sábado, 18 de abril de 2015

"Si le soleil ne revenait pas" o el triunfo de la luz sobre las tinieblas

RESUMEN


“Si le soleil ne revenait pas” es una obra literaria del escritor suizo C.F. Ramuz, publicada por primera vez en 1937, en plena guerra civil de España y justo antes de los terribles acontecimientos de 1939-1945. Narra la historia de un pueblo, St-Martin d’En-Haut, anclado en lo más profundo del corazón de la auténtica montaña alpina. Como cada 25 de octubre el sol desaparece en el valle para no regresar hasta el 13 de abril. Seis meses de oscuridad se ciernen sobre la aldea. Ese año sin embargo, Anzevui, herborista y curandero respetado, predice la muerte del sol. La aldea se instala en un apocalipsis de fin del mundo.

En este ambiente de luces y de sombras, Ramuz dedica en esta novela una gran parte de su estudio social a la influencia que ejercen las creencias - el obscurantismo -  dentro del cerrado medio rural. Encontraremos pues los paisajes y los personajes que tanto caracterizan a este escritor y, desde el punto de vista de la simbología, analizaremos cómo influye la ausencia/presencia de la luz en el ambiente y en el espíritu de dichos personajes. 

“Si le soleil ne revenait pas” es una maravillosa profesión de fe y esperanza en la vida, cuyo tema sigue siendo de actualidad. Encontramos al Ramuz más visionario y realista de las grandes novelas sobre la vida primitiva y la fatalidad.

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Si le soleil ne revenait pas (1937), es la última gran novela que C.F. Ramuz dedicada a la temática de la montaña. En ella, el escritor explica a su manera, la influencia que ejerce la modernidad en las últimas sociedades tradicionales suizas, a través de una historia arraigada en el cantón del Valais y contextualizada en pleno siglo XX. El relato se sitúa en el mismo año en el que se escribe y publica la novela (1937)[1]. Las diferentes referencias históricas a la guerra de España que aparecen a lo largo del relato así lo justifican. Si bien se trata de una época convulsa en toda Europa, para el escritor es un periodo muy fructífero, en el que ve llegar su esperado y ansiado reconocimiento. El Ramuz de finales de los 30 es un autor ya consagrado, tanto en su país como en Francia, cuya obra suscita una enorme admiración. Más apegado a lo que ocurre a su alrededor, sus escritos se muestran ahora más dispuestos a revelar los desafíos de su tiempo que a imaginar relatos inspirados en legendas populares. En esta novela, Ramuz nos relata la historia de un pueblo, Saint-Martin d’en Haut, situado en lo alto de una montaña del cantón del Valais. Por su disposición geográfica, los habitantes de este lugar dejan de ver directamente el astro solar durante seis meses (del 25 de octubre al 13 de abril), el tiempo que dura el invierno en estas zonas aisladas de los Alpes. Pero este año, Anzevui, herborista y curandero respetado, predice la muerte del sol. La aldea se instala en un apocalipsis de fin del mundo.
Saint-Martin d’en Haut forma parte de lo que los personajes ramuzianos denominan “le mauvais pays” (1968: 290), es decir, la alta montaña, una tierra hostil con la que resulta difícil convivir: “un pays comme le nôtre, un pays pauvre, un pays triste, un pays où il [le soleil] n’est pas là pendant six mois” (530). En contraposición está el “bon pays”, representado por el valle, el lago y las buenas tierras de cultivo. La comparación entre ambos países o regiones aparece en las primeras páginas de la novela y esa primera diferencia que constatan los personajes viene dada por la intensidad de la luz solar y el color azul del lago. Aquí la luz solar es sinónima de buena producción agrícola, o más bien, vitícola:
Mais quel drôle de pays le nôtre ; c’est un pays triste, disait-il.
-   Et celui d’en bas ?
-   Là-bas, disait-il, c’est bleu […] Ici, on n’a point de soleil de tout l’hiver, là-bas ils en ont deux tout le long de l’année. […]
-   Deux ?
-   Oui, il y a celui qui est au ciel et il y a celui qui est dans l’eau (527)

Julien Revaz trabaja en el viñedo de Lavaux, al borde del lago. A Lavaux se le conoce también con el nombre del “país de los tres soles”. Los dos primeros son los que menciona Julien anteriormente (el que está en el cielo y el que se refleja en el lago Leman).
Le soleil vous tape sur la tête, mais il y en a un autre, celui d’en bas, qui vous tape dans le dos. Ça en fait deux : celui d’en haut, qui est en un point tout rassemblé ; celui d’en bas qui est tout cassé en morceaux et éparpillé, parce qu’il y a l’eau qui le balance et en bombarde toute la côte ; ça en fait deux qui chauffe ensemble : c’est pourquoi ils ont de bon vin (528).

El tercero, que no aparece en la novela, corresponde a los 400 km de muros de piedra que componen las terrazas y que fueron levantados a partir del siglo XII por los monjes cistercienses instalados en la región. Los monjes comprendieron rápidamente el potencial de dicho lugar. Con mucha paciencia y dedicación, despejaron el terreno de la vegetación que cubría las laderas hasta la orilla del lago, y con sus propias manos comenzaron a construir los muros para aplanar y estabilizar la tierra. En ella plantaron la viña, dando comienzo así a la producción de vinos en Lavaux. [2]
En el “mauvais pays”, cuando el sol desaparece del cielo durante los largos meses de invierno, los habitantes de Saint-Martin d’en Haut lo encuentran dentro de este maravilloso producto. Así lo recuerda Isabel:
-       Nous autres, notre soleil est en bouteilles… Eh ! Augustin…
Augustin avait été chercher une bouteille et des verres.
-       Notre soleil à nous, on le tient à la cave, on n’a pas besoin d’aller loin pour le trouver (529).

La luz se ha convertido en sustancia, se encuentra en el color del vino, un vino blanco y dorado como el sol:
Elle avait été remplir à la cave un litre en verre blanc qui laissait voir la couleur que le vin avait et c’est une couleur qui se reconnait vite. Métrailler avait montré le litre du doigt :
-       Eh bien, disait-il, le soleil… Est-ce qu’on ne dirait pas qu’il est déjà revenu ?
Le vin est beau à regarder, c’est un commencement (586).

El vino no solo tiene la propiedad de iluminar por fuera sino también por dentro, ilumina los corazones, los abre y hace que la comunicación fluya mejor entre las gentes. Pero Ramuz no solo se fija en los objetos, o en las sustancias, para recrear la luz. Las personas poseen también esa capacidad de iluminar. Así, en este paisaje cubierto por la niebla, en el que el sol se esconde, Isabel representa la única luz que ilumina el camino: “Ah! elle, du moins, elle riait, elle du moins était brillante, elle, elle se voyait de loin, ayant un corsage de soie bleu ciel, un tablier à fine rayures de toutes les couleurs, un mouchoir rose autour du cou”. (549) Isabel ha sabido, como el vino, conservar en ella el color, el recuerdo y el reflejo de las cosas de este mundo. Así se lo hace saber Métrailler:
-   Et, vous aussi, vous êtes belle à regarder. Et vous nous l’avez conservé, vous aussi, vous avez bien fait.
-   Oh ! dit-elle, c’est que je l’aime…
-   Vous avez bien fait, voyez-vous, et c’est bon de l’avoir de nouveau devant soi, sans quoi on perdrait l’espérance (586).

Ella simboliza la claridad, la esperanza, el futuro de una sociedad moderna. Su juventud despierta la confianza entre los más jóvenes que están decididos a no dejarse amedrantar por los malos augurios del profeta. Un profeta, Anzévui, que en esta novela, es la viva imagen de la sociedad tradicional y del obscurantismo. Todo en él representa el declive de un mundo que está a punto de desmoronarse: su casa está en ruinas, su ropa son sólo harapos. Aunque se le considera un hombre sabio, por sus conocimientos sobre plantas medicinales y productor de remedios, a lo largo de la novela va perdiendo progresivamente sus facultades físicas y mentales. Su más fiel seguidora, Brigitte, es la antagonista de Isabel. Si Isabel representa la luz, Brigitte es la oscuridad y la sombra:
Elle était là depuis un moment, mais personne n’avait fait attention à elle. Elle était toute habillée de noir, avec un mouchoir noir noué autour de la tête, et, assise un peu en arrière du monde dans un coin, sa petite personne s’y confondait toute avec l’ombre (530).

Como veremos la percepción de la luz, como experiencia sensorial, influye tanto en los aspectos emocionales como físicos. Julian Revaz, que regresa por unos días a ver a su familia, siente como su estado anímico cambia a medida que se va acercando al pueblo de Saint-Martin d’en Haut, sumido ya en las sombras del invierno:
-   […] j’étais content de rentrer…
-   Et, à présent, tu n’es plus content ?
-   Oh ! dit-il, c’est à cause du changement de temps. Jusqu’à Sion, il a fait clair.
-   Et depuis Sion ?
-   Eh bien, vous voyez… […] jusqu’au Rhône il a fait clair. Là, il y avait une barre à travers la plaine ; c’était l’ombre des montagnes. Et la neige ne se montrait pas encore ; c’est seulement une fois qu’on a été de l’autre côté de cette barre qu’on a commencé de la voir, comme du sucre sur les marais. En même temps c’est l’air qui a changé, la couleur de l’air, la couleur des choses, parce que vous n’avez plus du soleil. Et il n’y a plus d’eau non plus pour le doubler.
-   C’est vrai qu’il fait gris cette année, dit le père Antide (528).

Desde el punto de vista físico, la ausencia del sol o de luz, parece influir a unos más que a otros. Así, Julian Revaz se sorprende al ver la palidez de los rostros de algunos vecinos reunidos en el bar del pueblo:
-   Et c’est vrai que vous n’avez pas bonne mine, vous êtes pâles. Oui, vous, le père Antide, et vous, la mère Antide, et toi aussi Augustin.
-   Et moi ? dit Isabelle.
-   Oh ! Pas vous.
-   Et moi ? dit alors Jean qui était le frère d’Augustin.
-   Oh ! pas toi ; comment est-ce que ça se fait, dit-il, puisque vous vivez tous à l’ombre qu’il y ait cette différence ? […] Si vous  veniez d’où je viens, vous auriez le soleil écrit sur la figure…(530).

También Isabel nota que algunos de los vecinos, incluido su propio marido, presentan un aspecto físico diferente: “Il a mauvaise mine: ils sont comme ça cinq ou six à avoir mauvaise mine dans le village, tu sais pourquoi » (599). Pero no sólo influye en los personajes del relato, también el paisaje sufre esa degradación física. Las descripciones de los paisajes alpinos, tan características de Ramuz, han desaparecido completamente en esta novela. La ausencia de la luz y la niebla que se ha instalado de manera persistente hacen que las montañas, los valles y las laderas desaparezcan de nuestro campo de visión y que todo parezca extrañamente inmóvil, silencioso. Es como si el tiempo y la vida se hubiesen detenido en esta localidad:
C’était le dimanche matin. Qu’est-ce qu’on voit ici en hiver ? on ne voit rien. Le jour était quelque chose de gris et de vague qui se détortillait lentement hors de la nuit de l’autre côté des nuées comme derrière un carreau dépoli.
Qu’est-ce qu’on entend ? rien du tout. Même pas le bruit des pas à cause de la neige, même pas le bruit du vent, parce qu’il n’y a toujours point de vent. De temps en temps une voix, quelquefois un enfant qui pleure, pas un oiseau, pas même la fontaine, parce qu’elle coule dans un chéneau de bois pour éviter qu’elle ne se prenne peu à peu dans la glace, comme il arrive, si on la laisse couler librement à l’air. (548)

El domingo además es considerado el día del sol en muchas culturas (sunday). En Saint-Martin d’en Haut, como en cualquier pueblo de la montaña, todos los vecinos van a escuchar la misa. Pero las campanas no suenan en esta localidad porque no son parroquia y deben bajar hasta Saint-Martin d’en Bas para escuchar la misa. Ese domingo, no se escuchaban las campanas, “soit à cause de l’immobilité  de l’air ou bien à cause de la neige qui est comme du coton partout et boit le son; c’était un dimanche sans cloches (549). Es como si todo lo que se asociara con el sol hubiese desaparecido por completo en el pueblo.
Las fuentes de luz natural dan lugar a asociaciones que hoy se encuentran profundamente arraigadas en la psicología humana. Los personajes ramuzianos de esta novela se encuentran divididos entre aquellos que sienten que la luz del sol les ofrece seguridad, calidez y claridad de visión (los más jóvenes del lugar); y aquellos que, por el contrario, atrapados por el miedo y la superstición que Anzévui y Brigitte han propagado por el pueblo, se encuentran perdidos, inmersos entre la inseguridad, la falta de claridad y de razón (mayoritariamente viejos). Estos últimos se refugian en la luz del fuego o de la lámpara, en la intimidad calurosa que les ofrece la habitación, el chalet, tras “l’épaisseur de la porte bien fermée, l’épaisseur de leurs doubles fenêtres ». Todo en ellos emana cierta debilidad y resignación. Tienen en común el haber sufrido alguna pérdida (familiar, física, emocional) o ruptura a lo largo de su vida. Arlettaz, por ejemplo, ya no tiene esperanza alguna de encontrar a su única hija desaparecida desde hace tres años, y tras vender el campo de Empeyres, su propiedad más valiosa, a Follonnier, busca consuelo en esta perspectiva de fin del mundo, ahogando sus penas en el vino. Arlettaz ve cómo ese mundo ancestral del que proviene se está desmoronando ante sus ojos. Pero como todo está ya perdido…
Eh bien! Je te dis voleur quand même. Un champ qui venait de ma mère! Et pas seulement de ma mère, mais du père de ma mère, et puis du père du père… (mais il s’embrouillait); le plus beau champ de la paroisse, le plus plat, le mieux exposé, et sans le plus petit caillou, tu sais, tellement tout avait été tenu et trié motte à motte à la main… Enfin, puisque c’est fini. Parce que c’est fini, ou quoi? (589-590).

Otro de estos personajes es Martin Métrailler. La semioscuridad en la que se encuentra debido a su ceguera se puede interpretar también como una ruptura de los más viejos del lugar con el mundo presente: “Le père Métrailler ne voyait plus les choses du monde que la vague clarté qu'elles émettent, non leur forme; il ne voyait plus du monde que des places sombres et des places claires” (534). Su muerte, acaecida de forma inesperada, parece anunciar la caída del propio curandero.
Brigitte se trasforma a lo largo del relato en una especie de devota que alimenta noche y día una lámpara de aceite, para ella fuente de esperanza y de resurrección. Esta pequeña luz le ofrece cierta seguridad y protección mientras espera la llegada del fatídico día en el que todo oscurezca. Pero a pesar de creer en los extraños cálculos de Anzévui, todos estos personajes, desalentados por la situación, guardan la esperanza de que tras la oscuridad y la muerte llegará una nueva luz “une bien plus grande lumière qu’il n’y en a jamais eu ici; on sera refaits par elle, renouvelés. Et portés par elle les uns vers les autres (591). La extinción de esta luz artificial mantenida durante varias semanas por Brigitte y conocida por todos en Saint-Martin, será la última imagen de la novela. El astro, en un acto de reconquista triunfante, se refleja en su ventana  imponiéndose aquí con todo su esplendor “c’est la fenêtre toute entière qui est devenue comme un grand feu” (626).
En el otro bando se encuentra el hijo Martin Métrailler, Cyprien Métrailler, que impaciente, busca sus propias respuestas; su inconformidad con la situación provoca en él la necesidad de ir en busca de la luz: “Je vais aller retrouver le soleil, disait-il, parce qu’il se cache trop longtemps pour nous quand on reste enfermés dans le village; et c’est bête, puisqu’on a des jambes; et puis je m’ennuie…” (534). Decide subir a lo más alto de la montaña para disipar no sólo la niebla que le rodea, sino también sus propios miedos y la angustia que comienza a instalarse en el corazón de sus vecinos:
« Et voilà ! Ils sont morts là-dessous parce qu’ils consentent à la mort. Ils sont couchés ensemble dans le mauvais air sous un édredon, sous un plafond, sous un toit, puis sous un autre qui est la neige, et un troisième toit encore qui est la nuit; eh bien, moi, je vais chercher la lumière parce que je suis vivant. Je vais leur ramener le soleil qu’ils n’ont plus et pour le moment je refais pour eux la lumière » (537)

Este párrafo encierra en sí mismo mucha simbología. Ir al encuentro de la luz del sol se ha convertido para Métrailler en una búsqueda de la razón, en una persecución por el conocimiento y la verdad. Métrailler, al igual que Isabel, no cede ante la superstición e intenta encontrar una verdadera solución, por ello quiere establecer un contacto físico con el astro, quiere ver con sus propios ojos el sol, convencerse de que sigue allí y convencer así a los demás: “je leur en rapporterai, à ceux d’en bas, un peu dans mes poches; je leur dirais: « Vous voyez bien qu’il existe toujours! » parce qu’ils vont finir par en douter…” (538). Se establece de este modo una especie de diálogo entre el personaje y la luz para liberar el pensamiento de la oscuridad que le enceguece con trampas alienantes. El sol se convierte para Métrailler en punto de referencia, en un símbolo de la verdad absoluta que se va concretizando gradualmente. Aquí no caben dudas o peros, pues sencillamente ES... Sin embargo, al llegar a lo más alto de la montaña, al lugar exacto donde el sol debería de aparecer un instante para después esconderse de nuevo, Métrailler tiene una visión extraña, casi fantasmagórica, que le hace retroceder, aumentando así la angustia del lector:
[…] il a vu le soleil là-haut qui ne se montre pas, mais qu’on montrait, qui ne se soulève pas, mais qu’on soulève ; échevelé, et tout enrubanné, tout enserpenté de nuées qui étaient elles-mêmes rouges comme des cailloux de sang.
Tout à fait pareil à une tête coupée autour de quoi la barbe et les cheveux pendraient encore fumant ; qu’on a levée en l’air un instant, qu’on laisse retomber.
Et déjà le brouillard et l’obscurité étaient revenus là où avait été sa place (540).

Aunque esta primera tentativa acaba en un fracaso para Métrailler, la escena en sí se presenta como un preludio de lo que será la subida triunfal del final de la novela. Impulsados por el deseo espontáneo, natural e inocente de Isabelle, Métrailler, Jean y los dos hermanos Revaz, organizan la subida final. A medida que avanzan hacia la cima de la montaña, los personajes, con sus propios cuerpos, parecen perforar ese aplastante techo que ha formado la niebla, abriéndose hacia la inmensidad del mundo. En primer lugar se ensancha un vasto horizonte de montañas: “On commençait à voir la terre dans toute son étendue” y “le ciel au- dessus d’eux commençait à se dévoiler”. Pero el cielo se resiste todavía: “Les nuages, à l’horizon, se rassemblaient en flocons”. Una vez disueltas estas nubes el espectáculo es impresionante. La última imagen es la del sol que despliega sus rayos en forma de abanico. Con este mito solar vemos triunfar las fuerzas de la vida sobre las fuerzas del miedo y de la muerte, a la gloria de una naturaleza magníficamente pagana en la que la luz triunfa sobre las tinieblas.
Si le soleil ne revenait pas acaba en un verdadero mito solar, donde lo que triunfa por encima de todo es la vida, la luz y la energía vital. Así lo expresa Michel Dentan:

Un symbolisme de la toute-puissance, liée à l’élévation, à la vue panoramique, au soleil, au feu, aux reflets dorés, au frémissement sensuel, aux coups de fusils, etc., anime les derniers pages du roman, comme un couronnement du dynamisme ascensionnel, et en parfaite opposition avec, en bas, les thèmes de la nuit, du brouillard, de la résignation peureuse, de l’impuissance et de la mort (Dentan 1974: 74)


CONCLUSIÓN
Si le soleil ne revenait pas es, ante todo, un hermoso canto a la vida y una metáfora maravillosa del triunfo de la luz sobre la oscuridad. En este juego de luces y de sombras Ramuz consigue una obra maestra de miedo y de angustia. Las manifestaciones de temor varían, pero su presencia permanece a lo largo de toda la novela. Escrita durante un periodo de gran inestabilidad en Europa -la guerra civil española- , la novela es también una fábula que muestra que en el corazón de las tinieblas, siempre existen aquellos que renuncian y aquellos que luchan, los que ceden a la opresión y los que rechazan la desesperanza. Es, en definitiva un relato de gran sensibilidad, portadora de luz y de alegría que aconsejo leer durante un día gris.

  

REFERENCIAS

DENTAN, M. C.F. Ramuz. L’espace de la création. Neuchatel: La Baconière, 1974.
PIERRE, J.L. “Ramuz et les lieux aimés et l’exemple de Si le soleil ne revenait pas”. Les Amis de Ramuz. Tours: Université François- Rabelais. Bulletin 33. 2013.
RAMUZ, C.F. Si le soleil ne revenait pas. Genève: Slatkine. Romans, Tome 9 (1932-1937), 2013.
--, Lettres. Lausanne: Ed. Rencontre. Oeuvres Complétes. T XII. 1968.
WOLFGANG, Hebeisen. La lumière dans l'oeuvre de CF Ramuz – Paris: Peter Lang, 1988.




[1] Ramuz trabaja en la redacción del manuscrito definitivo (159 hojas en recto) del 13 de mayo al 29 de julio de 1937.  La relectura y reescritura del texto las lleva a cabo del 1 al 15 de agosto de ese mismo año. Y la publicación original aparece en noviembre 1937 para las Ediciones de Henry-Louis Mermod.
[2] Las órdenes eclesiásticas fueron remplazadas por hombres laicos que a lo largo de estos siglos han sabido transmitir su amor por la viña. Estos viticultores han conservado plantas y terrazas manteniendo una tradición, que en algunos casos, se perpetúa desde hace 17 generaciones. Ocho siglos más tarde el esfuerzo se verá recompensado con la inscripción del viñedo en el Patrimonio de la UNESCO.


Ponencia presentada en el XXIV Coloquio Internacional de la AFUE "Metáforas de la luz", celebrado en la Universidad de Almería (15-17 de mayo de 2015).