jueves, 15 de diciembre de 2011

El mundo natural de C.F. Ramuz : Influencias de la naturaleza en los personajes ramuzianos

Resumen

La Quille du Diable

La relación entre los hombres y la naturaleza a lo largo de la historia se inicia con el pensamiento mágico y las religiones. Su desconocimiento y temor a los procesos naturales hicieron que los asociaran a fuerzas y seres sobrenaturales responsables de los fenómenos meteorológicos y de las catástrofes. Por su particular concepción del mundo, aquellos hombres veían, en todo lo que les rodeaba, los efectos de las fuerzas mágicas o de los espíritus. En la obra de Ramuz hay varios ejemplos de este tipo, pero es sobre todo en novelas La Grande peur dans la montagne (1926), Derborence (1934) y Si le soleil ne revenait pas (1937) donde se observan con más claridad estos ejemplos. Los acontecimientos descritos en dichas novelas no son ni totalmente ficticios – los pastos de Derborence existen realmente en Suiza – ni totalmente anticuados si se tienen en cuenta las catástrofes que se producen todavía hoy en día en ciertas localidades de los Alpes – inundaciones, avalanchas, desprendimientos, etc. Ramuz no se limita a escribir relatos reales sobre las catástrofes sino que además presenta un estudio del comportamiento humano frente a esos acontecimientos. Se detiene particularmente en el análisis de la división existente entre los habitantes del lugar: por una parte, jóvenes audaces, valientes y temerarios, que ignoran las advertencias de los más veteranos y quieren desafiar el poder de la naturaleza. Por otro lado, los más viejos, cuya memoria se encuentra repleta de accidentes inexplicables; son partidarios de la tradición y de la moderación.

En La Grande peur dans la montagne, el tema de discordia gira en torno a un pasto considerado maldito. Los jóvenes quieren rentabilizar sus granjas y quieren explotarlo de nuevo, a pesar de las advertencias de los más ancianos del lugar, que cuentan que el pasto de Sasseneire lleva abandonado muchos años debido a la tragedia que acabó con los rebaños y los hombres que los guardaban. A pesar de ello, un grupo de campesinos decide romper con la maldición. Durante las primeras semanas todo transcurre sin ningún problema, hasta que la naturaleza y la montaña, agredidas por esta nueva colonización, responden del mismo modo que en tiempos atrás. Reencarnadas en un animal que merodea en la noche, propagan entre la comunidad del pasto una enfermedad que contamina progresivamente a todos los animales, obligándoles a ponerse en cuarentena. El pueblo se aísla de los pastores que se encuentran en la montaña. Mientras, la epidemia continúa su dispersión atacando a su vez a los hombres. De nada servirán las oraciones, ni los amuletos. Nada conseguirá apaciguar la ira de la montaña que acabará con la vida de los hombres y de los animales. En esta obra, los jóvenes del lugar desafían con su entusiasmo los límites impuestos por la naturaleza – depositados en la palabra de los más viejos. Finalmente, esta trasgresión es reprimida, dando así razón a estos últimos.

En Derborence, el estudio se centra en el período que sigue a la catástrofe. En esta obra, Ramuz invierte completamente la relación que los hombres mantienen con la naturaleza: les describe mansos y aceptando sin condición alguna su poderío. Es tal la sumisión que no dudan en excluir a uno de los suyos, ya que les resulta imposible creer que haya podido sobrevivir a la cólera de la montaña. Ramuz intensifica en esta obra los poderes de las creencias y las supersticiones: los desprendimientos de la montaña son causados por el propio diablo que vive en la cima del macizo de Diablerets. Así justifican los personajes el origen de este fenómeno natural; así garantizan también la estabilidad de la realidad existente y aceptan su destino en relación con sus preocupaciones existenciales sobre la vejez, las enfermedades, la muerte o, como aquí, las catástrofes.

Esta importancia considerable de la superstición en la vida de los campesinos será de nuevo desarrollada en la tercera obra, Si le soleil ne revenait pas. Relata la historia de un anciano, Anzévui. Los aldeanos le consideran ensalmador y adivino. El pueblo vive bajo un cielo lleno de bruma y de nubes. Debido a su situación geográfica –escondido en las profundidades de un valle–, los habitantes no han visto el sol desde hace meses. Anzévui predice entonces, con la ayuda de sus sabios cálculos, el fin del mundo para el 13 de abril, día en el que tradicionalmente el sol hace su aparición en primavera. Todos en el pueblo se sienten confusos por la noticia. Algunos se refugian en la religión; otros venden todo lo que poseen, incluso sus tierras, y gastan el dinero en bebida. Cuanto más se aproxima la fecha, más dudan del retorno del sol. Se organiza incluso una expedición para subir hasta lo alto de la montaña e intentar dispersar esa capa de nubes y bruma que impide la filtración de los rayos del sol. Finalmente, la mañana del 13 de abril, los rayos del sol atraviesan las nubes y el fin del mundo predicho por Anzevui se reduce a su propia muerte, acaecida durante el amanecer. Ramuz dedica en esta novela una gran parte de su estudio social a la influencia que ejercen las creencias dentro del cerrado medio rural. El poderío psicológico del adivino sobre el pueblo es tan grande que consigue trastocar las relaciones que mantienen todos sus habitantes. Resignándose ante el destino dictado por una fuerza superior, se someten a la predicción; sólo los más valientes intentan anularla con una expedición cuyo fin es la búsqueda del sol. Ramuz divide una vez más a la comunidad en dos grupos: los sometidos y los revolucionarios, que rechazan dejar el destino del mundo en manos de un adivino. Aunque sean esta vez los temerarios los que lleven razón, Ramuz insiste en el hecho de que el sol no ha regresado gracias a su combate, sino porque la naturaleza lo ha decido así.

Detrás de estos relatos, que parecen sencillos y regionales, se esconde un análisis y una interpretación moderna de la relación que el hombre mantiene, por un lado, con su pasado y, por otro lado, con la naturaleza ¿De qué forma debe el hombre manejar el avance, la búsqueda del progreso? ¿Hasta dónde está dispuesto a ir? ¿Hasta la muerte? ¿Qué crédito debe acordar a la experiencia de los más viejos que representan la sabiduría? ¿Qué lecciones tiene que sacar de estas experiencias? A lo largo de su existencia, el hombre primitivo, encarnado en el campesino, toma progresivamente conciencia de su poder limitado frente a la naturaleza. Este hombre, en un principio curioso y ávido por superarse, rechaza los consejos de los más viejos, provocándola. Tras una serie de trasgresiones castigadas violentamente, se somete irremediablemente y acepta su condición. Pasa a formar parte así del bando de los sabios o ancianos, y a su vez aconseja a los más jóvenes. En torno a este encadenamiento cíclico se asientan las vidas de los campesinos de la región del Valais, tan querida por el escritor. En estas tres novelas, Ramuz describe la montaña como una fuerza a la que no se debe desafiar: todo aquel que no se someta será castigado con la muerte. La idea de una naturaleza “todo poderosa” es un tema recurrente en la obra del autor. Frente a esta fuerza, el escritor analiza la respuesta humana a través de su carácter irresponsable, desmesurado y carente de límites.

Sus personajes forman parte de un grupo organizado que se rige por unas leyes biológicas (la mayor parte de ellas primitivas). Ese grupo está íntimamente integrado a un todo que lo engloba: el cielo, la tierra, el agua. Los elementos, los paisajes y, en ocasiones, las fuerzas invisibles que circulan en el interior de ese “Grand Tout” ¿Cómo se refleja en sus obras esta relación que mantienen los personajes con el mundo natural que les rodea? Ramuz escoge sus personajes entre las gentes del campo – pastores, campesinos, agricultores – ya que son ellos los que están más cerca de este medio natural. En Derboranza los aldeanos de los pueblos de Aïre y de Premier viven de la tierra y de los pastos que visitan con sus rebaños durante el verano en la alta montaña. Allí se establecen en sus chalets de piedra construídos para la ocasión : “La coutume des gens d’Aïre est de monter avec leurs bêtes vers le 15 juin, dans les pâturages d’en haut, dont fait partie celui de Derborence […]”. El espacio se convierte aquí en un elemento predominante, donde los personajes se ciñen como vasallos a los límites que la reina naturaleza impone, dominando a hombres y animales. La acción misma parece ser dictada por los designios misteriosos del glaciar, del río y de las montañas. La relación entre los elementos, el clima y el medioambiente en las montañas suizas con los hombres que habitan estas tierras es el tema dominante en las novelas de Ramuz.

Por razones prácticas, sólo he tenido en cuenta los pasajes en los cuales se ve una verdadera relación causa-efecto entre la naturaleza y la vida de los hombres. Esos pasajes se dividen en tres categorías: aquellos en que la influencia tiene un efecto en el físico de los hombres; los pasajes donde la influencia es psicológica; y aquellos en que la naturaleza ejerce influencia sobre los personajes en su actitud moral o ética. Para diferenciar la influencia psicológica de la influencia moral, he incluido en la categoría de influencia moral sólo los pasajes en que el autor-narrador expresa un juicio de valor sobre las cosas en que la naturaleza influye en los hombres.

La naturaleza en la obra de Ramuz condiciona el aspecto externo, el comportamiento actitudinal y el valor asignado a las acciones de sus personajes. A continuación veremos una serie de ejemplos:

Relación física

La toponimia de la montaña suiza es ya un muestrario de la fuerte influencia que tiene la naturaleza en los hombres: algunos de los nombres dados a estas regiones montañosas tienen ciertas connotaciones mágicas y a la vez poco tranquilizadoras: “No tienes más que recordar cómo se llama la montaña…Sí, la arista donde está el glaciar… Los Diablerets” (Derboranza, 19); “Es donde está el Bolo, ya sabes, precisamente el Bolo del Diablo” (Derboranza, 20). En otro ejemplo, Julian Revaz dice refiriéndose a las montañas: “Y levantaba la cabeza; y bien, ve usted, no había nada, ni Cuerno del Diablo, ni Dientes Rojos,…” (Si le soleil…, 35).

Los elementos de la naturaleza dominan a los personajes, incluso a aquellos con mayor capacidad para aprovecharse de ella (como son las gentes que viven en este medio). El hombre se siente físicamente empequeñecido y prisionero de esta montaña amenazante que les rodea. Joseph siente el poderío del glaciar “Joseph volvía a levantar la mirada, a bajarla: le parecía que con (sólo darle la espalda, el glaciar iba a ponerse caprichosamente en movimiento y a saltarle encima por detrás” (El gran miedo…, 59). En Derborence el narrador describe el pasto como un espacio cerrado del que uno no puede escapar: “Una especie de llanura, pero estrechamente cercada por rocas superpuestas. [...] Y era fácil advertir también que, por aquel sitio, es decir, por el norte, se estaba completamente encerrado [...] y se ve que por todas partes nos hallamos en el fondo de un agujero” (Derboranza, 20-21). Y el hombre se siente empequeñecido ante la grandeza de esas montañas, ante ese medio hostil que les rodea: “durante largo rato fueron cinco puntos, cinco pequeñísimos puntos negros sobre el blanco” (El gran miedo, 15). La amenaza se verá cumplida con el desplome del glaciar en las dos novelas. La misma naturaleza siembra la destrucción y la muerte en los pastos de Derborence, alejando así físicamente a los hombres: “ya no sube a ellos ningún rebaño y hasta el hombre los evita” (Derboranza, 27).

El medio físico marca al hombre, hasta el punto de darle una fisionomía particular, muchas veces metafórica. Así describe el narrador a Barthélemy tras el derrumbe en Derborence “[...] tenía una cara ancha que había sido morena, animada por una hermosa sangre y por el aire libre; pero ahora era gris y verde como una piedra que hubiera rodado por el musgo y se hubiera desgastado y pulido, pues la piel, polvorienta por todas partes, aparecía brillante en los sitios donde el hueso la ponía de relieve” (Derboranza, 76). También Antoine al salir de la tierra tiene el color propio de la naturaleza, ya sea de una planta u hortaliza: “se ve que tiene el color de los nabos” (Derboranza, 123); o de la propia piedra “está casi desnudo, con un cuerpo que tiene el color de la piedra” (Derboranza, 166). Y no sólo el color, también la forma. Así describe a Clou: “Una persona vestida, un hombre, parecía, pero un hombre color piedra, un hombre semejante a una gran piedra que cayera” (El gran miedo, 60). E incluso se mueve como tal: “entonces pareció rodar hacia nosotros como uno de esos gruesos guijarros que había hecho rodar” (El gran miedo, 60).

Los personajes ramuzianos se han amoldado a vivir con la naturaleza que les rodea y esa naturaleza, en una palabra, les ha hecho a su imagen. “Son lo que la montaña les ha hecho, porque es difícil vivir en esas pendientes donde uno debe aferrarse, con tan sólo un pequeño verano en mitad de un largo año y donde un desierto rodea el pueblo” (Le Village, 71). Incluso sus propias ropas adquieren las marcas del duro clima de las montañas: Plan “viste una larga capa color de herrumbre, color de musgo, color de corteza, color de piedra; tenía el color de las cosas de la naturaleza, conociendo como ellas, de largo tiempo, los recios soles, las lluvias, la nieve, el frío, el calor, el viento, las iras y los reposos del aire, la interminable sucesión de los días y de las noches” (Derboranza, 48). Clou lleva puesta “una gran chaqueta gris, cuadrada, con la forma de una de esas rocas que le rodeaban y de entre las cuales había salido, de su mismo color” (El gran miedo, 60). En Derboranza el narrador describe a Antoine tras el desprendimiento que le ha mantenido aislado en la montaña durante dos meses. La montaña le ha dado su color: “De los pies a la cabeza es todo él de un solo y mismo color, que sigue cambiando rápidamente, volviéndose cada vez más claro: el cuero, la estofa, la tela, su propia piel, su propio pelo, todo se ha teñido de una especie de gris blanquecino” (124). El aislamiento bajo los bloques de piedra le ha perturbado sus facultades perceptivas: “[…] ha perdido la costumbre de oír, de ver, de percibir los colores, del gusto, del olfato, de conocer las formas y de evaluar las distancias” (122); así como su aspecto físico, las gentes del pueblo “Se asombraban de verle; no lo reconocían. ‘¡Oh, es más menudo y más flaco’!’”(172).

Hombre y paisaje se confunden a menudo: “A él (Antonio) nadie le veía, porque era demasiado pequeño y estaba demasiado perdido en medio de aquel gran desierto de piedras” (Derboranza, 120); “Forma una mancha más clara en la semioscuridad que le rodea; tiene la piel y los hombros blancos” (121). Otras veces, el efecto de la lejanía, hace entrever a los hombres como insectos, tan pequeños e insignificantes parecen ante la grandeza del paisaje que les rodea: “Eran sobre ese fondo liso, cortado en dos por el torrente, puntos negros que se desplazaban, como moscas en una mesa con un mantel verde (que era la hierba)” (Guerre, 110-111).

Y las emociones que origina la naturaleza hostil se expresan a través de los efectos físicos de sus personajes. Así, el pequeño Dsozet, herido tras la caída de la montaña, no puede retener sus emociones : “[…] vieron también que debía de tener un agujero en la cabeza o una herida bajo los cabellos, de donde la sangre había corrido por su mejilla y secádose en ella, mezclándose con sus lágrimas; pues lloraba, después dejaba de llorar, después, un gran sollozo le subía de nuevo al pecho, y se echaba a correr más aprisa, tragándoselo” (Derboranza, 72-73). La montaña ha llenado de desolación y de muerte el pueblo de Aïre. Conteniendo sus emociones, sus habitantes se despiden de los muertos a través de la figura de Barthélemy, una de las víctimas: “No se atreven a gritar; ni siquiera se atreven a decir nada; han hecho callar a sus lágrimas, que se deslizan ahora silenciosas” (Derboranza, 90).

Hay pasajes donde el resultado de la acción de los elementos sobre el cuerpo humano es expresamente descrito por el autor: “y como tenía aplicado el vientre a la montaña. Oían con el vientre los ruidos de la montaña, que subían a través de sus cuerpos hasta su entendimiento” (Derboranza, 41). El autor resalta el efecto casi humano de la montaña. En efecto, a lo largo de la obra, la montaña es objeto de varias personificaciones. Así, después de haber “englutido” a todos los hombres y animales que se encontraban esa noche en los pastos de Derborence, se prepara a realizar una larga digestión. “Los ruidos se hacían cada vez más raros, más espaciados, más sordos, más internos, como al principio de una larga digestión” (Derboranza, 39). En otro momento, la montaña ríe : “las piedras rodando unas sobre otras, entrechocándose, frotándose, parecían ponerse también a reír” (La Grande, 60); “En aquel momento, una piedra desprendiéndose allá arriba de la corriente de fango, se abatió sobre el pedregal, haciendo un ruido como una carcajada” […] “Entonces, toda la montaña se echó a reír, a consecuencia de los ecos enviados de todas partes, que forman pronto un solo rumor ; toda la montaña estaba riendo…” (Derboranza, 115-116).

En las comparaciones Ramuz utiliza, la mayor parte del tiempo, los elementos que la propia naturaleza le ofrece. Así, Antoine, sepultado por la montaña, se abre camino como las plantas a través de la tierra y de las rocas en busca de la luz, para poder sobrevivir: “Después la luz aparecía a mi izquierda, y de nuevo yo iba hacia la luz como el brote de la planta, más débil y más delgado que un hilo, más fuerte que una barra de hierro” (Derboranza, 186). Incluso, parece haber tomado su aspecto “su tez tenía el aspecto de las plantas crecidas bajo hojas muertas o de las legumbres que se hacen blanquear en el silo” (173). También en Terre du Ciel los personajes vuelven a la vida abriéndose camino como si de plantas se trataran “con la nuca, empujan la tierra hacia atrás; con la frente, atraviesan la tierra como cuando la semilla germina, empujando hacia arriba su punta verde; así tienen de nuevo un cuerpo” (137). La propia naturaleza guarda una relación directamente “progenitora” con Antoine que parece volver a nacer. Es la misma tierra la que le devuelve a la vida. Su aparición nos recuerda el parto de un recién nacido, lo primero que asoma de entre las rocas es su cabeza: “Saca la cabeza.” […] “…cuando saca su cabeza, y sólo su cabeza es lo primero que sobresale” (119-120).

Debido a la dificultad del clima y del relieve, los trabajos para las gentes de la montaña se hacen a veces muy duros y penosos. A pesar de ello, las tareas no deben demorarse, ni por la edad ni por el estado físico de sus personajes. Así, Séraphin “empezaba a sentirse viejo; cojeaba, tenía una pierna rígida. Además, desde hacía poco se había apoderado el reuma de su hombro izquierdo y éste empezaba también a negarle sus servicios, de lo cual se derivaban toda clase de inconvenientes, pues la tarea apenas tiene espera en aquellos chalets de la montaña, donde hay que ordeñar a las bestias dos veces al día y hacer diariamente queso o manteca” (13-14). También Thérèse, a pesar de su estado, tiene que continuar su trabajo: “Se fatigaba enseguida; algunas azadonadas aunque era fuerte bastaron para sofocarla”. […] La fatiga había obligado a Teresa a erguirse… ”(14). También se establecen comparaciones entre estos trabajos físicos del campesino con los que realizan los animales : “(Thérèse) veía entre sus pies hormiguitas rojas que llevaban sus huevos, en fila, al fondo de una estrecha ranura que habían conseguido excavar en el polvo – una especie de callejuela también, pues la hormigas son como nosotros, se decía ella-; las hormigas, con sus huevos más grandes que ellas, son como nosotros con nuestros haces de heno, que son también más grandes que nosotros…” (55-56).

Ramuz se apoya también en elementos naturales para describir el dolor que sienten sus personajes ante la enfermedad. Así, Louise se retuerce en su cama de dolor como “la madera verde en el fuego, su cuerpo se pliega y se retuerce, por el esfuerzo que hacía para encontrar el aire” (Samuel, 289). También describe la muerte de la misma manera; el corazón de Aloys “se rompió como se rompe una rama seca” (Les Signes, 86).



Relación psicológica

He definido la relación psicológica como aquella existente entre la naturaleza y el comportamiento de los personajes, sin tener en cuenta la valoración de sus actos y pensamientos. En las obras de Ramuz, la naturaleza es capaz, en mayor o menor medida, de transformar psicológicamente a los hombres, de cambiar su forma de ser. La experiencia de haber vivido bajo los bloques de piedra durante casi dos meses ha modificado el comportamiento de Antoine. Su actitud es como la naturaleza que le rodea, más salvaje. Por ello es, por dos veces, comparado con un animal: “Cierra los ojos, los vuelve a abrir ; se mete los dedos en los oídos, sacude la cabeza como un perro que sale del agua” (122); “Ve también que tiene una voz que le vuelve, porque las palabras que ahora piensa se forman con medida y con ruido de su lengua; una voz que va más a prisa que él y que corre delante de él para anunciarle como haría un perro” (127-128). Además, cuando regresa al pueblo provoca una reacción de pánico entre los niños que también es asimilada con la estampida de las aves en el campo: “Los niños se dispersaron en todas las direcciones, como cuando se dispara sobre una bandada de estorninos que se ha abatido en las viñas” (171). Otras veces es la conducta colectiva de todo el pueblo la que es asociada con el comportamiento de un animal. Así, con la llegada de Antonio, son como una colmena de abejas “El pueblo entero hacía un rumor como de colmena en desorden” (176), otras veces como un rebaño de ovejas “Se arrimaban los unos a los otros alrededor del alto campanario de piedra como un rebaño de ovejas alrededor del pastor” (Terre, 149).

La costumbre de vivir defendiéndose de las duras condiciones, los hábitos de lucha, la memoria de la mente y del cuerpo hacen que las gentes se conformen y acepten las situaciones más difíciles y dolorosas. Por eso, ante la muerte de un familiar y a pesar de la desesperación inicial “Hay brazos que se levantan, manos que se extienden a cada lado de una cabeza;” saben que nada pueden hacer contra la montaña, y por ello, los hombres “… bajan la suya, el presidente, Justino, Rebord, Nendaz, los otros- apenas numerosos, y por largo tiempo, !ay¡ apenas numerosos a causa de todos los muertos que ha habido allá arriba” (91-92). La catástrofe ha dejado “ocho viudas y treinta y cinco huérfanos, pero ellas viven y ellos también; es así” (137). La vida debe continuar y es la propia naturaleza la que les dicta el ejemplo que tienen que seguir: “El árbol hendido por la mitad, cicatriza. El cerezo herido segrega un goma blanca con la que cubre su herida” (137). Samuel Belet dice también: “hay que vivir… Yo voy por la fuerza adquirida; es como la piedra que rueda” (Samuel, 131).

Se puede fácilmente imaginar la influencia que ejerce el lugar sobre la psicología de estos personajes. Por ejemplo, el silencio de la geografía de la alta montaña que oprime fuertemente las conciencias de los personajes: Joseph siente que “todo está vacío, todo desierto; hacía frío y caía un gran silencio” (El gran miedo, 34). Y Antonio “[…] sintió aumentar en torno algo completamente inhumano, y, a la larga, insoportable: el silencio. El silencio de la alta montaña, el silencio de aquellos desiertos de hombres, donde el hombre sólo aparece temporalmente: entonces, por poco silencioso que casualmente se esté, si se aguza el oído, sólo se oye que no se oye nada. Es como si nada existiera en ninguna parte, desde nosotros hasta el otro extremo del mundo, desde nosotros hasta el fondo del cielo. Sólo la nada, el vacío, la percepción del vacío; una cesación total del ser, como si el mundo no hubiese sido creado aún o bien después de su fin. Y la angustia se aloja en vuestro pecho, donde parece haber una mano que se cierra en torno al corazón” (15).

También la soledad es un estado bastante habitual entre los personajes ramuzianos. El aislamiento en las altas montañas les ha hecho acostumbrarse a esa soledad, tanto a los hombres: “Yo -dijo Serafín-, yo estoy acostumbrado a la soledad. No te preocupes” (15-16); como a las mujeres. Así se lo recuerda Philomène a su hija “Ya conoces las costumbres del país, puesto que aquí has nacido; debes saber que entre nosotros se es viuda al menos dos veces al año…” (60). Este sentimiento de soledad se vuelve más doloroso tras el desprendimiento de la montaña, cuando Thérèse cree tener que enfrentarse sola a su condición de mujer viuda y de futura madre: “El hijo le hacía compañía, y ella se consolaba con él en su soledad; pero, de pronto, le asaltaba el pensamiento de que no iba a tener padre ¿Qué va a ser de nosotros?’. […] ‘Sólo me tendrá a mí para criarle, a mí que estoy sola, a mí que soy mujer’” (138). Otras veces provoca la locura. La vida solitaria que lleva el viejo Plan en los altos barrancos de la Derbonère, pastoreando su rebaño de ovejas, le ha convertido en un anciano poco cuerdo que habla con la montaña y hasta con el Diablo que la habita. Su papel en la novela es el de anunciador de catástrofes: “Tú sabes lo que pasa, estás al corriente… Yo sé y tú sabes – dice a la montaña-. Tú haces dejándote hacer. Pero bien conoces a quien te impulsa ¿eh? D... I… A… B… ” (116). No es el único caso en la novela, pues el mismo Antonio parece haber perdido la cabeza tras su regreso y así se lo hacen saber a su mujer las gentes del pueblo “¿Sabe usted?, se teme que no esté en sus cabales…” (218), cuando le ven volver a la montaña en busca de su amigo Séraphin. Pero también hay otro tipo de soledad que puede causar locura, ésa provocada por la pérdida de un ser querido. Así, la mujer de Barthélemy ríe y llora la muerte de su marido: “La gente dice que es la mujer del muerto que se ha vuelto loca” (103).

Por otro lado, la debilidad psicológica en que se encuentra el hombre sometido a esa soledad, lo lleva a buscar apoyo en elementos superficialmente inocentes o ingenuos, como es la suma de supersticiones que dominan muchas de sus acciones cotidianas. Pero es la amenaza constante de la muerte la que más cábalas tiene en estas tierras. Por eso, el viejo Plan se inventa todas esas historias del Diablo y de las almas en pena que viven en la montaña: “Tienen la apariencia de los cuerpos, pero no hay nada bajo su apariencia… Ven a pasar una sola noche conmigo en mi cabaña, bajo la roca, si quieres oírlos y verlos; es una cosa blanca que se pasea y se lamenta” (223). El viejo Plan explica a través de la superstición cómo la montaña transformó a Antoine y así se lo hace saber a su mujer, Thérèse: “¿pero sabes si el que buscas es el mismo que tú has conocido? Os engañan en su apariencia… Aún no han encontrado reposo y yerran bajo las piedras, celosos y envidiosos de vosotros” (223).

Ramuz se sirve de ciertos elementos de la naturaleza para reflejar los estados psicológicos de sus personajes. Por ejemplo, la contemplación del continuo movimiento del río Ródano acrecienta la apatía de Thérèse, que languidece lejos de su marido: “¡Ah, cómo dura esto, cómo se arrastra! ¡Hace ocho días que Antonio partió, ocho días que parecen ocho meses! […] Él también dura, él tampoco cambia. ¡Ah, se le conoce bien al Ródano!, ¡demasiado! […] Me aburro, me aburro”. Y lo mismo le ocurre a Antoine, que “languidece lejos de su mujer” (14) y se siente ansioso entre las montañas que lo aprisionan: “se estaba completamente encerrado” […] “se ve que por todas partes nos hallamos en el fondo de un agujero” (21). Dichos estados no son siempre negativos: Antoine se siente feliz al escapar de los bloques: “la dulzura de la vida empieza a hacerse sentir en torno suyo, hablándole bajito con su sol, sus colores, todas sus buenas cosas, y tiene la sensación de cálidos vestidos sobre el cuerpo” (122).



Relación Moral

Para mostrar el comportamiento moral de los humanos Ramuz suele emplear también imágenes que toma prestadas a la propia naturaleza. Un ejemplo claro lo podemos observar en su obra Les Circonstances de la Vie, cuando vemos como Emile pierde su compostura y cede poco a poco a sus ansias por bailar con Frieda “del mismo modo que cuando uno se sujeta a una rama, sentimos primero que se pliega; y finalmente resbala entre nuestras manos” (97). Más adelante, sucumbe a ese gran deseo que siente por Frieda, un deseo demasiado retenido y que “como los ríos, cuando el agua es retenida tras una presa, primero está inmóvil y dormida, incluso durante un tiempo, sube sin que nos demos cuenta; después su fuerza se acrecienta por el efecto de su gravedad; y finalmente sólo por su peso rompe llevándoselo todo, así se presenta el deseo en nosotros” (156). Finalmente, cuando Emile consigue a Frieda se siente de nuevo vivo y feliz: “Así como una planta que necesita agua, y que se riega, y que recupera sus hojas verdes con gran fuerza, Emile se reencontraba con el placer de la vida” (170).

Pero no sólo muestra el comportamiento moral de los humanos, también lo hace con la montaña. El autor, recordando cómo era Derborence en el pasado, aporta una valoración moral positiva de la montaña: “¡Ah Derboranza, qué hermosa eras en aquel tiempo, hermosa, placentera y acogedora, sintiéndote propicia, desde el comienzo de junio para los hombres que iban a llegar!”(32-33). Pero tras el desprendimiento su relación con los hombres cambió drásticamente: “Las montañas estarán pronto rosadas. Las montañas se derrumbarán sobre uno. Son hermosas, pero malvadas” (106). Este carácter malvado de la montaña quedó ya bien claro en su obra anterior: “Algo malvado cuando aparece” (67). De ahí que a Joseph le pareciera, nada más subir, que el glaciar íba a su encuentro “con un color malvado, un feo color pálido y verde; y Joseph no se atrevió a seguir mirando, se puso a caminar aún más rápido, bajando la cabeza” (34).

El lugar elegido por Ramuz para desarrollar su novela tiene también su importancia. Derborence se encuentra situada en el límite de la frontera de tres países. El autor va a sacar partido de esta situación: frente a la hostilidad de la naturaleza, los hombres de estos tres países se unen para ayudarse y darse ánimos tras la tragedia. Reunidos por la catástrofe, asumen en un momento dado el valor simbólico de la solidaridad humana: “Llegaron, e intentaban hacerse comprender por gestos, pues sólo hablaban alemán; así se reunieron allí un momento los hombres de tres Países, bebiendo juntos aguardiente, porque Derboranza es el punto donde se encuentran las fronteras de los tres cantones; los de Anzeindaz, procedentes del oeste, los de Sanetsch, del nordeste” (99-100). Esta solidaridad también se observa más adelante cuando los hombres organizan una colecta para asumir las grandes pérdidas materiales que la montaña ha provocado en el pueblo de Aïre, de este modo se consigue indemnizar a los más afectados: “Se organizó una colecta en el país, lo cual permitió indemnizar en parte a los interesados por las pérdidas de sus bestias. Se les concedió además, para sustituir las que habían perdido en Derboranza, nuevas partes de los pasturajes que poseía en otros sitios el municipio” (113-114).

En este orden moral dictado por la naturaleza, la valentía y la determinación de Thérèse ocupan un lugar muy importante; por eso es al final recompensada: “Los cinco que estaban allí tenían frente a ellos la montaña, con sus murallas y sus torreones; es malvada, es todopoderosa; pero he aquí que una débil mujer se ha levantado contra ella, y la ha vencido, porque amaba, porque ha sido atrevida” (232).

Gracias a todos estos ejemplos, queda demostrada la influencia determinante que posee la naturaleza en la obra de Ramuz. No tiene una función de simple decorado, sino que participa activamente en la creación de sus personajes y en la construcción de la novela. Está presente y viva en cada una de sus páginas, ya sea a través de elementos inanimados (la montaña, el río, la lluvia, el sol, etc.), o de seres vivos como los animales y las plantas, creando así en su relato un mundo más que humano, en el que todo se encuentra conectado, en el que el hombre se integra perfectamente formando parte de ese conjunto que es la Tierra.

Bibliografía citada


RAMUZ, C.F. El gran miedo en la montaña. Barcelona: Editoral Montesinos, 1988. Traducción de Mauricio Wacquez.

----- Derboranza. Barcelona: Editorial Juventud, 1947. Traducción de Carlos Ventura.

----- Si le soleil ne revenait pas in Œuvres Complètes. Lausanne : Éditions Rencontre, V. XVI, 1968.

----- Vie de Samuel Belet in Œuvres Complètes. Lausanne : Éditions Rencontre, V. V, 1967.

----- Les circonstances de la vie in Œuvres Complètes. Lausanne : Éditions Rencontre, V. II, 1967.

----- Terre du ciel in Œuvres Complètes. Lausanne : Éditions Rencontre, V. IX, 1967.

----- Le petit village in Œuvres Complètes. Lausanne : Éditions Rencontre, V. I, 1967.


Comunicación presentada en el Congreso Reading Nature. Representaciones culturales del medio ambiente, celebrado en la Universidad Complutense de Madrid del 14 al 16 de diciembre de 2011.