resumen

Deseada en el tiempo por su autenticidad, la Fête des Vignerons, en Suiza, se celebra una vez por generación en una ciudad situada en el corazón de los viñedos de Lavaux: Vevey. Fue la primera tradición viva de Suiza en ser inscrita en la lista del patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO el 1 de diciembre de 2016, una inscripción que no solo muestra su importancia, sino que también honra a todos los que han contribuido y contribuyen a ella. Combinando la narración y el canto, la Fête des Vignerons "pretende ser un canto universal de amor y esperanza, un himno a la tierra, a la patria, al hombre y a sus raíces". Compuesto por una veintena de escenas que se abren y terminan con la vendimia, el espectáculo Fête des Vignerons cuenta la historia del viñedo. Trata tanto del trabajo de la viña, de momentos más sociales como la feria de San Martín, como de temas más generales, las estaciones, el agua, el sol, el cosmos", escriben los organizadores. Temas que han sido recogidos en la literatura suiza por autores como J.J. Rousseau, C.F. Ramuz o Blaise Hoffmann, donde la vid y el vino son dos importantes símbolos de la identidad de la Suiza francófona. En esta comunicación analizaremos aquellos escritores y obras literarias que han contribuido a dar a conocer a través del tiempo esta tradición tan enraizada en la cultura suiza.

 

 

La vie est éphémère

et tu es éternelle.

Par-delà les frontières,

retour à l’essentiel :

 Je t’aime, la terre.

Poème de la Fête des Vignerons 2019.

 

1. Un espectáculo único en el mundo

Esta celebración, organizada por la Confrérie des Vignerons, tiene lugar una vez por generación en Vevey, ciudad situada en el corazón de los viñedos de Lavaux, en el cantón de Vaud (Suiza). Reconocida por la UNESCO desde diciembre de 2016 en la lista representativa del patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, la Fête des Vignerons es una tradición que se remonta hasta el siglo XVII. Lo que comenzó por entonces siendo una sencilla procesión de viticultores y curiosos por las calles de Vevey, acompañada de música, cantos y danzas, se fue enriqueciendo a lo largo de los siglos XVII y XVIII con un desfile en el que participaban músicos, se llevaban en procesión a pequeñas figuritas conocidas como "marmousets" y los jóvenes del lugar representaban a Baco, dios del vino, y Ceres, diosa del trigo y la cosecha:

Conseillers, confrères, vignerons et figurants défilaient ainsi selon un ordre clairement établi. Certains avaient l’honneur de porter le drapeau de la Confrérie ou des « marmousets », de petites figurines en plâtre ou en bois fixées sur une perche, montrant de façon caricaturale un vigneron, saint Urbain ou Bacchus. (Hofmann, 2019b :152)

Este desfile daba paso a la Asamblea general en la que se comentaba (y criticaba) el trabajo de los viticultores y precedía al tradicional banquete de la Sociedad.

Hacia 1770, la Confrérie des Vignerons de Vevey se fija como objetivo fomentar la mejora de la viticultura, reconociendo el buen trabajo encomendado a los viticultores-cultivadores, en lugar de hacer hincapié en las deficiencias del cultivo. Cuando las finanzas y las circunstancias económicas y políticas lo permitían, se recompensaba a los mejores trabajadores. Así en 1797, el Abad-presidente y el Consejo de la Confrérie des Vignerons decidieron premiar a los mejores viticultores en una ceremonia oficial y pública. Esta coronación a los mejores viticultores transformó el antiguo desfile en lo que hoy se conoce como la Fête des Vignerons. El evento tuvo lugar en la Place du Marché de Vevey dónde se levantó un primer escenario con 2.000 asientos para que los numerosos curiosos pudieran asistir. Es en este espacio majestuoso, la Place du Marché, donde se celebra la Fête des Vignerons desde su primera edición en 1797.

A pesar de sus sucesivas metamorfosis, la Confrérie des Vignerons ha conservado su organización tradicional y no ha perdido de vista su objetivo primordial, que es premiar a los mejores viticultores y rendir homenaje público a sus fecundas virtudes. Hoy en día, esta celebración se ha transformado en un espectáculo único en el mundo que ha celebrado su duodécima edición el pasado año 2019. Se ha convertido en toda una tradición que une a diferentes generaciones, reúne a la gente de los pueblos, del campo y de los viñedos, a los nativos y a los extranjeros, y permite a todos superarse y trascenderse participando de forma colectiva a un evento cultural de dimensiones colosales.

 

2. La celebración de la tierra

            La Fête des Vignerons rinde homenaje a las tradiciones vitícolas de los viñedos de Lavaux y Chablais vaudois a través de un espectáculo excepcional y la coronación de los viticultores-artesanos. Como bien se explica en la obra La Fête: “Une célébration de la terre, du cycle des saisons et du travail de la vigne. En aucun cas, un hommage du vin”. (Hofmann, 2019b: 19). Se trata pues de una reconstrucción teatral de una tradición agrícola y vitivinícola, un monumento a la cultura del vino que se celebra según un ritmo que parece impuesto por la duración de la vida de las vides y el baile de las generaciones humanas. La Fête des Vignerons honra, además del trabajo de los hombres y mujeres, el ciclo fecundo de la naturaleza, todo ello personificado con una gran riqueza de alegorías paganas, trajes y símbolos judeocristianos. Se encuentran representadas las cuatro estaciones -Baco en posición destacada para el otoño- y los oficios de la tierra, junto a otros personajes como faunos, bacantes y sumos sacerdotes y sacerdotisas. Las cuatro deidades griegas (Ceres, Pales, Baco y Sileno) no son lemánicas, como bien sabemos, pero recuerdan al ciudadano los beneficios de la tierra a través de quienes la fecundan.

La Fête de Vignerons representa una tradición, una historia, unos valores, una identidad y un país. Es un inmenso himno a la tierra, pero también al hombre y a sus raíces, ya que nos habla de la relación que existe entre el hombre y la naturaleza, su encuentro, su pasión, su dependencia. El viticultor necesita de la tierra, de la luna y de la naturaleza porque son espíritus fuertes que acompañan su trabajo cotidiano. Comprender esa tierra, esos ríos, ese lago, el río que conecta los glaciares con el mar, el aire limpio, la brisa, el viento, el sol, la luna, las estrellas, comprender esa tensión mágica de la naturaleza que indica el momento exacto del cambio en el viñedo, es el objetivo de esta fiesta. No se trata de pasar un mensaje, sino de transmitir emociones, y una forma de restaurar la imagen de los trabajadores viticultores.

La fiesta reproduce los trabajos de la viña representados por las cuatro estaciones. En cada estación, los expertos visitan las viñas y dan notas a los trabajos realizados por los viticultores. En invierno, cuando la viña duerme, se la talla para permitir a los brotes que se desarrollen y crezcan. En primavera, los brotes se abren y se deben vigilar. En verano, el viñedo florece y se debe proteger del mal tiempo, además de podar las hojas que impiden al sol llegar hasta los racimos. En otoño, re cosecha la uva, es el tiempo de la vendimia. Los viticultores son calificados y aquel que recibe las mejores notas es elegido Rey o Reina de los Viticultores.

 

3. Una fiesta realzada por la literatura

Vevey se présente, au passé, d’abord, comme un

rendez-vous de l’esprit, un haut lieu du roman, un

moment de l’histoire des littératures.

(Paul Morand, 1955)

 

            Desde su primera edición en el siglo XVIII, la Fête des Vignerons de Vevey ha atraído la atención de escritores locales e internacionales: ilustres autores le han dedicado apasionadas páginas. Todos ellos han sido fundamentales para el renombre y la influencia cultural del Festival. En la segunda mitad del siglo XVIII, Jean Jacques Rousseau y la escuela del retorno a la naturaleza influyeron fuertemente en los acontecimientos vitícolas de esta ciudad, atrayendo a numerosos extranjeros que comenzaron a interesarse por los acontecimientos que allí se desarrollaban. Rousseau en Les Confessions comenta sobre Vevey:  

[…] je pris pour cette ville un amour qui m’a suivi dans tous mes voyages et qui m’y a fait établir enfin les héros de mon roman. […] Allez à Vevey, visitez le pays, examinez les sites, promenez-vous sur le lac, et dites si la Nature n’a pas fait ce beau pays pour une Julie, pour une Claire et pour un Saint-Preux ; mais ne les y cherchez pas.

Iba a hacer de la región, y más concretamente de Clarens, el edén de todos los enamorados con su obra La Nouvelle Héloise (1761) a finales del siglo XVIII. El libro fue tan popular que rápidamente se convirtió en una peregrinación literaria. La gente acudía a las orillas del lago Lemán para encontrar los lugares descritos en la novela.

Depuis un mois, les chaleurs de l’automne apprêtoient d’heureuses vendanges ; les premières gelées en ont amené l’ouverture ; […] l’aimable et touchant tableau d’une allégresse générale qui semble en ce moment étendu sur la face de la terre ; enfin le voile de brouillard que le soleil élève au matin comme une toile de théâtre, pour découvrir à l’œil un si charmant spectacle.

Pero si Rousseau conmovió al público francófono, Lord Byron, gran admirador del escritor y filósofo ginebrino, dio a conocer al público anglosajón este alto lugar del romanticismo. Viajero impetuoso, Byron conoció al matrimonio Shelley en Ginebra en 1816. Para amenizar sus veladas, inventaban historias de fantasmas. Fue durante estas espantosas fiestas cuando Frankenstein nació de la imaginación de Mary Shelley. Byron y sus amigos recorrieron el lago Lemán siguiendo la ruta de Jean-Jacques Rousseau y visitaron el castillo de Chillon, que con su arquitectura románica, su castillo fortificado, su torre del homenaje de 25 metros de altura es más que un monumento, es una vuelta al pasado. La historia de un ginebrino, François Bonivard, que estuvo encadenado durante seis años en las cárceles del castillo le dio la idea a Byron de escribir “El prisionero de Chillón”. Este poema romántico, una especie de himno a la libertad, tuvo un éxito inmediato y Chillón se convirtió en un lugar de peregrinación para la alta sociedad europea.

“Clarens ! aimable Clarens, berceau de l’amour profond !

Ton air est le jeune soufflé d’une pensé ardente ;

Tes arbres prennent racine dans l’amour ; les neiges

Qui couronnent tes glaciers ont emprunté ses teintes,

Et le soleil couchant les voit peintes par les rayons

Qui tendrement s’y reposent, d’une couleur de rose :

Les rochers, les crêtes éternelles parlent ici de l’amour

Qui chercha parmi eux un refuge contre les chocs du monde,

Ceux qui agitent et blessent l’âme d’un espoir qui attire et rit ensuite.[1]

 

En el primer tercio del mismo siglo, James Fenimore Cooper (1789-1851) publicó Le bourreau de Berne ou L’abbaye des vignerons (The Headsman: The Abbaye des Vignerons). Es una novela de 1833 ambientada en Suiza que se inspiró en uno de los viajes de Cooper durante su periplo europeo en 1832. La novela es una de las tres novelas "europeas" de este autor, después de The Bravo y The Heidenmauer, todas las cuales utilizan el escenario europeo para tratar el contraste sociopolítico con las instituciones estadounidenses. En el decimotercer capítulo, el americano se detiene en la descripción de la ceremonia de 1833, la tercera Fête des vignerons que tuvo lugar del 8 al 9 de agosto[2]: “On suppose que les fêtes de Bacchus ont servi de modèle à ces réjouissances qui ont eu lieu depuis longtemps en Suisse, et qui sont connues dans le pays sous le nom de l’Abbaye des Vignerons” y se desliza por las gradas de la fiesta de Vevey describiendo al público presente:

Les gradins commencèrent à se remplir des privilégiés, parmi lesquels beaucoup appartenaient à la haute aristocratie du canton ; d’autres étaient des fonctionnaires trop élevés en dignité pour jouer d’autre rôle que celui de spectateurs complaisants. On y voyait des seigneurs de France et d’Italie, quelques voyageurs d’Angleterre (…), tous ceux des territoires voisins qui avaient du temps à perdre et de l’argent à dépenser, et qui par leur rang ou par leurs places avaient droit aux distinctions, ainsi que les femmes et les enfants des fonctionnaires de la ville qui étaient engagés comme acteurs dans la représentation (1839 : 411-414).

El escritor, poeta, novelista y académico suizo Juste Olivier (1807-1876) que dejó una importante huella en la vida de su país con su gran libro, Le Canton de Vaud. Sa vie et son histoire, reeditado en 1978 por los Cahiers de la Renaissance Vaudoise, nos desvela los orígenes de la Fête des Vignerons que remontan hasta la Edad Media[3]:

L’Abbaye des Vignerons est le résumé de tous ces divertissements rustiques, et notre grande fête nationale. Probablement plus ancienne que les moines de Haut-Crêt, dont elle porte encore la devise sur sa bannière (ORA ET LABORA), puis retravaillée par l’esprit moderne, son cachet principal est pourtant celui du moyen-âge. (Olivier, 1837 : 395-396).

E insiste en que la fiesta es la imagen del País de Vaud, la obra de sus hijos y su alegría: “S’il devait se trouver quelque part une véritable fête populaire de l’agriculture, c’était chez nous: aussi, n’en existe-t-il pas ailleurs qui ait ce caractère complet et patriotique» (Olivier, 1837: 397)

Una de sus composiciones más conocidas la Chanson de la Mi-été, 24 cuartetas para alabar las fiestas de verano en Taveyanne, siguen apareciendo en el programa de la Fête des Vignerons desde 1889: «En attendant le jour de nous mettre en ménage, dansons sur nos alpages et chantons tour à tour en attendant le jour. Notre salle de bal est la verte pelouse… ».

Siguiendo la cronología de las Fiestas, la pluma más eminente es, sin duda alguna, la de Théophile Gautier, que en 1865 trabajó como periodista en Vevey para el periódico "Moniteur universel". Este autor fue considerado el escritor más "fotográfico" del siglo XIX. Gautier escribe como un pintor o un fotógrafo. Captado por su ojo, un pueblo o un paisaje se transforman inmediatamente en una escena o un cuadro. Al igual que las escapadas que recomienda, su colorido lenguaje merece una visita... Así el 27 de julio, asiste a la quinta Fête des vignerons a la que había sido invitado a principios de mes y nos describe todo el espectáculo en un artículo titulado «La Fête des vignerons à Vevey»- que será recogido más tarde, en 1881, en Les Vacances du lundi- como un simple observador incorpóreo, sometido a un mundo que se despliega ante él como una película. En este artículo extrae un análisis tan preciso, vivo y sobre todo moderno que es digno de admiración: “c'est un spectacle bien rare dans les mœurs actuelles et qui donne l'idée de ce que pouvaient être les fêtes antiques, les thesmophories, les panathénées et autres cérémonies exécutées en plein air” (1888: 61). Gauthier se muestra maravillado por la ceremonia que se desarrolla en la gran place de Vevey y nos la describe con gran detalle: “La cérémonie devait avoir lieu sur la grande place, autour de laquelle on avait élevé trois gigantesques estrades solidement construites et pouvant contenir dix mille cinq cents spectateurs, sans compter ceux qui s'étaient juchés sur les toits des maisons, d'une hauteur à dominer la place” (1888: 63). Todo ello amenizado por la música que acompaña el desfile: «Les musiques commencèrent à jouer: la musique de Paies, costume blanc et bleu avec casque d’argent; la musique de Cérès, blanc et rouge; la musique de Bacchus revêtue de casaques vertes, coiffée de casques à ailerons d'or, chaussée de cothurnes à franges, en maillots figurant une peau basanée; et aussi la musique des Suisses anciens et modernes: tout cela troussé le plus galamment du monde» (1888: 67). Pero quizás lo que más le sorprenda son los figurantes, los protagonistas sin duda del propio festival, ya que no eran verdaderos profesionales sino: «des vignerons, des vigneronnes, des paysans, des ouvriers, des industriels, des gens de la campagne et de la ville, et l'on ne sait pas comment M. Archinard a pu obtenir un tel ensemble, une telle justesse, une telle verve d'exécution de gens qui ignoraient il y a six semaines les premiers éléments de la chorégraphie» (1888: 69). Y saludó a los lansquenets del festival no sin cierta ironía típicamente francesa: «Nous leur trouvions l’air admirablement suisse, et nous félicitions en nous-même ces braves figurants de leur exactitude en matière de couleur locale. Mais cette réflexion nous vient que cela tenait à ce qu’ils étaient effectivement des Suisses » (1888 : 66). Otro de los momentos más importantes del festival es celebrado con gran interés, la coronación de los viticultores: «Après le discours de M. Louis Bonjour, abbé de la confrérie, vêtu de violet et armé du bâton à crosse d'or, insigne de sa dignité, l'on a distribué les couronnes, distinctions et récompenses aux vignerons méritants» (1888: 70). Al que sigue la majestuosa bacanal : La grande bacchanale qui précède le défilé est un vrai chef-d'œuvre chorégraphique. Elle n'est composée que de faunes, de satyres et de bacchantes, vêtus de peaux de panthère, de pagnes, de feuillages et coiffés de pampres. Ils dansent et bondissent comme s'ils avaient sous les pieds la peau de bouc gonflée des anciennes fêtes de Bacchus” (1888 :72). Para acabar con una reflexión sobre el carácter pagano de la fiesta: «Si toutes ces allégories vous semblent un peu bien païennes pour un pays chrétien, n'oubliez pas que la devise de la confrérie porte ces graves paroles répétées dans des écussons parmi les pampres mythologiques: Ora et lavora” (1888: 73).

En 1865, Jean-Francois Vernes-Prescott (1804-1890), hombre de letras ginebrino, corresponsal y antagonista de Voltaire y Rousseau, publicó una importante monografía titulada L’Abbaye des Vignerons, son histoire et ses Fêtes, jusqu’à et y compris la Fête de 1865. En ella relata los itinerarios y paseos por Vevey de un testigo de las fiestas de 1819, 1833, 1851 y 1865. Se trata pues de una obra remarcable para comprender la evolución de la fiesta y de la ciudad de Vevey en pleno siglo XIX. Así, por ejemplo, observamos el desarrollo de un transporte que facilitará la afluencia cada vez mayor de visitantes a la fiesta[4]: del barco de vapor “[…] en 1833, n’ayant pu me rendre assez tôt à bord de l’un des vapeurs faisant le service de Genève à Vevey, je le trouvai déjà tellement chargé de passagers que je me rejetai sur la voiture publique appelé courrier de Berne. C’était un vrai progrès pour l’époque » (Vernes, 1865 : ), a la comodidad del tren : Vevey inaugurará su estación de tren en 1861. Lejos quedará el tiempo en que se iba a pie desde Lausana para asistir a la fiesta. La edición de 1865 será la de la llegada del ferrocarril, expulsando su vapor negro y vertiendo sobre el muelle una multitud colorida y elegantemente vestida.

Vevey comienza a industrializarse y a urbanizarse. Por ello, en la fiesta de 1889, se produce un guiño hacia el pasado. Esta fiesta debe recordar la época en que nació, finales del siglo XVIII, el siglo de la Ilustración. Encontramos de nuevo una reminiscencia de la obra de Rousseau. En el libreto se menciona a Julie y a su amante, Saint-Preux: «Vevey n’a d’yeux que pour Montreux; Montreux trouve Vevey jolie. Ainsi jadis rêva Saint-Preux ; ainsi jadis aima Julie ». Hay, sin duda alguna, similitudes entre el prerromanticismo de Rousseau y la tradición de la Fiesta: la misma búsqueda de la sencillez, armonía y retorno a la naturaleza. Exactamente lo que los turistas ingleses del siglo XIX buscaban en Montreux o Vevey cuando se lanzaban tras la pista de la novela de Rousseau.

La séptima Fête de Vignerons celebrada del 4 al 9 de agosto de 1905 es la del poeta René Morax (1873-1963) y el músico Gustave Doret. Ambos, por primera vez, realizan plenamente el ideal artístico de esta fiesta:

… [elle] fut véritablement la célébration de tout un peuple assemblé pour exalter non seulement le travail de la vigne, mais la grandeur de la beauté de sa terre. Le chemin entre les vignes est devenu cette voie royale où tout un peuple, comme dans les antiques triomphes, marche derrière les chars des dieux et le cortège des vignerons couronnés.[5]

Edouard Rod (1857-1910) escritor de Vaud muy conocido en su época como autor popular y prolífico, describe "Le chef-d’œuvre des Vaudois", expresión tomada de Juste Olivier, con una historia bien cincelada de la Confrérie des Vignerons. En la Revue des deux mondes, publica en 1905 un largo artículo titulado L'Histoire de la Fête des Vignerons que es conmovedoramente ilustrativa y conserva todavía una gran originalidad y frescura:

Une fois de plus, Vevey nous donnera le spectacle qu'on ne rencontre, à ma connaissance, nulle part ailleurs, d'une population qui trouve en elle-même la poésie nécessaire à représenter sa propre vie, et les moyens artistiques appropriés à l'exprimer, sans imitation des formes consacrées ni des autres spectacles.

Aunque ya en su novela Là-Haut (1897) encontramos retratada la vida colectiva y las tradiciones del cantón gracias a la descripción de esta fiesta cuyo “éclat rayonne sur la Suisse entière” (136).

C’est que l’Abbaye de la confrérie des Vignerons, dernière tradition d’un passé très ancien, est à la fois un spectacle très beau et une fête très joyeuse : la représentation que, quatre ou cinq fois dans un siècle, un peuple laborieux se donne à soi-même de sa vie et de son travail, idéalisés par la musique, par les danses, par la gaieté des costumes, par la grâce des vieux symboles. Elle déroule un drame éternel et simple, dont la banalité renferme pourtant la source de toute poésie : – la succession des saisons, – et n’en retient que les sourires (141).

El protagonista, Julien Sterny, recuerda que “son père voulut qu’il assistât à cette fête que chaque génération ne célèbre qu’une fois” (137). Y comparte con el lector las imágenes que comienzan a agolparse en su memoria:

il revoyait des rues étroites, enguirlandées et pavoisées des drapeaux des vingt-deux cantons ; des soldats, – les bons miliciens du vieux temps avec leurs hauts képis, leurs larges épaulettes ; – un tambour-major formidable, en bonnet à poil, qui lançait à la hauteur des toits sa canne à pommeau d’argent ; un cortège bigarré où défilaient des déesses couvertes de fleurs, un jeune dieu couronné de pampres, des moissonneuses, des vendangeuses, des bacchantes. (137)

Presenciamos y escuchamos, como si estuviésemos en primera fila, el discurso del Abbé de la Confrérie mientras se van coronando a los viticultores que han sido premiados:

« Vignerons, chers concitoyens ! Nous avons pour devise ces mots : Prie et travaille. Travaille, non comme le désespéré qui accomplit avec résignation une tâche ingrate, mais comme un homme libre qui, à l’abri des institutions que le peuple dont il fait partie s’est librement données, augmente son bien-être, élargit son horizon, améliore le sort de sa famille. Prie, c’est-à-dire relève vers le ciel ce front que ton œuvre journalière tient courbé sur la terre. Ouvre ton âme immortelle à tout ce qui est grand et beau. Aime ta patrie, ces lieux qui t’ont vu naître, ce sol qui t’a nourri, ces champs, ce lac, ces montagnes, et cette liberté, conquête de nos pères, que nous voulons léguer intacte à nos enfants ! » (148)

 

Pero ¿quién mejor que Charles Ferdinand Ramuz, el poeta de la vida campesina y vitivinícola, que se instaló en Lausanne en 1914 y está enterrado en Pully, para mostrar el alcance del ritual, del ceremonial con su evidente dimensión religiosa? “C’est le royaume de l’écrivain C.F. Ramuz – escribía Pierre Girard – qui l’a décrit une fois pour toutes” (1951 : 75).  Ramuz pudo formarse una opinión sobre esta fiesta en 1905 gracias a la obra anteriormente descrita de Edouard Rod, con quien había coincidido durante su estancia en París. Su obra es un extraordinario tesoro para los que desean hablar de la vid, del lago, de la montaña, para los que buscan un lenguaje capaz de transcribir ese "gran estilo campesino" del que hablaba, libre del lenguaje parisino, para los que buscan un mensaje más global, un homenaje a las fuerzas elementales, una evocación de la vida cotidiana así como de los mitos universales. Según Sabine Carruzzo, el escritor vaudois fue considerado durante un tiempo como el poeta de la octava edición del festival de 1927, pero la Confrerie no le encargó finalmente la redacción del libreto, sin que se conozcan los motivos, ya que el Manual guarda silencio al respecto (2019:167). Para el crítico Daniel Maggetti, el hecho de que le ofrecieran o no la creación de este libreto resulta irrelevante ya que “tal y como estaba concebida, la Fête des Vignerons era incompatible con sus puntos de vista estéticos y, por lo tanto, estaba descartado que [Ramuz] contribuyera” (2000: 79). En una entrevista titulada Que pensez-vous de la Fête des Vignerons? acordada a Paul Budry en 1926, el escritor deja constancia de su visión sobre esta fiesta, que es descrita por Ramuz como una “representación de ópera”.[6]

La cita fallida es la inspiración de esta sublime parábola, Passage du poète. De esta obra, relato publicado en 1923, Ramuz realizó una versión revisada en 1929 para las Editions Horizons de France, con un nuevo título: Fête de Vignerons[7]. En ella encontramos de nuevo a Besson, el cestero, figura emblemática del poeta que llega en primavera a un pueblo de Lavaux, entra en su comunidad basada en la “separación”, la vida individualista y la codicia; todo estaba triste y cerrado, pero de la noche a la mañana, consigue que todo el pueblo se transforme: los viticultores retoman el gusto por el trabajo, la vida y el amor, y dejan de avergonzarse por ser felices. Su paso por Lavaux devuelve el sentido del trabajo y de la fiesta. Besson se marcha al final del verano, tras la Fête des Vignerons, una vez finalizada su obra.

Vignerons, chers amis, vous savez bien : cette terre, il faut d’abord avoir sué contre, avoir fumé contre, avoir pleuré contre, avoir juré contre, avoir gémi contre, lui avoir dit : non, plusieurs fois, l’avoir renié comme il a fait Saint Pierre ; c’est qu’il y a certains jours où l’amour se retourne et où l’amour agit à rebours. L’amour parfois dit non, parce qu’il a dit oui. Puis, tout à coup, il dit oui à nouveau. Car l’amour est persévérance. Et alors, peu à peu, à travers la peine, par-dessous la peine… Rappelez-vous, pas au commencement, pas même au milieu, parce qu’on est parti et puis il faut aller, il faut aller encore. Dans le bout seulement, après qu’on a payé. Mais alors ça vous est rendu. Et l’amour est récompensé… (Ramuz, 1929 : 213)

Son muchos los escritores que dejarán constancia en sus obras de la importancia de esta fiesta en la cultura, no sólo de Vevey o del cantón, sino también para el propio país. Desde Pierre Girard, libretista de la Fête des Vignerons de 1927, que describe en su obra La Suisse Romande de 1951, el carácter mágico de la fiesta :

Vevey, me disait un jour une jeune romancière, est une ville féérique. […] Or, ma foi, je suis tenté de lui donner raison, car existe-t-il une autre ville pour faire surgir des déesses sur des chars triomphaux, peupler des rues de satyres et de ménades, d’armaillis, de vignerons, de faneuses, et de “vieux Suisses”, tels qu’ils étaient à Marignan ? (Girard, 1951 : 83)

A Michel Goeldlin, que nos descubre en su obra L’espace d’un homme (1989) la Fête des Vignerons de 1955 en familia. En este relato, especie de diario de un escritor cuya pasión por la escritura se alimenta esencialmente de la exploración del mundo y de los demás, Goeldlin participa en este acontecimiento como un ciudadano más de Vevey con sus dos hijos y su mujer:

Ariane s’est muée en épi de blé, Hubert en pissenlit et en flocon de neige. Yucki et moi sommes devenus bohémiens avec cape, oripeaux multicolores et boucle d’oreille, foulards et tambourins, membres d’une tribu fantasque, hétéroclite et joyeuse suivant un chariot traîné par une jument fatiguée. Dans notre vie antérieure nous aurions été notables ou amis de noce.

Hasta Blaise Hoffmann, uno de los últimos libretistas de la fiesta celebrada en 2019, que aceptó el cargo al comienzo muy a su pesar: “si on m’avait dit alors que je rédigerais un jour les paroles des chants de la Fête des Vignerons, ce grand rassemblement poussiéreux et passéiste, cette résurgence d’un passé nationaliste, phallocrate et réactionnaire, cette vaudoiserie, cette ivrognerie, j’aurais ri. (9)”, pero que quedará finalmente subyugado por el mensaje que este acontecimiento trasmite[8]. La lista de escritores es enorme, como podemos observar. Sin pretender ser excesivamente exhaustivos, hemos querido mostrar aquí un pequeño elenco de autores comprometidos. Todos han querido contribuir con sus escritos al ensalzamiento de un evento, como decíamos al comienzo, único en el mundo.

4. La Fête de Vignerons: una tradición muy viva

En el siglo XVIII, los viñedos cubrían el 59% del territorio de Vevey. En 1916, sólo el 30%. En 1955, la mitad de los habitantes de Vevey tenía un padre o un abuelo viticultor. En la actualidad, la pequeña ciudad industrial se ha desvinculado de sus orígenes rurales. Sin embargo, su entusiasmo por el festival sigue siendo grande. Calificar este milagro de "veveyano" es reductor, afirma François Margot. Es todo un país que vive en la memoria de los padres y abuelos que participaron en el evento. El cordón umbilical con la viña se cortó hace mucho tiempo, pero la fibra emocional sigue siendo muy fuerte.

La edición del 2019 se recomendó como uno de "los destinos más emocionantes del mundo" en la revista de National Geographic[9], uno de los "lugares para visitar en 2019" por el New York Times[10] y apareció en la lista de "Dónde ir en 2019" en The Guardian[11]. La próxima fiesta tendrá lugar dentro de veinte años si todo va bien y si la Confrérie des Vignerons así lo desea. La fiesta que viviremos ese año nos llevará a un mundo nuevo, hecho de sueños y emociones. Quizás ese niño - o niña- que ha observado perdido en mitad de la arena la fiesta de 2019, sea el adulto que imagine el próximo espectáculo, el de 2040. ¿Será más loca o grandiosa, o más sencilla? ¿con muchas más imágenes o más natural? Cada fiesta es diferente, cada fiesta es única. Porque siempre es otro director quien la imagina. Sin duda alguna será mágica, colorida, poética. Hará soñar a jóvenes y mayores. Será un abuelo el que contará a su nieta la historia de los viticultores y de la población local. Un espectáculo para niños, para sus padres y abuelos. La emoción traspasará como siempre a todas las generaciones.

 

Bibliografía

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Balade à travers les Fêtes des Vignerons du XVIIIe siècle à nos jours, Vevey, Confrérie des Vignerons, sd.

Bille, Corinna. Vignes pour un miroir (1985).

Budry, Paul. La Grande année vigneronne (1935).

Carruzzo-Frey, Sabine, Patricia. La fête des Vignerons de 1797 à 2019. PPUR Presses Polytechniques, 2019.

Carruzzo-Frey, Sabine et Ferrari-Dupont, Patricia. Du Labeur aux Honneurs. Edité par Vevey, Confrérie des vignerons, 1998.

Chappaz, Maurice. Chant des Cépages romands (1958)

Christen, Yves et Borel, Ninosca. Petite histoire de la Fête des Vignerons. Vevey : Ed. de l’Aire. 2019.

Cooper, James Fenimore. Le bourreau de Berne ou L’abbaye des vignerons. Furne, Gosselin, Paris, 1839.e-book.

Dénéréaz, David. La Louable Confrérie les fêtes de vignerons de Vevey. 1956.

Doret, Gustave et Dupérier Jean. La Fête des vignerons à Vevey (1932).

Duboux, Bertrand. Il faut sauver le vigneron de Lavaux

Getaz, Emile. La Confrérie des vignerons et La fête des vignerons. 1941

Girard Pierre. La Suisse Romande. Paris : Arthaud. 1951.

Gautier, Théophile. Les vacances du lundi. Paris : G. Charpentier et Cie Éditions, 1888.

Hofmann, B. Fêtes des Vignerons 2019. Les poèmes, co-editions Zoé-Campiche, poèmes, 2019a.

--, La fête. Genève : Edit. Zoé, 2019b.

Mellet, Eugène de. L’abbaye des vignerons, Vevey, 1881.

Mayor, Jean-Claude. Petite histoire d’une grande fête, 1955.

Mermod, Françoise. Vevey et ses environs, hôtes illustres, fête des vignerons, 1955.

Molliex, René. Chantevin (1972)

Niggeler, Christine. La musique dans les Fêtes des Vignerons (1984).

Olivier, Juste. Le Canton de Vaud : sa vie et son histoire, Lausanne, Ducloux, 1837 (volume 1).

Ramuz, C.F. Fête des Vignerons. Paris : Horizons de France (1929).

Rod, Eduard. « Histoire d’une fête populaire ». Revue des Deux Mondes, 5e période, tome 27, 1905 (p. 632-659).

Vernes-Prescott, L’Abbaye des Vignerons, son histoire et ses Fêtes, jusqu’à et y compris la Fête de 1865.



[1] Lord Byron, Le Pèlerinage de Childe Harold, chant troisième, Œuvres Complètes de Lord Byron, vol. 3, trad. Paulin Paris, adaptée par Patrick Vincent, Paris : Dondey-Duprey, 1831, p. 170-185.

[2] Las dos primeras fiestas tuvieron lugar el 9 de agosto de 1797 y 5 al 6 de agosto de 1819.

[3] La existencia de una pequeña copa, denominada "Copa de los Abades" -referencia demasiado vinculada al catolicismo- parece confirmar el hecho de que la Cofradía estaba activa antes de 1647 (fecha del primer documento escrito).  La hipótesis más formulada es que esta abadía ya funcionaba antes de 1536, fecha de la imposición de la religión protestante en el País de Vaud.

[4] Cuatro mil espectadores en 1833, ocho mil en 1951,

[5] René Morax in Ch. Apothéloz, Histoire et mythe de la Fête des vignerons, Le Cep et la rose, 1977.

[6] “C.F. Ramuz et la Fête des Vignerons”, entretien de Paul Badry et de l’écrivain paru dans L’Esprit romand en octobre 1926, repris dans le Bulletin de la Fondation Ramuz en 1977, p. 9-11.

[7] Sobre el significado del cambio del título de esta obra, léase el artículo “À la Fête des Vignerons” de Daniel Maggetti, Revue Europe nº 853, mayo 2000.

[8] Blaise Hoffmann ha escrito “La Fête” (Editions Zoé 2019) dónde nos hace partícipes de su experiencia personal como libretista de la última Fête des Vignerons.

[9]  "Dónde viajar en 2019". National Geographic. Consultado el 14 de febrero de 20220 : https://www.nationalgeographic.com/travel/graphics/best-trips-2019#hbd-section-image-vevey-switzerland

[10] "52 lugares para visitar en 2019". Los New York Times. 2019: https://www.nytimes.com/interactive/2019/travel/places-to-visit.html

[11] "Dónde ir de vacaciones en 2019: la lista caliente". The Guardian. 2018. https://www.theguardian.com/travel/ng-interactive/2019/jan/05/where-to-go-on-holiday-in-2019-the-hotlist

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