martes, 13 de junio de 2017

TENDIENDO PUENTES: CRÓNICAS DESDE EL LITORAL MÉDITERRÁNEO

1.    La literatura de viajes en la Suiza Romande

La literatura suiza de expresión francesa presenta sorprendentemente una abundante producción de obras representativas de la literatura de viajes. Decimos lo de “sorprendentemente” por esa reputación que siempre han mantenido los escritores suizos de solitarios taciturnos, de introvertidos replegados y protegidos entre los infranqueables muros de sus montañas. Ese mundo alpino que les ha proporcionado su identidad y les ha protegido, parece haberle mantenido igualmente aislados del mundo. Esto es  lo que Jean Vuilleumier ha denominado “el complejo de Amiel” en la literatura suiza de expresión francesa:
Un même sol, une même culture, produisent-ils les mêmes caractères ? Ainsi cet amiélisme dont il est permis de se demander s’il trouverait ailleurs qu’en Suisse française un terreau aussi favorable à son épanouissement. Doublement minoritaire, par rapport à la France et à la Suisse alémanique, les Romands tendent-ils par mesure préventive au repli, à la défiance ? Accoutumés à « compter pour rien » aux yeux des autres, se complaisent-ils dans l’inconfiance et la réserve ? La domination qu’ils entendent éviter les incline-t-elle à se rendre insaisissables, à force d’ondoyante diversité ? Le calvinisme a-t-il contribué d’autre part à les culpabiliser ?  (Vuilleumier 1985 : 19)

Consecuencia de este confinamiento, se generó uno de los tópicos más expandidos sobre la littérature romande, y que la encasillaría para siempre entre las literaturas puramente regionales, ignorando incluso a aquellos autores que con su esfuerzo habían logrado que esta literatura se reconociera como tal. Escritores de renombre como Cendrars, Bouvier, Cingria, Ramuz y por qué no Rousseau, que al trasladarse a París, pagaron su ascensión a la universalidad con la supresión de sus orígenes. El resultado de este ascenso fue el nombramiento inapelable de regionalismo, afectando también a todo el resto de la producción suiza de expresión francesa.

Según muchos críticos literarios, la literatura suiza de expresión francesa sería pues, desde Amiel hasta Ramuz, desde Edouard Roud hasta Jacques Chessex, la expresión del enraizamiento a la tierra, del aislamiento en la montaña y de la introspección. Frente a este inmovilismo del escritor suizo, Anne Marie Jaton, nos recuerda que existen otros escritores que reivindican la tendencia opuesta,

Bouvier a longuement insisté sur la spécificité de la tradition de l'errance helvétique, qui serait, selon lui, aussi marquée, sinon davantage, que celle de l'immobilité. Dans l'un de ses ouvrages, L'Échappée belle, il s'oppose farouchement, et avec une ardeur parfois partisane, au stéréotype d'une Suisse sédentaire, conservatrice, « enracinée jusqu'à l'hémiplégie [...] avec une pointe de crétinisme alpin » (Bouvier 1994:14)[1].

olvidando así una dimensión fundamental en el imaginario suizo: la evasión.
L’histoire de la littérature suisse française prouve que cette idée de l’écrivain romand ne saurait représenter qu’une vérité partielle. Aux écrivains romands spectateurs de leur propre moi s’opposent ceux qui ont relevé l’appel du large, qui ont quitté leur patrie par trop étroite et tenté de trouver une écriture qui puisse rendre compte de leur aventure (Froidevaux 2016).

El deseo de huir del aislamiento patrio hacia un horizonte europeo o mundial impregna las obras de escritores como Blaise Cendrars, Alice Rivaz, Maurice Chappaz, Jacques Chessex o Nicolas Bouvier. Esta atracción hacia otros lugares se ha convertido en la actualidad en un componente esencial de las obras literarias de las nuevas generaciones de escritoras y escritores suizos, que ya no conciben su identidad literaria en referencia a su país. La apertura al mundo es pues la nueva clave de identidad nacional, fundada en el multiculturalismo. Son autores preocupados por las tendencias internacionales y como el resto de autores de los países occidentales, se implican en los temas más actuales.
El relato de viajes participa de esta literatura cosmopolita y constituye uno de géneros más importantes de la literatura suiza de expresión francesa. Eslabones de una tradición derivada de la emigración, responden de generación en generación a la llamada del viaje para hablar de su propia humanidad. Los escritores viajeros son conscientes de ese “otro” y de esa “otra parte”, pero nos dibujan al mismo tiempo un paisaje interior. Así lo explica Gerald Froidevaux:

Le voyage de l’écrivain romand est un allégement, une libération. Il délivre d’une hantise, il calme cet impérieux appel du large qui incite le voyageur à quitter son pays pour mieux le retrouver et, peut-être, pour mieux le supporter. Le but du voyage est que le voyage finisse ; et cette fin du voyage signifie en même temps le début de l’écriture qui désormais pourra se substituer au déplacement (Froidevaux 2016)

  
2.    El imaginario del mar en la literatura “romande”

     En Suiza - país de glaciares, impresionantes montañas y valles-, encontremos un imaginario literario sobre el mar sumamente desarrollado. La grandiosidad del océano, inabarcable y lleno de sugerentes bellezas ha representado siempre una inagotable fuente de inspiración para escritores y poetas suizos. C.F. Ramuz lamentaba la ausencia de este elemento en su país por las connotaciones de libertad que la figura del mar conlleva: “Nous ne connaissons pas l’espace libre, nous ne touchons pas la mer”. A los ojos de este escritor la falta de existencia del mar explicaría el replegamiento o encerramiento tan característico del pueblo suizo. “Nous ne respirons qu’avec la moitié de nos poumons, n’ayant pas de fenêtre ouverte sur le grand large (presque seuls parmi les peuples d’Europe) où les océans sont à tout le monde et sans fin ». Sin horizontes nuevos a la vista, la sociedad suiza se encuentra condenada a llevar una vida “normal” en la que la excepción no tiene cabida; una vida sin sobresaltos donde la conformidad parece haberse instalado de forma natural. Además, se diluye la posibilidad de crecer como nación, como a lo largo de la historia lo han hecho otras países, no solo militar o económicamente, sino espiritualmente “car c’est là qu’est le véritable enrichissement”. De ahí que la falta de este elemento parezca repercutir en la existencia del pueblo suizo y se encuentre de cierta forma incompleto: “il nous manque une moitié de l’existence qui est celle qu’offrent les ports d’où partent tant de routes vers partout et vers nulle part” (Besoin 287-288).

El único contacto que se establece con el mar es a través del lago. Ramuz, por ejemplo, afeccionaba llamar al Lago Lemán “la petite Méditerranée”. Le gustaba observar la visión que la bruma matinal producía sobre el lago Leman y creer que, por un pequeño espacio de tiempo, el lago se convertía en un poderoso océano y sus habitantes en hombres de mar:
Les monts de Savoie invisibles, le Jura disparu, le lac prend les proportions d’une mer infinie. Plus de rive, ses flots se confondent dans le lointain avec la brume, bleue à la surface des eaux, et je serais vraiment bien embarrassé pour indiquer le point précis où les deux éléments se rencontrent se fondent dans un même teinte divine. On ne regrette plus les paysages alpestres de forêts de rochers et de neiges à voir cet océan soudain étalé à vos pieds […] Nous autres hommes des montagnes nous bénissons ce brouillard d’un beau matin de juin qui nous transforme pour quelques heures en riverains d’une nouvelle Méditerranée, en hommes de mer (Journal, 64).

Para este escritor, el lago simbolizaba el origen y el fiel reflejo del mar Mediterráneo. En obras como Vendanges (1927) y Fête des Vignerons (1929), insiste en ese origen mediterráneo que posee el Ródano y el lago Lemán: “Ici est une petite mer intérieur avant la grande” (20) escribe en Chant de notre Rhône.
Nous avons aussi une Méditerranée à nous, une toute petite mer intérieur, mais dont on voit qu’elle est quand même habitée par les dieux, quand Poséidon y fait avancer sur un seul front ses nombreux chevaux d’écume; ou quand elle sommeille encore et qu’Iris descend sur ses bords dans sa robe aux belles couleurs (Besoin de Grandeur, 266)

Gracias al lago Lemán y al Ródano, (que nace en un glaciar de la región del Valais antes de desembocar en el lago de Lemán y después pasa por Ginebra, para ir a Francia, donde su curso termina en el delta de la Camarga y el Mediterráneo), el cantón de Vaud podría ser el extremo del Mediterráneo: una cierta suavidad, las viñas escalonadas en las laderas occidentales del lago, la lengua francesa... porque el francés hablado por los habitantes del cantón de Vaud es más parecido al dialecto franco-provenzal que al francés de París, por eso Ramuz utiliza en sus novelas una lengua áspera pero deliciosa al mismo tiempo, más próxima a la lengua de Jean Giono que de Morand o de Gide. Evidentemente, el cantón de Vaud nada tiene que ver hoy con el descrito por Ramuz hace cien años, y sin embargo, tanto en Lausanne, Montreux, Nyon o Vevey, se puede disfrutar de esa vida sencilla que nada tiene que envidiar a la Rivieras francesas o italianas mediterráneas.
Corinna Bille va todavía más lejos y vincula el Mediterráneo directamente con la región del Valais:
La mer, cet élément si vaste, est liée d’une façon mystérieuse au Valais. On croit l’entendre, on s’attend à la voir. Ces étendues de sable où poussent les tamaris lui appartiennent déjà; l’odeur poivrée des saules ne ressemble-t-elle pas à celle du varech? Mer souterraine, mer recouverte, dont on aperçoit à peine une lame d’eau, un mince rayon: le Rhône (Sierre et ses pinèdes. La Liberté, sep. 1970)

De esta admiración por el mar nacerá su novela Oeil-de-mer (1989), escrita entre 1952 y 1956. Su marido, el también escritor suizo, Maurice Chappaz, también gran viajero, dedicará a este elemento algunas de sus mejores páginas en su obra L’Océan (1993). Para Chappaz, que relata su viaje en barco hasta Canadá, el mar “est un glacier rasé, sans neige” (16), “un glacier qui glisse où le cargo s’éloigne comme un bloc erratique” (22). Como podemos observar, el mar y el país se encuentran íntimamente unidos a través de otros elementos naturales propios del paisaje alpino: el lago, el río Ródano o los glaciares.
Explicado de este modo el viaje por el litoral Mediterraneo de Blaise Hofmann no debe resultarnos ahora tan sorprendente.

3.      Notre mer : el viaje por el Mediterráneo de Blaise Hofmann

     Licenciado en Letras por la Universidad de Lausanne, Blaise Hofmann es un joven escritor nacido en Morges en 1978, que además ha experimentado los más diversos oficios: ayudante enfermero, animador, pastor, profesor. En la actualidad colabora como periodista o cronista en varios medios (24 Heures, Le Nouvelliste, Terre&Nature, etc.) e imparte talleres de escritura en el Instituto Literario Suizo en la ciudad de Bienne. Ha escrito siete novelas y relatos de viaje, recibiendo por ello varios premios: el Premio Nicolas Bouvier en 2008 en el festival des Étonnants Voyageurs de Saint Malo y la Bourse Leenaards en 2009. Sus relatos de viajes se extienden por diferentes continentes: “Billet aller simple” (2006), relata el viaje que realiza durante año y medio en Asia y en Africa. Por esta publicación recibe el premio Georges Nicole. Dos años después retoma su mochila para viajar alrededor del Mediterráneo y cubrir una crónica diaria en el periódico de 24 Heures. De esta experiencia resulta más tarde la publicación que presentamos en esta comunicación « Notre Mer ». Por último en 2014 aparece « Marquises », libro dedicado a estas conocidas y sorprendentes islas, en el que el autor establece puentes entre el pasado y el presente del archipiélago; un carnet de ruta repleto de ironía. Aunque con Blaise Hofmann todo es relato de viajes, incluso cuando el viaje dura cuatro meses y tiene lugar entre los pastos de los Alpes “Estive” (2008). El viaje en los libros de Blaise Hofmann es recurrente. Cuando le preguntan qué fue los primero el viaje o la escritura, no duda en explicar: « L’écriture est venue ensuite, comme une évidence pour lier la pluralité des soi: celui du voyage et celui du chez-soi ».
En el año 2008, Blaise Hofmann decide dar la vuelta al Mediterráneo por vía terrestre, al mismo tiempo que escribe una crónica diaria en el periódico 24 heures; en el 2009, tanto los textos como las fotos recogidas durante el trascurso de su viaje fueron publicados en un libro de las Editions de l’Aire titulado Notre Mer. Blaise Hofmann, se inscribe en la tradición de los escritores caminantes, que escriben un libro como un sencillo paseo, con la preocupación del ritmo y de los detalles. En “Notre mer” el escritor escoge un itinerario bien preciso “de Lausanne à Lausanne, en passant par Marseille, Barcelone, Tanger, Alger, Tunis, Tripoli, Alexandrie, Beyrouth, Lattaquié, Antalya, Athènes, etc [...]” para transcribir “le chant de la mer du ‘Milieu des Terres’” (9). Y para describir este itinerario utiliza un tipo de escritura fragmentaria que deja al lector la posibilidad de participar, es decir, de reconstruir la trama a partir de aquellos elementos que el escritor va lanzando. Así la lectura se hace entre el autor, el libro y el lector, lo que resulta muy interesante ya que permite multiplicar los efectos de caída al final de cada párrafo y de jugar con el ritmo, mucho menos denso que el de la prosa. Además, gracias al blog, consigue realizar una escritura interactiva ya que los propios lectores pueden hacer comentarios y opinar al respecto. Algunos de estos comentarios aparecen recogidos también en su libro, una tentativa de ir contra ese otro tipo de escritura que parece más un deporte de autistas.
A través de esta forma breve, Blaise Hofmann encuentra las palabras justas para hablarnos de la ruta, de la medina de Casbah en Argelia o de la de Trípoli, para evocar todos los encuentros que mantiene con las gentes del lugar, siempre con una mirada y unas palabras muy aceradas. Por citar aquí un ejemplo de las diferentes reacciones, algunas veces amigables, otras hostiles, recogidas en su blog, esta quizá resuma este sentimiento que acabamos de describir: “Votre percepción du réel me fascine”.
Porque para Blaise Hofmann
Le voyage est un moyen, pas un but. C'est un outil de décentration, une école pour la contemplation, un bon apprentissage de l'appauvrissement. Voyager ressemble souvent à un jeu de rôles: il offre ce luxe de recommencer sa vie chaque matin. Par contre, la vie a plus d'intensité, plus d'amplitude, plus de secousses. Ainsi, au retour, oui, on est plus soi-même (Blaise Hofmann).

Notre mer hace referencia a ese lugar matriarcal del que todos provenimos, la cuna de occidente, un mar que encarna por igual los miedos más intensos y las más grandes esperanzas. En ella encontramos los temas más diversos y actuales: la emigración, el exilio, la ecología, el turismo, la historia, la cultura, las guerras. Se trata de dar a conocer al lector los diferentes pueblos que habitan el Mediterráneo, cada uno con sus propias sensibilidades, y una espectacular pluralidad de usos y costumbres. Una realidad viva de estas regiones con la miseria y la decrepitud del Sur y las “esperanzas” de salir adelante, la “suficiencia” de los turistas, la posición ambigua de Turquía, que desea unirse a la Unión Europea pero que forma parte de una civilización musulmana, la multitud de problemas y preocupaciones que diferencian a las personas que viven alrededor del Mediterráneo... Blaise Hofmann se convierte en un reportero en busca de lo “cotidiano”, de la experiencia del día a día, que parte al encuentro de la gente común, en una esquina de la calle o en un bar. Escenas “obvias”, espontáneas, auténticas que nos cuentan la vida en torno al Mediterráneo.
En resumen, un viaje colorido y animado, rico en enseñanzas y en experiencias compartidas que pretende tender puentes de unión entre Europa y los pueblos del Sur.

Conclusion

     Nuestro Mediterráneo ha sido siempre considerado la cuna de nuestra civilización. Son numerosos los poetas y pensadores que en sus obras han tratado de captar sus paisajes de ensueño. Un lugar mítico, en el que la humanidad se pierde pero también se encuentra. Desgraciadamente, últimamente, estos paisajes se han llenado de imágenes de emigrantes en busca de una vida mejor, de pateras repletas de hombres, mujeres y niños desesperados por alcanzar las orillas europeas, de niños que aparecen ahogados en sus idílicas playas. Es cierto, el Mediterráneo ya no es lo era, o más bien, lo que se soñaba que fuera.
El sociólogo Edgar Morin nos ayuda en cierto modo a hacer un balance con nuestro mar Mediterráneo: se plantea de nuevo la cuestión de la maternidad y la hermandad. Para Edgar Morin, la lección del Mediterráneo, verdadero crisol para reducir los antagonismos, aún no se ha escuchado suficientemente:

« Méditerranée ! Mer qui porte en elle tant de diversité et tant d’unité ! Mer des extrêmes fertilités et des extrêmes aridités ! [...] Mer à la fois d’antagonismes et de complémentarité conflictuelle de la mesure et de la démesure ! Berceau de toutes les cultures d’ouverture et d’échanges ! Matrice de l’esprit le plus sacré et de l’esprit le plus profane ! [...] Mer de la communication des idées et des confluences des savoirs, qui a su faire passer Aristote de Bagdad à Fès avant de le faire parvenir à la Sorbonne de Paris ! Mer tricontinentale des rencontres fécondes et des ruptures tragiques entre l’Est et l’Ouest, le Sud et le Nord ! ».

De esta misma opinión es Blaise Hofmann: “La Méditerranée n’est pas qu’une cicatrice. […] Elle mérite qu’on s’y attarde un peu” (9). Y mantiene esa fe de reunir a esas dos orillas hoy en día todavía tan distantes: “Un siècle serait en effet bien peu pour réunir deux rives qui se confrontent depuis trois millenaires” (206). Porque si durante tres mil años, las migraciones de los pueblos mediterráneos han construido la historia, la riqueza y la unidad de este territorio, lamentablemente en la actualidad amenazan con destruirlo. La Europa que hoy conocemos se ha construido negando sus raíces mediterráneas. Sin embargo, nadie podrá frenar la deriva de los “continentes humanos”. Si en los años 50, las dos terceras partes de la población mediterránea vivían en la orilla norte, hoy se reparten de forma igualitaria. Pero si nos proyectamos en el tiempo, muy pronto las dos terceras partes de la población mediterránea se encontrarán en el sur. No se puede seguir viviendo de espaldas a esta realidad. Por ello para acabar esta comunicación cedemos la palabra a un Albert Camus que tan sabiamente aconsejaba:
De même que le soleil méditerranéen est le même pour tous les hommes, l’effort de l’intelligence humaine doit être un patrimoine commun et non une source de conflits et de meurtres. Une nouvelle culture méditerranéenne conciliable avec notre idéal social est réalisable. C’est à nous et à vous d’aider cette réalisation (Camus).


Bibliografía

BOUVIER, Nicolas, L'Echappée belle, éloge de quelques peregrins, Genève, Metropolis, 1996.
BOUVIER, Nicolas, « Immobile à grands pas...», Eloge de la folie et de quelques Suisses vagabonds », La Suisse ouverte: Nicolas Bouvier, « Cahiers francophones d'Europe Centre-Orientale », Pécs- Vienne, 1994, p. 14
CAMUS, Albert, Essai, Gallimard, La Pléiade, Paris, 1967. pp.1324-1327.
FROIDEVAUX Gérald (2016)."Écriture et voyage en Suisse romande, de Béat de Muralt à Nicolas Bouvier". Revue La Licorne, Numéro 16. En ligne: http://licorne.edel.univ-poitiers.fr/index.php?id=6443 (consulté le 9/02/2017).
JATON Anne-Marie. La « claustrophobie Alpine » et la littérature de voyage (Charles-Albert Cingria, Blaise Cendrars, Nicolas Bouvier). In: Cahiers de l'Association internationale des études francaises, 2001, n°53. pp. 143-157.
MORIN, Edgar, « Un modèle de civilisation: la Méditerranée », Le Monde diplomatique, mars 1997.
VUILLEUMIER, Jean, Le Complexe d’Amiel, Lausanne, L’Age d’Homme, 1985.




[1] JATON Anne-Marie. La « claustrophobie Alpine » et la littérature de voyage (Charles-Albert Cingria, Blaise Cendrars, Nicolas Bouvier). In: Cahiers de l'Association internationale des études francaises, 2001, n°53. P. 146.


Comunicación impartida en el XXVI Colloque Interantional de l'AFUE- Universidad de las Islas Baleares. Palma de Mallorca, del 3 al 5 de mayo de 2017.

domingo, 14 de mayo de 2017

EL RETORNO DEL LOBO: “ECOS” MÍTICOS, FEMINISTAS Y LITERARIOS


El lobo podrá, tal vez, ser erradicado
de su ambiente natural por el hombre,
pero a éste le resultará mucho más difícil
desterrarlo del mundo de la imaginación.
(R. Grande del Brío)



Resumen
La figura del lobo, en la que se aúnan realidad y mito, siempre ha ejercido una enorme fascinación sobre el ser humano. En el imaginario occidental, es el animal más feroz por excelencia. Temido en toda la Antigüedad y en la Edad Media, el lobo retorna a los tiempos modernos reencarnándose periódicamente en la figura del licántropo, el comúnmente más conocido hombre lobo. Durante el siglo XX ha sido un símbolo infantil de pánico, de miedo, de amenaza e incluso de castigo; pero en la actualidad ha resurgido a través de la figura de “la mujer salvaje”. Vamos a realizar hoy aquí un breve recorrido de su faceta más mítica, a través de tres obras ecofeministas que han recuperado en pleno siglo XXI sus mitos, para finalizar presentando algunas de las leyendas más conocidas que se han forjado en nuestra región sobre este animal.

El mito del lobo ha estado a lo largo de la historia repleto de contradicciones. La mayor parte de las veces dotado de connotaciones negativas: se le asocia a las tinieblas, a la muerte, a los mismísimos infiernos, así como al descenso hacia la oscuridad iniciática, al pecado, al engaño, a la violencia; a la voracidad (lobo) y a la concupiscencia (loba). Gilbert Durand señala incluso la existencia de una convergencia entre la mordedura del cánido y el temor al tiempo devorador, Cronos, devorando al tiempo humano, y los astros que éste emplea para medirlo (Durand 2016: 69).

Otras veces se le asocia con un símbolo de luz -como en la mitología celta-, un símbolo celeste, asociado a divinidades solares como Apolo. El aspecto luminoso del lobo es el que le conduce no solo a los muertos, sino a las almas de los vivientes, por el camino más adecuado para evitar que se extravíe, o bien haciéndoles superar diversas pruebas, actuando como guía y guardián de los misterios que entraña la oscuridad en la que ve. Símbolo del valor (Cirlot 1992:279) entre los egipcios y los romanos. Aparece también como guardián en gran número de monumentos y en numerosos mitos fundacionales de ciudades, dinastía y clanes. Entre los más conocidos, el origen de la ciudad de Roma donde la famosa loba Luperca, como símbolo de buena voluntad, se ofrece a amamantar a los hermanos Rómulo y Remo cuando ambos son arrojados a las aguas del río Tíber por el rey Amulio. Los niños, hijos del dios Marte y de Rhea Sílvia, una virgen vestal, serán los futuros fundadores de esta ciudad. La loba amamantadora, nodriza, representa a su vez la fecundidad. En algún momento se supuso que fue una prostituta por la forma despectiva latina de llamar a esas mujeres en aquel entonces. También se le asocia con el dios Marte, el dios de la guerra. Es un guerrero enfurecido cuya aparición en la batalla se consideraba señal de una futura victoria. Como podemos apreciar, los significados del mito del lobo han sido siempre muy numerosos. Estos son solo algunos de los más conocidos.  

En la actualidad el regreso de este mito se encuentra muy presente en la literatura femenina a través de la figura de la Mujer Salvaje[1]. La lucha por los derechos de la Tierra y por la defensa del medio ambiente siempre ha sido una de las más emblemáticas de las luchas feministas del siglo XXI. El ecofeminismo fusiona la defensa de los derechos de las mujeres con los ambientales y de las especies animales y ecosistemas amenazados. Por citar tres estupendas obras ecofeministas que recomiendo encarecidamente leer “Mujeres que corren con lobos” de Clarissa Pinkola Estés, “Variations sauvages” de Hélène Grimaud y más cercana quizá en el tiempo y en el espacio “Beatriz y la loba” de Concha López Llamas. En todas ellas podemos ver una comparativa entre el hostigamiento que sufre tanto la mujer como el lobo por parte del hombre-patriarca.

Los lobos sanos y las mujeres sanas comparten ciertas características psíquicas: una aguda percepción, un espíritu lúdico y una elevada capacidad de afecto. Los lobos y las mujeres son sociables e inquisitivos por naturaleza y están dotados de una gran fuerza y resistencia. Son también extremadamente intuitivos y se preocupan con fervor por sus vástagos, sus parejas y su manada. Son expertos en el arte de adaptarse a las circunstancias siempre cambiantes y son fieramente leales y valientes.
Y, sin embargo, ambos han sido perseguidos, hostigados y falsamente acusados de ser voraces, taimados y demasiado agresivos y de valer menos que sus  detractores. Han sido el blanco de aquellos que no sólo quisieran limpiar la selva sino también el territorio salvaje de la psique, sofocando lo instintivo hasta el punto de no dejar ni rastro de él. La depredación que ejercen sobre los lobos y las mujeres aquellos que no los comprenden es sorprendentemente similar. Por consiguiente, fue ahí, en el estudio de los lobos, donde por primera vez cristalizó en mí el concepto del arquetipo de la Mujer Salvaje (Clarissa Pinkola Estés Mujeres que corren con los lobos: 10)

En este primer libro, la mujer, la entidad de la mujer, recupera la matriz del conocimiento y significado, su propia naturaleza. La obra fue presentada como una prueba fehaciente de esta poderosa naturaleza femenina cuya reconquista, la reintegración en sí, en cada una de las mujeres, sería al mismo tiempo, la curación precisa y necesaria para la toda la humanidad. La mujer salvaje es un ser intuitivo, apasionado, indómito, es, sobre todo, una fuerza que regala a las mujeres la certeza de estar haciendo lo correcto, sea esto lo que fuere, cuando se dejan guiar por ella. Es por lo tanto una fuerza peligrosa para el statu quo, porque, cuando una mujer huele esa fuerza dentro de sí, es capaz de todo: de abandonar un matrimonio, de dejar un trabajo, de irse repentinamente de viaje, de pedir a gritos que la dejen sola, de quebrantar, si es preciso, una o todas las normas que le enseñaron. Es esa loba que lucha ferozmente por lo que merece vivir, y que suelta aquello que debe morir. Son las mujeres que corren con lobos, como dice Clarisa Pinkola donde reivindica la naturaleza salvaje de las mujeres como una forma de empoderamiento en una civilización que cosifica, objetualiza y ofrece a las mujeres un canon de belleza y de vida que nos convierte en pasivas (y compulsivas) consumidoras de ropa, de tratamientos de belleza y de estilos de vida.

Con una difusión mucho más modesta, pero muy parecida a la narrativa que acabamos de comentar, igual de salvaje, de creativa, de rebelde, de femenina, es la obra de la pianista Hélène Grimaud, titulada “Variations sauvages” y que nos cuenta la trayectoria de una singular artista cuya vida se transformó a raíz del encuentro con una loba llamada “Alawa”. Se trata de una autobiografía increíble, que se puede leer sin a priori, para descubrir este fantástico mundo de músicos, sus demandas, sus dudas, su inmensa soledad, sería suficiente para satisfacer nuestra curiosidad, sin contar la pasión que siente Hélène Grimaud por la supervivencia de los lobos cuya causa ha hecho suya, sólo por eso vale la pena hacer su lectura. Hélène Grimaud es una mujer muy bella, una virtuosa pianista, que ama a los lobos y los lobos la aman a ella, y como ellos es libre, salvaje, insumisa, hermosa y magnética. No parece una persona ordinaria, es una mujer que también corre con los lobos, impregnada por la música, los grandes espacios, y cuyo único propósito, como ella misma nos cuenta, es “proteger a los lobos y defender su causa” (263), porque gracias a ellos ha encontrado el equilibrio: “finalmente decidí no convertirme en esclava del piano. Me asalvajé” (263). Para Hélène Grimaud, los lobos y las mujeres comparten una misma violencia depredadora que se ejerce contra ellos, nacida del mismo malentendido. Lobos y mujeres han sido castigados a lo largo de la historia por esa relación primitiva, salvaje, esencial que mantienen con la naturaleza.

Esta violencia de género y de especie, que algunos machos de Homo sapiens infringen a sus hembras y a los cánidos salvajes, se constituye en el hilo que hilvana la vida de Beatriz y de Oak en la obra de Concha López Llamas. También para esta autora es imprescindible recuperar lo salvaje, condición que se ha ido perdiendo por el sedentarismo y por esa forma de organización basada en el sometimiento o la domesticación. A través de la figura del lobo, o en este caso de la loba Oak, se recupera lo salvaje para las hembras humanas, subyugadas por la dominación del macho-patriarca. La autora pretende con esta obra mostrar una concepción ecológica de la vida donde ningún ser vivo está demás y por ello debe de ser respetado y no sometido a dominación.

El retorno del mito del lobo no sólo se ha producido literalmente en algunas obras literarias, sino también físicamente en nuestra región. Ha sido y sigue siendo uno de los animales más temidos y también uno de los más fascinantes de nuestra fauna. Seguramente todos los aquí presentes formemos parte de esa generación que creció con otra visión del lobo gracias a la serie “El hombre y la Tierra”, serie que convocaba a toda la familia frente al televisor en cuanto escuchábamos la voz de Félix Rodríguez de la Fuente, su gran defensor en los años 70. El retorno de esta especie desde hace algunos años a la sierra madrileña parece haber reavivado cierta cultura popular, una cultura que lleva acumulándose cientos de años y que nos permite reencontrarnos con nuestros orígenes, con nuestras tradiciones y con nuestra identidad, pero también con las falsas creencias y los mitos sobre este animal, amenazando con ello su supervivencia. En la Comunidad de Madrid, el famoso tío Garrones disparó y el último lobo se desplomó en el paraje de los altos de Malagón. Corría el año 1952 y con él, desaparecía no sólo un animal, sino todo un mito que había llenado de temores las noches invernales junto al fuego. Son muchas las leyendas que corren en la sierra norte. Se sabe de la existencia de una fémina lupina que fue descrita por Constancio Bernaldo de Quirós - un explorador incansable de la Sierra y escritor madrileño-. Lo encontramos en su obra titulada “Peñalara” (1904).
Díjonos que aquella mujer, en las noches de invierno, cuando el celo de los lobos, salía a ellos aullando por entre la sierra. Noches de luna habíasela visto revolcándose en los prados, a la manera de la fiera (2016: 48).
En dicho texto menciona igualmente la leyenda de Licaon “hallada ha tantos siglos en el mundo clásico, [y que]  repercute hoy con fuerza creadora en el rincón éste de una sierra castellana…” (2016:49). Su descubrimiento se habría producido en las zonas occidentales de la Sierra como el Puerto de Malagón y el Puerto de la Cruz Verde. Son numerosas las leyendas en torno a la figura del lobo en la Comunidad de Madrid, tanto dentro de la capital (la leyenda de la calle del lobo, actual calle de Echegaray) como en sus alrededores (la leyenda del lobo cojo en Collado-Villalba o la de “El hombre lobo” de Miraflores de la Sierra).

Decía Felix Rodríguez de la Fuente que los lobos aúllan en primer lugar para comunicarse unos con otros. En segundo lugar, para marcar sus territorios. En tercer lugar, quizá para expresar la profundísima tristeza del corazón de una especie que dominó en medio mundo y que está ya al borde de la extinción. Hoy los peñascales de la sierra de Guadarrama acogen de nuevo los ecos y los aullidos del lobo. El censo oficial publicado en 2016 nos revela tres manadas en la sierra norte y 26 ejemplares. Es un deber de la Administración velar por que se perpetúe en nuestros bosques. El turismo de observación de lobos puede ser un factor de desarrollo económico que, de paso, contribuiría a la conservación de la especie[2], siempre y cuando sea un turismo cuidadoso, ya que el lobo necesita respeto y hay que anteponer su bienestar a su avistamiento. Que se promueva esta iniciativa sería una gran idea para que el lobo y su mito siguieran perpetuándose y no terminasen definitivamente apolillándose en la vitrina del museo de ciencias naturales o en nuestras bibliotecas nacionales.

BERNALDO de QUIROS, C. (2003) Obras del Guadarrama. Madrid: Dirección General de Promoción y Disciplina Ambiental.
CIRLOT, J.E. (1992) Diccionario de símbolos. Barcelona: Editorial Labor.
DURAND, G. (2016) Les structures anthropologiques de l’imaginaire. Introduction à l’archetypologie génerale. Paris: Dunod, 12e édition.
GRANDE DEL BRIO, R. (1984) El lobo ibérico. Biología y mitología. Madrid: Hermann Blume.
GRIMAUD, H. (2003) Variations sauvages. Paris: Ed. Robert Laffont.
LOPEZ, C. (2014) Beatriz y la loba. Madrid: Bohodón Ediciones.
PINKOLA ESTÉS, C. (2002) Mujeres que corren con lobos. Barcelona: Ediciones B, Grupo Z.



[1] El mito de la Mujer Salvaje, esa fuerza-hembra que habita en todas las mujeres cuando dejan de temerle a su poder.
[2] Este turismo generó en la zona de Villardeciervos  (Zamora) unos 57.000 euros, frente a los 50.000 de la caza.


Comunicación presentada en el Seminario "Más que animales, mitos". Seminario Acis y Galatea, 28 de abril de 2017.

domingo, 2 de abril de 2017

LE FANTASTIQUE CHEZ RAMUZ: PERSONNAGES, CONTES ET LEGENDES

Résumé

L’univers mystérieux dans les œuvres de Ramuz se manifeste à travers des histoires et des légendes pleines de créatures fantastiques et des personnages étranges. La plupart de ces légendes ont pour décor la montagne et elles sont transmises de génération en génération, à travers la tradition orale. Elles ont aussi une raison d'exister: cette mythologie paysanne sert d’avertissement. Comme l'écrivain vaudois a toujours remarqué, la montagne est belle, mais méchante.


L’œuvre ramuzienne, initialement proche du courant réaliste, se tourne ensuite vers le mystique, souvent à la limite du fantastique, avant d'atteindre sa plénitude avec les récits de la montagne. L’univers mystérieux dans son œuvre se manifeste alors à travers des histoires et des légendes pleines de créatures fantastiques et de personnages étranges et mythiques : « le recours à des mythes est fréquent dans les romans et les nouvelles de Ramuz » (Jakubec, 1990). La plupart de ces légendes ont comme cadre la montagne. Rappelons que tout au long de l'histoire, elles ont toujours représenté une image de chaos et de mort, un environnement de ruine et de désolation, un sentiment de terreur. Il existe vraiment en Europe peu d’endroits naturels capables de nourrir l'imagination de ses habitants ou d'autres observateurs externes, comme elles l'ont fait pendant des siècles les montagnes des Alpes - perçues au Moyen Age comme un lieu répulsif chargé de valeurs négatives, plein de dangers, repère de brigands, de dragons et autres créatures démoniaques. Pour le profane, la montagne était un piège et une fascination. Pauvre de celui qui s’aventurait entre les chemins de neige, seul, sans guide ou sans équipiers. Eh bien, souvent derrière un rocher, un mauvais esprit attendait le voyageur; un monstre caché lui traquait dans le fond d'une grotte; ou même un dragon lui menaçait de son feu. La montagne sera toujours étroitement liée aux rites et aux croyances de l'homme. Sur ce point, il n'a pas eu d’évolution. Bien que le romantisme ait transformé ces craintes en fonds de commerces, en raison de l'attirance des montagnes, les catastrophes naturelles continuent aujourd'hui à terroriser des populations entières en menaçant les villes et les villages situées dans les versants de la montagne.
Parmi les êtres fantastiques que l’on peut mettre en évidence dans l’œuvre de Ramuz on trouve quelques « mauvais esprits qui rodent, à certains places connues ». Par exemple, « les ouines », une sorte d'animal, comme un cochon noir, qui s’amuse à effrayer les hommes de la montagne en faisant un drôle de cri: « C’est une bête qui se plait à faire peur à l’homme et à le poursuivre; elle n’est pas comme les autres bêtes qu’on peut attraper vivantes ou tuer; elle se fond dans l’air quand on veut mettre la main dessus » (1908 : 51). D'autres fois, ce sont tout simplement des esprits qui habitent dans les montagnes et qui voyagent et visitent les hommes dans leurs propres demeures: « car il y a beaucoup d’Esprits à la montagne, qui habitent les grottes, et les endroits où on ne peut pas aller, et dans les forêts ; ils descendent parfois vers les hommes, se plaisant à les tourmenter…. » (1910 : 171). Ils profitent des nuits orageuses pour sortir et se fondre avec les sons émis par le vent:
Ils disent qu’alors aussi les mauvais esprits sortent, et ils rampent autour des maisons des hommes, et ils parlent avec le vent. Et peut-être le cri du vent, c’est leur cri, et le toit secoué, c’est eux qui le secouent; et ce souffle aux fentes du mur, il sort de leurs bouches ouvertes (1908 : 101).

Nous ne pouvons pas parler de Ramuz comme d’un auteur du fantastique car il n’écrit pas délibérément ses livres selon les conceptions de ce genre. Pourtant, certains de ses romans dévoilent des traits fantastiques, dans d’autres textes domine le surnaturel ou le légendaire - bien que Ramuz tend à masquer ces effets extraordinaires sur le hasard ou la coïncidence. Personne ne doute que, dans Le Règne de l'esprit malin, Branchu, par exemple, a des dons exceptionnels: « Il s’approcha de la fenêtre, il n’eut qu’à lever la main: un nuage noir parut, un coup de tonnerre se fit entendre » (1917 : 140). Lorsqu’il annonce son nom, par exemple, il dit: « Branchu, comme qui dirait Cornu… » (1917 : 18). Il est vrai que le diable est traditionnellement représenté comme une figure avec des cornes, mais le personnage de Ramuz ne se montre  pas ainsi. Ce patronyme est tout à fait habituel en Suisse et nous pouvons considérer que le commentaire est tout simplement une blague. De même, le panneau qui apparaît dans son magasin est bleu, la couleur du ciel, mais le même personnage ajoute: « J'aurais peut-être mieux fait de peindre le fond en rouge… Couleur de flamme, c'est ma couleur » (1917 : 22). Les indices qui tendent à établir l'identité de Branchu avec un personnage diabolique sont présents dans le texte. Cela vaut également pour les signes qui prouvent la puissance maléfique de l'intrus. Le mythe du Diable, vêtu en cordonnier, s’y installe et, petit à petit, le principe maléfique se répand sur toute la commune.
Le fantastique, nous le retrouvons également dans un autre personnage maléfique -ou satanique- dans La grande peur dans la montagne. Clou, un personnage mystérieux, qui n’a pas peur, lorsque la maladie du bétail commence ; il est aussi le seul à oser sortir la nuit, pour aller chercher de l’or. C’est l’image d’une sorte de sorcier qui s’impose, comme si l’homme était complice de cet esprit Malin que nomme Barthélémy, dont il prétend se protéger avec le papier trempé dans l’eau bénite qu’il porte autour du cou. Toute la grande scène du chapitre XV où Clou affronte Joseph remontant vers l’alpage, après avoir rendu une dernière visite à Victorine morte, suggère qu’il est un personnage maléfique, ou bien Satan lui-même. Tout au long de ce passage, le motif essentiel est celui du rire, motif diabolique : « Il se retint juste à temps des deux mains à une saillie du roc ; il s’était remis debout, il lui a semblé alors entendre toute la montagne se mettre à rire. » (167). Et tout au long de ce passage, on ne saura pas si Joseph imagine ce qu’il entend et voit, ou bien si c’est Clou, caractérisé ailleurs par le rire justement, qui intervient et agit comme un être maléfique. Que s’est-il passé vraiment ? Joseph tire-t-il sur Clou ou bien l’imagine-t-il seulement ?
Ramuz exploite aussi la légende dans plusieurs de ses œuvres: Derborence, Farinet et même Si le soleil ne revenait pas. D’après la référence du Trésor de la langue française, la légende est un « [r]écit à caractère merveilleux, ayant parfois pour thème des faits et des événements plus ou moins historiques mais dont la réalité a été déformée et amplifiée par l'imagination populaire ou littéraire ». Les légendes sont souvent reliées aux mythes qui relatent des aventures imaginaires transmises par tradition. De plus, ils « [mettent] en scène des êtres représentant symboliquement des forces physiques, des généralités d'ordre philosophique, métaphysique ou social ». Ce genre de «mythologie paysanne» est encouragé et transmis de génération en génération à travers la culture orale. Pendant les froides et longues soirées d'hiver, quand le travail est rare, les paysans se rassemblent souvent en petits groupes dans les plus grandes maisons pour des veillées autour du foyer. Les soirées et les après-midi sont ainsi plus supportables et elles offrent le cadre idéal pour raconter des histoires et des légendes les plus étonnantes. Ramuz puise son inspiration dans ces croyances populaires nées dans les montagnes valaisannes.
 Les origines de ces légendes peuvent être très diverses. Bien avant que les montagnes deviennent des objets d'étude ou de jouissance, les plus hauts sommets des Alpes étaient entourés de mystère, c’étaient des géants couchés ou des monstres endormis. Les montagnes pourraient être impitoyables, c’est la raison pour laquelle les hommes inventaient toutes sortes d'histoires fantastiques qu'ils connaissaient grâce à cette sagesse populaire: « Les vieux chez nous en parlaient de leur temps. Et ils étaient tout petits encore qu’ils entendaient déjà les vieux en parler... » (1934 : 214).  Les habitants les ont crues habitées par des esprits malfaiteurs, parfois par le diable lui-même, qui a repris dès le Moyen-Age la place des géants ou des nains de l’ancienne mythologie. Telle est l'origine du nom donné au massif des Diablerets, qui sert de frontière entre les cantons de Vaud et du Valais. Le diable représente le malfaiteur, l’ennemi et il se tient en montagne où il a été refoulé. La montagne est devenue donc son refuge. Le peuple voit en lui la force non domptée, surnaturelle, et les pâtres solitaires face aux dangers et à une nature entourée de mystères, ont laissé libre cours à leur imagination au moindre bruit insolite, lors d’un écroulement de rocher, d’une paroi de glace, lors de bruits provoqués par un vent houleux, les cris d’une bête ou tout simplement le craquement d’une charpente. Ainsi, à Derborence, lorsque le Diable s'ennuie il joue aux quilles (c’est de là qui vient le nom donné à l'éperon rocheux: la Quille du diable). Mais il rate sa cible ... et la catastrophe se produit: les grosses quilles roulent sur le glacier et recouvrent la vallée, emprisonnant les hommes et les animaux.
La réalité est bien sûr différente. Deux glissements de terrain meurtriers et terrifiants se sont produits en 1714 et en 1749. Cinquante millions de mètres cubes de matériaux, dispersés sur une superficie de cinq kilomètres, ont englouti une centaine de maisons. Les immenses blocs de pierre sont toujours là, en tant que véritables témoins de la catastrophe, dispersés dans l'alpage, comme pour avertir toujours du danger. Car les habitants continuent à regarder le massif à contrecœur, un mélange de respect et de prudence craintive. C’est toujours une zone dangereuse : la route qui mène à Derborence, fermée de la fin octobre jusqu’au début mai, est bien la preuve de ce respect ; personne n'ose monter lorsque la tempête s’annonce.
Si ces histoires sont restées gravées dans la mémoire collective pendant toutes ces années, c’est, en quelque sorte, parce qu’elles ont un sens, elles ont une raison d'être. Dans ce cas, le fantastique sert d’avertissement. Comme l'écrivain vaudois disait, la montagne, « c'est beau, mais c'est méchant ». Parfois même impitoyable. Et de cela se rappellent les plus sages, bien que trois siècles se soient écoulés depuis. Derborence est devenu une zone protégée grâce à sa forêt d'épinettes blanches originales unique en Suisse. Derborence accueille aujourd'hui de nombreux touristes. Cette vallée, si bien décrite par Ramuz et filmée par Francis Reusser, est connue dans le monde entier.
Pour maintenir vivante une légende, Ramuz utilise aussi des personnages clés, mystérieux et parfois presque fantasmagoriques. Dans le roman Derborence: Plan est un vieux berger qui garde son troupeau dans les hautes falaises de la Derbonère. Il vit seul et apparaît seulement pour annoncer les malheurs qui sont sur le point de se produire. Pour ce personnage, tout est l'œuvre du diable qui vit dans les montagnes et, avec ses avertissements, il empêche les villageois de ne pas tomber dans le piège: « - N'allez pas, plus loin! [...] D ... I ... A ... Vous comprenez? » (1934 : 234).
Les gens du village croient ce que le vieux Plan raconte par rapport aux âmes qui habitent dans les montagnes: « - Oh ! c’est qu’il sait des choses, Plan, disait Thérèse, et puis il est vieux. Eh bien, il dit qu’il les entend la nuit. Parce qu’ils sont en vie et ne sont plus en vie ; ils sont encore sur la terre et ils ne sont plus de la terre » (1934 : 303). À ces croyances, il faut ajouter la forte influence de la religion sur ces personnages. Ils se protègent dans leur foi et ils s’y réfugient quand ils n’ont pas de réponses à donner aux événements qui se produisent : « Plan dit qu’il n’est pas vrai… Oui, que c’est une âme. Oui, qu’on le voit, mais qu’il n’est pas comme nous, qu’il n’a point de corps… Et qu’il est venu pour nous attirer, parce qu’ils sont malheureux et jaloux de nous et ils s’ennuient sous les pierres…. » (1934 : 202-203).
Dans certains romans de Ramuz, les mythes et l’Apocalypse se rejoignent. C’est le cas de Les Signes parmi nous, où on aborde le thème de la fin des temps. A travers la figure de Caille, un colporteur de tracts religieux, Ramuz explique les signes d’une imminente apocalypse. Détecter les signaux inscrits dans le visible, déchiffrer leur sens caché plus profondément, est le but de ces œuvres. Dans La Grande peur dans la montagne, l'originalité et la mise en scène de la catastrophe sont fascinantes. La géographie magique et la stratégie du récit vont de pair dans ce roman et elles nous emmènent très loin, même à l’intérieur de l'homme. Le personnage principal, Joseph, est confronté aux forces surnaturelles qui le font dériver progressivement vers un univers fantastique onirique, même fantasmagorique. Le récit joue, sans cesse, avec le fantastique, sans jamais y entrer véritablement, sauf à la fin, lorsque Joseph, perdant la tête, se met à tirer – ou croit se mettre à tirer – sur Clou. En fait, la fin du roman, au moins dans l'édition originale, peut nous faire penser qu’il s’agit aussi d’une légende.
Ces hommes et ces femmes, si libres en ce qui concerne leurs relations avec les autres, sont cependant laissés à des forces qui les dominent, les forces de la nature et le surnaturel. Ils sont croyants parce qu'ils voient que la divinité est présente dans tous les phénomènes autour d'eux, faisant germer des grains, pousser l'herbe, laissant à l’abandonne l'homme parfois contre la maladie, le punissant avec la mort. Par conséquent, ils se confient à Dieu, dans l'amour et le respect. Et ils construisent des églises et des chapelles pour calmer sa colère. Sans leur protection, ils sont exposés à toutes sortes de catastrophes: les maladies, les inondations, les sécheresses, la souffrance; non seulement eux, mais aussi leurs familles, leur bétail, tous leurs biens. Le côté fantastique de ces légendes semble servir d’avertissement aux générations à venir, ils doivent laisser la montagne tranquille sur son territoire. Chacun à sa place, dans un ordre déjà établi. Ramuz se plaint que les hommes sont trop fiers et qu’ils ont perdu tout le respect. Ils sont proches du sommet de la montagne et avec une grande avidité ils crachent dans leurs mains nerveuses pour ce qu’ils obtiendront en retour. Et le monde semble s'effriter. S’il était lisse, il est maintenant plein de fissures. S’il semblait dormir, maintenant il menace de se réveiller ....

Bibliographie


jakubec, D. (1990) « Ramuz, le mythe » in Journal de Genève, Samedi Littéraire, 26 avril 1990, p. 24.
Ramuz, C.F. (1908), Le Village dans la montagne, Œuvres Complètes, Ed. Rencontre, Lausanne, 1967, T. III.
--, (1910), « Le Tout Vieux » in Nouvelles et morceaux, Œuvres Complètes, Ed. Rencontre, Lausanne, 1967, T. III
--, (1917), Le Règne de l'Esprit malin, Œuvres Complètes, Ed. Rencontre, Lausanne, 1967, T.VIII.
--, (1934), Derborence, Œuvres Complètes, Ed. Rencontre, Lausanne, 1968, T.XIV.
Trésor de la langue française [on line, consulté le 20/06/2016] URL


Article publié pour le Bulletin de Les Amis de Ramuz, nº 37, mars 2017.